Ecuador. domingo 10 de diciembre de 2017
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Por Juan Jacobo Velasco
Quito, Ecuador

Esta es una semana en que se definen las direcciones de los gobiernos de las dos potencias del orbe que están disputándose a dentelladas la hegemonía del siglo XXI. La impronta tutelar de la democracia más longeva, que ratificó a Barack Obama al mando por cuatro años más tras una reñida y competitiva campaña, contrasta con el proceso de elección de autoridades que se abre con el Congreso del Partido Comunista chino el día de hoy, lleno de silencios, miles de representantes, pugnas internas y ajustes de cuentas cuya definición solo se apreciará en el resultado final.

Por Juan Jacobo Velasco
Quito, Ecuador


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Esta es una semana en que se definen las direcciones de los gobiernos de las dos potencias del orbe que están disputándose a dentelladas la hegemonía del siglo XXI. La impronta tutelar de la democracia más longeva, que ratificó a Barack Obama al mando por cuatro años más tras una reñida y competitiva campaña, contrasta con el proceso de elección de autoridades que se abre con el Congreso del Partido Comunista chino el día de hoy, lleno de silencios, miles de representantes, pugnas internas y ajustes de cuentas cuya definición solo se apreciará en el resultado final.

Para el Ecuador dichos procesos son importantes en lo práctico y en lo simbólico. Los EEUU y la China, primera y segunda economías globales, son nuestros principales socios comerciales y nuestros mayores inversionistas. El gigante asiático es el motor del crecimiento mundial que, en su afán por asegurarse la provisión de recursos naturales, tal como ha sido su política urbi et orbi, aprovechó las oportunidades que le ofreció el Gobierno de Rafael Correa para invertir en el Ecuador y financiar las operaciones vinculadas tanto con las inversiones, como con el flujo de la producción resultante.

El desplazamiento relativo de la incidencia de los EEUU en nuestro país en aras de la consolidación china se lee políticamente como una reacción epidérmica del Gobierno nacional al “imperialismo” norteamericano, para reemplazarlo por la presencia (“¿imperial?”) china, pero también es la resolución pragmática al entuerto que supuso la operación que redujo nuestra deuda externa y dejó sin financiamiento externo a nuestro país. La sequía supuso una jugada –la apertura indiscriminada a los capitales chinos- que en el corto plazo ayudó con recursos frescos, pero que en el largo plazo tendrá un costo financiero y de independencia económica.

Nuestra imbricación con las dos potencias es compleja porque nos vuelve mucho más dependientes de sus intereses e iniciativas. Lo que ocurra con la deuda pública norteamericana y lo que la administración Obama haga con ella, redundará en la relación entre el dólar y el yuan, impactando nuestros saldos en las balanzas comercial y de capitales. Lo mismo ocurre con la definición de la pulseada por el poder entre los reformistas y los conservadores chinos. Los primeros buscan impulsar el modelo económico vigente dando mayor cabida a la clase media emergente y moderna, mientras que los segundos prefieren desacelerar la economía buscando equilibrios que reduzcan las brechas que se observan en su sociedad.

De una serie de factores externos y políticos, dependerá buena parte del futuro de nuestra economía. Pero me quedo pensando en el simbolismo que implica una sociedad que libremente elige a sus representantes -que se exponen al escrutinio público- frente a aquella en donde la elección se hace tras bastidores, las denuncias de corrupción tienen un velo tupido y las cuentas se ajustan de espaldas a la ciudadanía.