Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Los mismos pero distintos

Por Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

El del martes 11 de setiembre, en Montevideo, fue un partido extraño. Si se hubiera jugado en mayo de 2012, hubiese tenido un desenlace distinto con una muy probable victoria charrúa. Si el partido se hubiese jugado un año antes, una abultada victoria celeste habría sido considerada casi como un dogma de fe, pues se hubiesen enfrentado el mejor equipo de Sudamérica y uno de los peores de la región en ese momento. Ese fue el saldo que dejó la Copa América en la Argentina. En aquella cita, con casi la misma alineación con la que enfrentó a la tricolor en Montevideo, el equipo del “maestro” Tabárez paseó clase, garra y un fútbol efectivo que coronó un dominio vistoso, refrendando el cuarto lugar alcanzado en la Copa del Mundo sudafricana.

Por Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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El del martes 11 de setiembre, en Montevideo, fue un partido extraño. Si se hubiera jugado en mayo de 2012, hubiese tenido un desenlace distinto con una muy probable victoria charrúa. Si el partido se hubiese jugado un año antes, una abultada victoria celeste habría sido considerada casi como un dogma de fe, pues se hubiesen enfrentado el mejor equipo de Sudamérica y uno de los peores de la región en ese momento. Ese fue el saldo que dejó la Copa América en la Argentina. En aquella cita, con casi la misma alineación con la que enfrentó a la tricolor en Montevideo, el equipo del “maestro” Tabárez paseó clase, garra y un fútbol efectivo que coronó un dominio vistoso, refrendando el cuarto lugar alcanzado en la Copa del Mundo sudafricana.

El Ecuador, en cambio, quedó convaleciente tras su presentación en la Copa América. Lo único rescatable fue el pundonor y potencia de Felipe Caicedo, que resaltaba frente a un equipo opaco, ya sea por la falta de forma de sus figuras –Valencia se estaba recuperando de su lesión-, el eclipse de otras (Méndez) y los ensayos propios de un equipo en construcción. El saldo tras el torneo dejó a Reinaldo Rueda con más preguntas que respuestas y un desafío que implicaba lidiar con una transición generacional y de esquema de juego que, o bien nos daba nuevos aires para aspirar a una clasificación, o nos dejaba embarcados en esa bruma que empezaba a manifestarse en suelo argentino.

En el contexto de la historia reciente, el empate en Montevideo y la sensación acendrada de haber devuelto a los charrúas algo del estupor que nos infringieron en Quito en 2009, fue una alegría alentadora y una constatación. Alienta saber que el partido con Bolivia, más que un mal paso, fue el resultado de enfrentarse a un cerrojo defensivo frente al que el esquema de Rueda siempre va a tener problemas. En contraposición, en un enfrentamiento más abierto y con un equipo tricolor cada vez más cohesionado, la idea táctica del colombiano es más efectiva.

La constatación va por el lado de la importancia del “momento”. Uruguay parece haberlo perdido tras su participación olímpica. Antes de los Juegos, los uruguayos apuntaban a una medalla y a unas estadísticas que se remontaban a 84 años antes, con la celeste invicta en las Olimpiadas. La idea de regresarle la gloria olímpica al país generó unas expectativas muy altas en la selección charrúa, que se disiparon con una presentación pobre y decepcionante. La derrotas ante Colombia, Argentina y Bolivia y el empate de local ante Ecuador, son solo coletazos de un estado emocional y de la falta de alternativas cuando el fútbol no aparece.

En la selección nacional ese “momento” se ha ido afianzando lento pero seguro. Se ha aprendido de los errores (goleada con Argentina), se está encontrando el equipo ideal y los resultados –incluso en partidos mal jugados o con reveses inesperados como los que se vivió este fin de semana ante Chile y Venezuela- empiezan a acompañarnos. Pueden ocurrir muchos eventos adversos (expulsiones y lesiones) pero es distinto tener a un conjunto con la moral en alto, que cree en el proyecto, a uno confundido y cuestionado, que empieza a apuntar con el dedo al resto para no asumir sus errores.

El tenis tiene dos buenos ejemplos de esos “momentos” en los recientes finalistas del Abierto de EEUU. Novak Djokovic comenzó a cosechar Grand Slams (lleva cuatro) luego de conducir a Serbia a su primer título de Copa Davis a fines de 2010. Andy Murray se alzó con el título de Flushing Meadows tras alcanzar la medalla de oro en Londres ante Roger Federer. Un mes antes de su hazaña olímpica, en el mismo lugar y ante el mismo rival, el inglés perdió la final de Wimbledon.

Un triunfo –o un empate con sabor a victoria, como los que se consiguieron en Venezuela y Uruguay- pueden ser pasajes de transición hacia la gloria clasificatoria. Ojalá sea el caso de la tri. La meta está muy cerca. Con 17 puntos, nos encontramos a 7 de la clasificación directa (entre 24 y 23 puntos es el umbral clasificatorio, pensando que son menos partidos jugados en comparación con las anteriores eliminatorias). Creo que de a poco estamos consolidando una forma de juego y un equipo. Siempre y cuando no nos ocurran imprevistos, ya se pueden comenzar a hacer cotizaciones en portugués.