Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

La encrucijada de Ucrania

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

En las postrimerías de los juegos olímpicos de invierno de Sochi, momentos en los cuales el presidente ruso Vladimir Putin veía culminado su acariciado sueño de poner a Rusia en la vitrina del mundo como una nación moderna y una potencia respetable como en tiempos idos, en esos días, todo apuntaba a que la crisis política en Ucrania se encaminaba a una solución.

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador


Publicidad

En las postrimerías de los juegos olímpicos de invierno de Sochi, momentos en los cuales el presidente ruso Vladimir Putin veía culminado su acariciado sueño de poner a Rusia en la vitrina del mundo como una nación moderna y una potencia respetable como en tiempos idos, en esos días, todo apuntaba a que la crisis política en Ucrania se encaminaba a una solución.

Era una salida que si bien no era del completo agrado del gobernante ruso, sí le permitía al Kremlin cierto espacio de maniobra y conservar su liderazgo. El acuerdo que se firmaría en Kiev entre el presidente ucraniano, Viktor Yanukovich, y la oposición, y que incluía entre otras cosas una reforma a la Constitución, gobierno de unidad y nuevas elecciones en diciembre, había sido auspiciado por la Unión Europea, Washington y Moscú. Pero sobre todo había sido el resultado de una lucha heroica del pueblo en las calles, donde más de cien personas murieron en manos de las fuerzas de seguridad.

Sin embargo, en cosa de horas el acuerdo se desplomó. Los manifestantes simplemente desconfiaron de un acuerdo que requería de mucho tiempo para implementarse, y dudaron de que Yanukovich lo cumpliera. Optaron por una solución radical. Aumentaron la presión en las calles, hasta que Yanukovich huyó de Kiev. Una líder opositora, Yulia Timoshenko, que llevaba dos años en prisión de los seis a los que había sido condenada por “abuso de poder” por parte de cortes controladas por el Ejecutivo, fue liberada y se dirigió a una muchedumbre congregada en la Plaza de la Independencia de Kiev para dar un discurso. Más de cien personas habían muerto en manos de las fuerzas de seguridad.

La indignación del pueblo llegó a su clímax cuando se abrió al público y la prensa mundial el palacio donde había sabido vivir Yanukovich, una suerte de Versalles moderno, con zoológico y colección de autos. El Kremlin quedó solo de repente. Ucrania se le escurría. Su hombre en Kiev estaba prófugo.

La crisis de Ucrania, vale recordarlo, comenzó por el incumplimiento de una promesa. Yanukovich había ofrecido celebrar un gran acuerdo comercial con la Unión Europea, que incluía las tradicionales cláusulas democráticas. Los ucranianos veían en este tratado una garantía no solo de crecer económicamente, sino de integrarse a Occidente y alejarse así de la influencia rusa. Pero Yanukovich abandonó este plan y optó sorpresivamente por firmar un paquete de ayuda económica con Rusia. Eso desató la ola de protestas que terminó por derrocarlo.

Los lazos de Ucrania, especialmente de su región oriental, con Rusia son innegables. Las preocupaciones de seguridad del Kremlin respecto del futuro de Ucrania, una ex república de la desaparecida Unión Soviética, son, por otro lado, legítimas. (Una flota militar rusa utiliza actualmente el puerto de Crimea…) Pero en ningún caso ello justifica ignorar la voluntad del pueblo ucraniano. Y menos la instigación étnica a los pueblos culturalmente cercanos a Rusia o el estacionamiento junto a la frontera de tropas listas a responder a cualquier pedido de ayuda.