Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Nabidad, su sexo raro

Por Martín Caparrós
Buenos Aires, Argentina

Recuerdo en estos días uno de trece años atrás, lleno de un sol preciso: esa mañana había aparecido en todos los medios el testimonio de Monica Lewinksy contando su fellatio presidencial y sus famosos puros. Yo vivía en Nueva York –era corresponsal de un diario– y no puedo olvidar la sensación de salir a la calle y saber –saber– que todas las personas con las que me cruzaba habían imaginado –puesto en imágenes– una chupada esa mañana. Las personas suelen pensar en cosas muy distintas: esos momentos en que todos saben que comparten por lo menos una idea son raros, levemente monstruosos. Así, esta nabidad argentina colgada de un armario, sexualizada por una muerte oscura.

Por Martín Caparrós
Buenos Aires, Argentina


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Recuerdo en estos días uno de trece años atrás, lleno de un sol preciso: esa mañana había aparecido en todos los medios el testimonio de Monica Lewinksy contando su fellatio presidencial y sus famosos puros. Yo vivía en Nueva York –era corresponsal de un diario– y no puedo olvidar la sensación de salir a la calle y saber –saber– que todas las personas con las que me cruzaba habían imaginado –puesto en imágenes– una chupada esa mañana. Las personas suelen pensar en cosas muy distintas: esos momentos en que todos saben que comparten por lo menos una idea son raros, levemente monstruosos. Así, esta nabidad argentina colgada de un armario, sexualizada por una muerte oscura.

Nada más asexuado que la Nabidad. Quizá sea porque, desde su concepción, la fiesta del pesebre se dedica a celebrar una concepción sin sexo: una rareza extrema que millones de personas muy desesperadas o muy esperanzadas consiguieron creer durante siglos –y, me cuentan, algunos todavía. Quizá sea porque en general –y tan curiosamente– nada nos suena más alejado del sexo que un nacimiento. Quizá porque son fiestas familiares y las familias, esos tejidos tejidos alrededor de ciertos fornicios escogidos, eliden la idea del sexo como si todo el año fuera nabidad. Sea por lo que sea, no hay fiestas más asexuadas: más decididas a marginar lo sexual de sus premisas. Y sin embargo, este año, en Argentina, el sexo tuvo un lugar en cada mesa. Fue, es cierto, un sexo raro –en una época en que ya no queda de eso: en que tantas opciones sexuales se han naturalizado. Salvo algunas.

El martes pasado un economista de 34 años, militante destacado de la juventud kirchnerista –“La Cámpora”–, amigo de la familia Kirchner y recién designado subsecretario de Comercio Exterior de la Nación, Iván Heyn, apareció ahorcado en su cuarto del mejor hotel de Montevideo, donde había ido a acompañar a la presidenta Cristina Fernández a una cumbre del Mercosur. Conmoción lógica: toda muerte la produce, pero la muerte violenta de un joven en los alrededores del poder produce mucha más. Y más aún si, como dijeron, se había suicidado.

Era curioso: un muchacho que parecía tener todo para ser casi feliz –mujer, éxito en su carrera, amigos, una meta en la vida– se murió y todos se pusieron de acuerdo en hablar –bajito– de suicidio. Había datos: la habitación estaba cerrada, no mostraba rastros de violencia, ningún signo de que lo hubieran matado. El problema es que el suicidio es una forma muy narrativa de la muerte: requiere algún relato –y nadie daba con ninguna explicación de por qué habría querido matarse. Ninguna habría sido buena para el oficialismo: el suicidio es la mayor crítica a la vida del que se suicida; que uno de sus militantes más entusiastas decidiera dejarlos de ese modo era sin duda un golpe.

A falta de otras opciones, el discurso público siguió hablando de suicidio, pero hablaba poco. Al otro día ningún diario argentino –ni opositor ni oficialista– hizo su tapa con la noticia de la muerte muy dudosa de un subsecretario de Estado en viaje oficial presidencial; pudores, temores, la muerte como límite al discurso: no, che, se murió, cómo vas a salir diciendo eso.

