Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Estamos perdiendo Colombia

Por Fernando Londoño Hoyos
Bogotá, Colombia

Estas palabras que hoy dirijo a ustedes, queridos oyentes de La hora de la verdad, tienen la muy especial autoridad de quien vuelve desde las orillas de la muerte. Por supuesto que mi recuperación no es aún total, pero es suficiente como para que en estas notas editoriales diga lo que tengo que decir en estos momentos solemnes.

Por Fernando Londoño Hoyos
Bogotá, Colombia


Publicidad

Estas palabras que hoy dirijo a ustedes, queridos oyentes de La hora de la verdad, tienen la muy especial autoridad de quien vuelve desde las orillas de la muerte. Por supuesto que mi recuperación no es aún total, pero es suficiente como para que en estas notas editoriales diga lo que tengo que decir en estos momentos solemnes.

Si quienes tramaron este acto brutal, indecente, grotesco en todos sus aspectos, se jugaban la carta de que si yo llegara a sobrevivir – lo que parecía altísimamente improbable – me dejaran por lo menos roto el corazón, en eso alcanzaron éxito: tengo el corazón roto.

La muerte del sargento Rosemberg Burbano y de mi conductor Ricardo Rodríguez ha sido una de las pruebas más duras que emocionalmente he podido vivir, porque ellos eran mis compañeros de trabajo, mis amigos, mis confidentes; y tenían conmigo esa especial relación que surge entre quien sabe que está todos los días sentenciado a muerte y quienes dan su vida por impedir que esa sentencia se cumpla. Recordando una vieja frase que me llega desde la novela Risaralda de Bernando Arias Trujillo, diría que “a ellos y a mí, en cierto modo, nos unía la tragedia”.

Qué corazones más grandes, qué almas más generosas, qué alegría y qué puntualidad en el trabajo, y qué desdén por todo lo que fuera calculado, secundario o ruin.

El sargento Burbano y Ricardo Rodríguez eran- como casi todos los colombianos- hombres maravillosos, creíblemente capaces; que enfrentaban con alegría su destino, que servían su causa con destreza pero con inmensa generosidad. ¡Cómo no me va a doler su partida! Y cómo no me va a doler que con esta nueva técnica del terror que pusieron en práctica las FARC en este caso, no les hubieran dejado ninguna oportunidad para la defensa. ¡Ninguna! Era lo que, cuando menos, hubieran esperado de cualquier peligro o de cualquiera desventura.

El terror es cada vez más sucio, cada vez más tecnificado en la hipocresía, en el desconocimiento de todos los límites y en la perfección de sus ejecutorias.

Los colombianos tenemos que darnos por notificados de que está entre nosotros una nueva formulación del terror, que probablemente no sea de nuestra cosecha, que venga envasada en los odres nuevos o viejos de las acciones de la ETA y de otros partidos internacionales. Que no se nos olvide ese detalle.

Efectivamente tengo el corazón partido de dolor por la muerte de mis grandes amigos, de quienes fallecieron en últimas al pie de su deber. Qué emocionante es el espectáculo de un colombiano que lo da todo por el cumplimiento de las obligaciones de su trabajo, y de lo que considera grande y legítimo.

Pero si los autores de este atentado, tuvieron en eso la razón, una razón que se multiplica por el dolor que siento por los muertos y los heridos que el atentado dejó en otros colombianos desprevenidos, cuya suerte quedó ligada a la mía, por los destrozos que sufrieron tantas viviendas y tantos negocios, y por esa sensación de pérdida que deja siempre el terrorismo; la Verdad, la última Verdad, la que me juré decir costara lo que costara desde hace más de ocho años, es que la carga sentimental que padezco es muy alta, pero que aquí estaré en esta trinchera, cumpliendo estos designios, librando estas batallas.

Dios ha querido, en un acto milagroso suyo- como cualquiera lo puede comprobar con la visión de los hierros retorcidos en que quedó convertida la camioneta que me llevaba- que yo tenga una nueva oportunidad sobre la Tierra. Y esa oportunidad no es para la fuga, esa oportunidad no es para el silencio cobarde, esa oportunidad no es para una claudicación que venga a sumarse a tantas. Levantamos nuestra bandera con la misma ilusión con que lo hicimos ocho años atrás, cuando Radio Super nos abrió sus puertas para La Hora de la Verdad, y con la misma fe con que lo hacíamos hace apenas dos días cuando estábamos al pie de los designios de estos salvajes.

Eso significa queridos amigos, que seguiremos nuestra tarea, que reemprenderemos la ruta iniciada y que, fieles a un estilo de periodismo que puede no ser mejor que ningún otro, pero que es distinto de todos los demás, vamos a continuar en la lucha por lo que nos parece Grande y Bueno.

Vamos a continuar la lucha por la Libertad, que no solamente es la nuestra, porque la libertad de prensa salió gravemente maltrecha de la jornada de este martes doloroso. ¡No! La Libertad es la de ustedes queridos amigos, para escuchar lo que hemos venido a saber en este innumerable plebiscito que hemos recibido desde nuestro lecho de dolor; que ustedes quieren en ejercicio de esa libertad oír cosas distintas de otras que pudieran oír; que ustedes quieren que se hable de una Patria Grande y Digna; que ustedes quieren oír que se repita que solo la Libertad construye mundos nuevos; en todos los campos, en los muy afinados de la cultura, en los muy exigentes de la economía, o en el campo mismo de la sutil relación de los unos para con los otros y de todos para con el Estado que nos rige.

