Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Adicción a la salud

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

No falta nada: zapatos especiales para enganchar los pedales, casco aerodinámico, pantaloneta elástica ceñida como segunda piel, guantes, gafas -casi un disfraz de superhéroe-, y lo último en bicicletas de montaña. Toda la parafernalia a punto para despeñarse en busca de aventura, sentir la adrenalina corriendo por las venas, las calorías quemándose en el abdomen, la grasa saliendo por los poros, las neuronas zangoloteando con los sacudones del camino, los dientes apretados para que no se aflojen las calzas. Una experiencia terapéutica, contra el estrés -la enfermedad de los aburridos-, para quebrar la rutina, y de paso las costillas.

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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No falta nada: zapatos especiales para enganchar los pedales, casco aerodinámico, pantaloneta elástica ceñida como segunda piel, guantes, gafas -casi un disfraz de superhéroe-, y lo último en bicicletas de montaña. Toda la parafernalia a punto para despeñarse en busca de aventura, sentir la adrenalina corriendo por las venas, las calorías quemándose en el abdomen, la grasa saliendo por los poros, las neuronas zangoloteando con los sacudones del camino, los dientes apretados para que no se aflojen las calzas. Una experiencia terapéutica, contra el estrés -la enfermedad de los aburridos-, para quebrar la rutina, y de paso las costillas.

Los que van sobrados de valor -o faltos de presupuesto para la bicicleta- optan por mover las piernas directamente sobre el terreno, en una locomoción de saltitos a la que denominan trote, o bien se sumergen en plan sirenita a cruzar piscinas, lagos y hasta el Estrecho de Gibraltar. Algunos, a quienes no falta valor ni presupuesto, combinan todas estas disciplinas a sudor seguido, poniendo a prueba su temple de acero, metal que da nombre a su estirpe, Ironman. Y si ya nada consigue entusiasmarles lo suficiente en esta desenfrenada carrera por experimentar sensaciones extremas, se avientan puente abajo sujetos los tobillos, y hasta los ojos, para que no salten de sus cuencas en el tirón final. Y así, abunda la oferta de experiencias peligrosas, especialmente para aquellos que quieren compensar, aunque sea durante el fin de semana, una existencia en la que el mayor peligro, con riesgo de infarto incluido, es olvidarse el celular en casa. Hay, pues, deportes extremos para todos los gustos: despeñaperring, puenting, canopying, parapenting, paratonting…

Los más asiduos practicantes son quienes han dejado ya la juventud -o más exactamente, a quienes la juventud los ha dejado-, pero se resisten a la inscripción oficial en el siguiente tercio del ciclo vital, limbo sin edad reconocida ni reconocible que a veces se prolonga hasta la última etapa, en la cual se sale de la maratón directamente al propio funeral. Dejaron la época en la que el peso correcto, el tono muscular y hasta la densidad capilar se daban por descontado, y han entrado en otra en la que deben demostrarlo. Atrás quedó el consumo despreocupado, sin consultar el aporte calórico ni el aumento del colesterol -ese cuco inventado para vendernos más fármacos, porque solo un vegetariano ajustaría el perfil lipídico considerado normal-, pues la balanza obliga a pagar aeróbicamente los excesos junto a Baco. Y aunque lo hacen a título de salud, la adrenalina se convierte en una adicción más.

No son estas líneas para los deportistas genuinos, de vocación temprana y constante, que se ejercitan más por fidelidad consigo mismos que por moda, vanidad o por conjurar el inexorable, flácido y arrugado paso del tiempo, ni mucho menos por condimentar con emociones artificiosas unas existencias monótonas. Son, en realidad, para mirar cuán contradictoria es la naturaleza humana, tan cicatera a la hora de alimentar el espíritu, pero capaz de llegar a extremos peligrosos por afianzar lo único que no podremos llevarnos en el viaje: la corporeidad.