En las honras fúnebres tampoco se habló de razones: la presidenta lo despidió llorosa en medio de un discurso por cadena nacional –“cuando me comunicaron su muerte me quedé sin aire”– y sus compañeros de La Cámpora lo recordaron con un texto emotivo que no decía una palabra sobre qué había pasado. La incomprensión dio paso a las conspiraciones de rigor: empezaron a circular los rumores, las historias, los mails. Algunos hablaban, descabellados, de peleas internas. Otros recurrían a los viejos fantasmas: “no creo en la versión de tu muerte, no me van a vender que nos dejaste, cuando estabas convencido de la importancia de tu militancia para cambiar el rumbo de nuestra patria”, decía un ejemplo firmado por un Eduardo Murúa, y que “el enemigo” conocía la jerarquía del “lugar que te había encomendado la presidenta, el lugar donde hoy el imperialismo desarrolla la verdadera guerra, la guerra comercial mundial que define cual es el destino que tendrán nuestras naciones y pueblos. El enemigo sabía que en ese lugar había un verdadero patriota, y los enemigos de nuestra patria no descansan y golpean permanentemente, con acciones de alta y baja intensidad. No es casualidad que lo hayan hecho en Uruguay, sede central desde donde la CIA prepara todas las acciones paramilitares y su propaganda, desde donde salen las tapas de los principales medios de comunicación”.

La idea de la CIA asesinando tampoco logró quórum. Y entonces, de a poco, empezó a colarse otra versión. Los dos primeros días sólo la decían, mirando a los costados, cronistas en pasillos, quizás algún amigo, pero nadie se atrevía a publicarla. Fueron, de hecho, medios uruguayos los que dijeron por primera vez que su policía suponía que Heyn no se había suicidado sino que había sufrido un accidente en medio de un “juego sexual”. Fue la campana de largada: con discreción, circunspectos, su tono de velorio, los medios argentinos lanzaron la palabra que, unos días atrás, casi todos desconocíamos: “la hipoxifilia es una práctica erótica que consiste en la reducción del oxígeno que llega al cerebro intensificando así el orgasmo. Se logra apretando el cuello con las manos o ajustando un cinturón o cordón alrededor de la garganta, colgándose del techo hasta sentir que disminuye el pasaje del aire. Unos minutos antes de perder el conocimiento el individuo debe interrumpir el juego, bajo riesgo de morir asfixiado”, decía uno de ellos.

En síntesis: que Heyn habría muerto de una paja particularmente elaborada, extrema. Hacía años que no recordaba a una figura que me acechó en mi adolescencia: la de un muchacho, socio del club al que yo iba, que se mató cayéndose de un techo desde donde espiaba el solarium de damas. Su muerte, tan menor, fue una historia con la que crecimos: la comentamos tantas veces, nos asustamos, nos reímos. Y ahora, de pronto -ya convencido de la versión sexuada- todo un país se puso a imaginar los movimientos de un muchacho colgado de un cinturón atado al palo de un armario para darse un poco de placer: muriendo para darse ese poco de placer.

En las mesas, ante el pan dulce y los turrones, ese cuerpo colgado fue una presencia intensa. En las mesas, anoche, hubo millones de personas tratando de imaginar –la mayoría, por primera vez en sus vidas– cómo se masturba un cuerpo colgado de un cinturón colgado de un armario: un fresco sicalíptico, se arrebola el Marqués, El Bosco tiembla. Y, por supuesto, discusiones: que cómo puede ser que un alto funcionario haga estas cosas, que a quién le importa lo que haga un alto o bajo o funcionario o barrendero cuando cierra solo la puerta de su cuarto, que si ponerse al borde de la muerte no demuestra una omnipotencia que se parece a la que ejercen a veces en la función pública, que esas comparaciones no tienen el menor sentido, que se creen que están por encima de todo, que no es que se lo crean, que hay que estar muy aburrido o muy pirado para dedicarle tanto esfuerzo a esas cosas, que mirate la viga en ojo propio antes de hablar cuñado, que un tipo que hace esas cosas es un amoral que no puede formar parte de un gobierno, que no seas antigua mamá que tiene que ver la moral pública con lo que cada cual hace con su verdura, que pobre pibe la verdad cagarse así la vida por tal pelotudez sí pobre pibe, que si vos te creés que alguna vez se va a saber de verdad qué pasó, que alguien lo va a saber pero no nosotros por supuesto, que si no podía esperar a volver a su casa cómo va a hacer una cosa así en un viaje tan oficial con la presidenta, que si no entendés que seguramente parte de la excitación sería hacerlo en un viaje como ése, que pará de hablar de estas cosas que te escuchan los chicos, que la figura tutelar del Nestornauta también es la de un señor que se murió viviendo más allá del límite de lo que la realidad le permitía y que eso forma parte del mito y que no es raro que los que lo siguen hagan cosas parecidas, que pobre pibe che la tenía atada y mirá de repente, que sí que pobre pibe, que ya circulan chistes, que te cuento, no, con esas cosas no se jode, ah no, mirá, te cuento.

Fue la más rara de las nabidades.

* Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011. Su texto ha sido publicado originalmente en la sección de blogs del diario El País, en España.