¡Y como aman la Libertad, aquí la seguiremos defendiendo! Defenderemos los altos valores por los que vale la pena vivir, por los que vale la pena arriesgar la vida si ése es el precio que haya que pagar en un país donde el salvajismo y el terror quieren sentar de nuevo sus reales. Esos valores tienen que ver con la vida trascendente del Hombre, es decir con el Amor y el Temor de Dios.

Con el Amor y el Respeto por los demás seres de la Creación y especialmente por los demás seres humanos. En la Hora de la Verdad nunca hemos ofendido la Dignidad Humana, y nunca lo haremos. Defenderemos la dignidad del pueblo colombiano, que a veces quieren considerar algunos como su coto de caza para sus caprichos personales o para sus aventuras inconfesables.

El pueblo colombiano merece respeto y es digno. El pueblo colombiano no puede ser sojuzgado; ni por la vía de la amenaza, de la violencia, ni por la vía del halago, de la mermelada que le rieguen sobre toda la tostada.

El colombiano es digno, el colombiano cree en su destino, el colombiano cree en ese otro altísimo valor que es el de la Justicia. Esa justicia tan maltrecha entre nosotros, esa justicia que puede suponer tranquilamente el que nuestro caso siga la ruta tristísima que han seguido otros mucho más significativos, pero no menos impactantes en la conciencia ciudadana: el de Alvaro Gómez Hurtado o el de Luis Carlos Galán o el de tantos otros colombianos que murieron hace mucho tiempo y que nunca se sabrá – al menos en los estrados judiciales- quienes los mataron y por qué los mataron.

Los colombianos no quieren eso. Los colombianos, el más humilde todos ellos, el más desprevenido, cuando ve algo que le parece mal en las relaciones humanas dice: ¡Clamo por Justicia! Y en La Hora de la Verdad defenderemos la Justicia. La justicia de los más ricos, claro; pero sobre todo, la justicia de los más pobres, de los desvalidos; de la afligida clase media colombiana. Por esa justicia seguiremos luchando.

Y hay otro valor; en cuya prosecución, en cuya realización no desmayaremos: el valor fundante de la Seguridad. Este país está yendo por los abismos a los que llegó en el año de 2002. Estamos perdiendo a Colombia, estamos perdiendo la Patria, en un proceso continuo de disparates de los violentos y de inacción del Estado.

No estamos de acuerdo con las fórmulas de impunidad que se prometen, como las que pudieran conseguirnos la Paz. La injusticia, la claudicación nunca han llevado a la Paz, si acaso a una tregua indecente, a un apaciguamiento que es la antesala de un cataclismo moral y político.

Por esos valores volveremos a tomar nuestra bandera, queridos amigos. Esto puede ser muy pronto, será por supuesto lo que Dios disponga y lo que nuestros médicos ordenen, pero muy pronto estaremos al aire. Muy pronto como mañana o como cualquiera de los próximos días del mes de mayo. Y lo haremos con alegría, con fe, con decisión; sin que nos tiemble la voz, y sobre todo sin que nos tiemblen los principios sobre los que se edifica esta aventura maravillosa que se llama La Hora de la Verdad.

No puedo dejar pasar estos minutos conmovedores sin decirles a todos ustedes que los amo y que aprecio infinitamente las manifestaciones de solidaridad y de respaldo que he recibido en estos momentos de dura prueba. Aquí todo colapsó, colapsó el teléfono, colapsó el internet, colapsaron todos los medios tecnológicos modernos. Ha sido, no una simple manifestación multitudinaria, ha sido una verdadera oleada de simpatía y sobre todo de Amor, por la Hora de la Verdad, que nos compromete en grado sumo.

De esas manifestaciones, que han expresado con puntualidad y con generosidad que tenemos que reconocer enemigos fundamentales o contradictores de nuestro punto de vista en la política o en los distintos escenarios de la vida social y de la vida humana. Gracias a ellos.

Que un personaje como Hugo Chávez desde Venezuela; o una persona tan duramente criticada por nosotros como el Padre de Roux, Provincial de la Compañía de Jesús; el que el Polo Democrático, que desde luego está en las antípodas de nuestro pensamiento; el que periodistas que no fueron leves con nosotros cuando estuvimos en el manejo de los asuntos del Estado, y que han sido muy duros compitiendo con la Hora de la Verdad; el que los representantes máximos de este gobierno – con el que dolorosamente no estamos de acuerdo en muchas de sus ejecutorias- nos hagan llegar su afecto, su solidaridad sincera, casi dijéramos que su camaradería encendida en las hogueras de la defensa de los derechos fundamentales del Hombre como se llamaron desde la Revolución Francesa y en la defensa de los principios tutelares de la Cultura Moderna, nos obliga a mucho, a tanto, que en este momento de crisis personal y burlando un poco la voluntad de nuestros médicos, hemos dedicado un espacio inusitadamente amplio para hacerles llegar con este editorial, nuestra voz de congratulación y de respeto por este pueblo maravilloso y por todas las instituciones que amigas, o nada cercanas, nos hicieron llegar sus parabienes en momentos tan difíciles.

Es tan grande este plebiscito que no puede significar menos. La Hora de la Verdad sufre, ha sufrido mucho, pero no se rinde; nuestra palabra no se va desvanecer y sabemos que no se pierde en el tiempo. Esa fue la suprema certeza a la que llegamos en estos momentos de crisis cuando todos ustedes, queridos oyentes, nos hicieron llegar una palabra de afecto, y más que de afecto, una palabra de Amor.

¡Gracias a Todos! Y hasta muy pronto.

1 Comentario el Estamos perdiendo Colombia

  1. Carlos Castro // lunes 28 de mayo de 2012 en 14:10 //

    Muy valientes, sigan adelante !!!

    Y ojalá Holger recapacite de la clase de amigos que tiene…

Los comentarios están cerrados.