Ecuador. Martes 17 de enero de 2017
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Mujeres paquistaníes lo arriesgan todo por sus derechos

KARACHI, Pakistán (AP) — Kainat Soomro tenía 13 años y se disponía a comprar un juguete para su sobrina recién nacida cuando tres hombres la secuestraron, la retuvieron durante varios días y la violaron repetidamente.

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Ocho años después, sigue peleando para que se haga justicia. Se sienta sobre una cama en la casa de sus padres y mantiene su pañuelo azul sujeto contra su cuerpo. Cuando describe el horror de su cautiverio su voz es apenas un suspiro, pero recupera la fuerza al referirse a la lucha que ha librado en este tiempo: Acude a los tribunales paquistaníes, protesta, rechaza los fallos del consejo tradicional Jirga y ataca a un poderoso terrateniente y a un político que, según ella, están protegiendo a sus agresores.

Su batalla por la justicia inspiró la laureada película de 2014 “Outlawed in Pakistan”. Malala Yousefzai, la adolescente paquistaní que fue baleada por los talibanes y el año pasado logró el premio Nobel de la Paz, invitó a Kainat a la ceremonia y su fundación ha financiado su lucha.

Pero la familia de Kainat ha pagado un alto precio por su valentía. Una de sus hermanas sigue soltera y otra se divorció porque su familia política estaba avergonzada de estar relacionada con Kainat. En 2010, su hermano fue asesinado cuando ella se negó a guardar silencio.

Sosteniendo una foto de su hijo en un marco dorado, Ghulam Nabi Soomro escupe palabras de condena. “A miles de millas de distancia conocen nuestros problemas pero aquí, en la calle de al lado, nadie nos ayuda a que se haga justicia”, dice el patriarca.

En Pakistán, las mujeres suelen tener miedo de denunciar casos de violencia sexual aunque la Comisión de Derechos Humanos, un ente independiente, registró 423 violaciones y 304 violaciones en grupo el año pasado. Además, en 2015, se mató a al menos una mujer al día en nombre del honor — asesinada por llevar supuestamente vergüenza a la familia.

“Todos los años se hacen una serie de promesas para la protección y desarrollo de las mujeres, pero a final de año siguen sin cumplirse”, escribió la comisión en su informe anual de 2014.

Los agresores raramente son encarcelados. La policía suele negarse incluso a registrar un caso que trate sobre ataques a mujeres, y los poderosos y ricos son inmunes, apuntan trabajadores de derechos humanos.

Los grupos que intentan mejorar los derechos de la mujer en la sociedad profundamente tradicional y patriarcal de Pakistán sufrieron un doloroso revés el mes pasado cuando el parlamento nacional se negó a aprobar una ley que prohibía el matrimonio infantil. La cámara se refugió en los dictados del Consejo de Ideología Islámica, un grupo asesor religioso y de derechas que no tiene autoridad legal. El mismo ente dijo que realizar pruebas de ADN para identificar a un presunto violador va contra el islam.

“Los grupos de mujeres exigen que se desmantele el Consejo de Ideología Islámica”, dijo Uzma Noorani, una activista que también gestiona en un albergue para mujeres en la ciudad de Karachi.

Activistas de derechos libran una guerra por el cambio y puntualmente ganan algunas batallas, explica. La provincia de Sindh, en el sur del país y de la que Karachi es capital, aprobó una ley dirigida a proteger a la mujer y prohibir los matrimonios de menores. Pero la guerra vuelve a comenzar mientras luchan para convencer a policías y jueces para que registren denuncias y apliquen las leyes, y para alejar a las autoridades del Consejo de Ideología Islámica y de otros grupos conservadores.

“Tener una ley es como tener un arma, cuando la necesitas pueden usarla”, dice una reconocida diputada de la cámara de Sindh, Mahtab Akbar Rashdi.

El gobierno central está consintiendo a los que se adhieren a una estrecha y restrictiva visión del islam, que perjudica en su mayoría a las mujeres. “Es como si para ellos las mujeres fuesen el mayor problema en el islam”, dijo acerca del Consejo de Ideología Islámica.

Unas 40 mujeres viven en un albergue para mujeres de Karachi, que está rodeado por dos muros y protegido por guardas. Algunas escaparon de maridos maltratadores, otras fueron víctimas de violaciones y otras están siendo perseguidas por sus familias por elegir a su pareja por amor.

Cuando Azra tenía 18 años, su familia la vendió por 5.000 dólares a un hombre mayor que la pasó a unos extraños. Se escapó y ahora, mientras lucha por conseguir el divorcio, tiene demasiado miedo para abandonar el inmueble. El tribunal todavía no se ha pronunciado sobre su caso y ella, que tiene apenas 20 años, se pregunta a dónde irá cuando llegue el momento de abandonar la residencia.

Sidra Kamwal había abandonado a un marido maltratador y vivía de nuevo con su madre cuando otro hombre le propuso matrimonio. Se negó a aceptar un no por respuesta y la molestó y acosó. Y entonces un día le dijo que si él no podía tenerla, nadie más podría, y le arrojó ácido a la cara.

Los meses posteriores fueron horribles. Su pobreza hizo que los médicos apenas le prestasen atención. Uno la mandó a casa con crema para las quemaduras, pero el dolor y la hinchazón eran insoportables. Sus fosas nasales se habían fusionado. Regresó al hospital, y tres días después, volvió a recibir el alta.

Su hijo de cuatro años se negaba a acercarse tras el ataque. “No me reconocía. Mi cara lo asustaba”, dice colocándose el pañuelo sobre su boca y nariz torcidas.

Las pesadillas la persiguen cuando duerme. Cada vez que cierra los ojos aparece su cara. A veces le está pegando, le arroja más ácido o le da una golpiza. Si el terror no la despierta, lo hace el pequeño tubo colocado entre sus fosas nasales. Sin él, tiene problemas para respirar.

No recibió tratamiento hasta que la activista Noorani la vio en una comparecencia ante un tribunal. Según la Comisión de Derechos Humanos, el año pasado se produjeron 55 ataques con ácido en el país. Hasta la fecha, solo se han practicado 17 detenciones.

Al contrario que el de Kainat o el de Azra, el agresor de Sidra está en prisión, pero su familia tiene el respaldo de sus vecinos. La familia la insulta y los vecinos le aplauden. Sidra, con el rostro dolorosamente desfigurado, es la marginada. (I)

Por KATHY GANNON, Associated Press

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