Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Venezuela: como la URSS, pero caribeña

Miguel Molina Díaz
Barcelona, España

Era la noche del sepelio de Adolfo Suarez, el primer presidente de la democracia española, cuando me reuní con Mateo y me confesó que vino a España con la intensión de quedarse. Mateo, de hecho, no es Mateo. He decidido llamarlo así para protegerlo, una precaución puesto que trabaja para un ente del Estado venezolano y todo lo que relato, probablemente, no será del agrado de sus jefes.

Miguel Molina Díaz
Barcelona, España


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Era la noche del sepelio de Adolfo Suarez, el primer presidente de la democracia española, cuando me reuní con Mateo y me confesó que vino a España con la intensión de quedarse. Mateo, de hecho, no es Mateo. He decidido llamarlo así para protegerlo, una precaución puesto que trabaja para un ente del Estado venezolano y todo lo que relato, probablemente, no será del agrado de sus jefes.

Estaba hospedado donde un amigo suyo que vive en el Raval. Los fui a ver para conversar sobre nuestros países. Con esa soltura propia del Caribe, Mateo me explicó sus primeras impresiones sobre Barcelona: “Ayer caminé un trayecto de 15 minutos desde Plaza Cataluña hasta el Arco del Teatro en la noche. No podía creer dos cosas: primero, que no me sucediera nada. Segundo, que aún caminaba con miedo. El miedo no me lo puedo quitar”.

Hugo Chávez asumió la presidencia de Venezuela en febrero de 1999. Le pregunto si recuerda aquel primer año del chavismo y si en eso entonces se podía caminar tranquilamente por Caracas: “Sí”, responde, “había miedo a la inseguridad pero todavía caminábamos, yo recuerdo haber caminado por la Av. Páez en la noche. Ahora es imposible”.

Su mayor miedo, sin embargo, no es frente a la posibilidad de que le suceda algo en Venezuela sino a todo lo que no le sucederá. “Sé que no voy a poder tener un apartamento propio, sé que no voy a tener un carro propio, ni siquiera podría costear una boda”. Ante mi perplejidad, explica lo siguiente: “Averigüé hace poco, lo máximo que un banco aprobaría de crédito, a una persona con mis posibilidades, son 200 bolívares fuertes. Un apartamento en la zona donde vivo, de clase media baja, en el que de hecho hay bloques de propiedad horizontal que se construyeron para gente sin mayor poder adquisitivo, ya está por el millón de bolívares fuertes”.

Tampoco pudiera optar por un carro puesto que su salario es de 6 mil bolívares y un automóvil promedio está sobre los 500 mil bolívares fuertes. “Además”, acota, “la inflación es tan grande que ya nadie compra de contado, no hay dinero suficiente, entonces mucha gente está hipotecada a los bancos”. Y esto último no deja de sorprenderme, deben ser los frutos del Socialismo del Siglo XXI en el país con la mayor inflación del planeta (57%).

Mateo es una persona muy informada, maneja fácilmente cifras, habla con soltura de la realidad de su país. Hay quienes creen que lo que hoy sucede en Venezuela es producto de un boicot de los sectores económicos, en contubernio con Estados Unidos y los medios de comunicación, para destruir la economía venezolana. “Hay una conspiración”, responde Mateo, cuando le cuento aquello, “pero del gobierno chavista porque fueron destruyendo el aparato productivo, ahora importamos la mayoría de los productos”.

Entiendo que, después de más de un año y medio de ahorrar, haya venido a España (el 4 de marzo) con la esperanza de quedarse. “Si conseguía trabajo”, dice Mateo, “me quedaba”. Pero la economía española está atravesando un momento duro y, aunque le cuesta profundamente, sabe que tiene que regresar a su país. “Regreso”, comenta, “pero a hacer un plan de vida fuera porque realmente allá se están cerrando las opciones”.

Ha tenido intenciones de conocer España desde hace 4 años. Hace poco más de uno inició la odisea burocrática para poder obtener las divisas. Su relato es escabroso: “Ante la devaluación de la moneda, crearon una comisión de administración de divisas, CADIVI, al cual hay que presentar muchos papeles, como pasajes de ida y regreso, y se obtiene las divisas a la tasa que el Estado impone. La primera, después de la reconvención monetaria, si no me equivoco fue de algo así como 1.8 bolívares por dólar, subió a 2.15, a 4.30, el año pasado a 6.30 y este año a 11 variable. La del mercado negro, más o menos, está entre 50 o 60 bolívares por dólar”. En las últimas semanas, poco después de que Mateo retire sus dólares en efectivo y llegue a España, la convertibilidad oficial, establecida por el SICAD II, consultado el 28 de marzo, es de 1 dólar a 51.65 bolívares.

A esto Mateo agrega que existe una restricción ya que una persona que viaja recibe un máximo de 500 dólares en efectivo. Si el viajante requiere más, necesita una tarjeta de crédito con un mínimo de uso de  6 meses. Para aplicar a una tarjeta de crédito los bancos solicitan movimientos en una cuenta bancara de un mínimo de seis meses adicionales. Es decir, Mateo comenzó la planificación efectiva de su viaje hace más de un año. En el caso de viajes largos a Europa cada tarjeta permite un cupo de 2500 dólares, lo cual beneficia a los bancos por las comisiones de uso. Esos 2500 dólares incluyen los 300 que cada venezolano tiene para hacer compras electrónicas. Tanto el cupo de la tarjeta de crédito para viajes como el cupo electrónico se han venido reduciendo año tras año.

Sus explicaciones son muy claras, por eso aprovecho para preguntarle sobre los problemas de los que se quejan los estudiantes que desde el 12 de febrero han venido protestando. Acostumbrado a topar este tema me da su punto de vista sobre la escases, las colas de 3 o 4 horas para comprar productos básicos, la incertidumbre, la distancia kilométrica entre los precios regulados por el Estado y los reales, etc.

¿Por qué los gobiernos latinoamericanos se niegan a ver esa realidad y siguen respaldando al gobierno de Maduro?, decido preguntarle. “Creo que todos saben lo que pasa”, responde, “no escucharon a María Corina en la OEA pero lo saben. Es evidente. Importamos harina, el papel higiénico, casi toda la canasta básica y hasta gasolina (de Estados Unidos)”.

Mientras yo me quejo de la complicidad continental, él se ve tranquilo. Sus problemas son otros. “Cada vez tengo que llegar más temprano a mi casa, sé que no puedo esperar demasiado tiempo a que un semáforo cambie la luz, sé que si veo una moto me tengo que alejar, sé que las cosas cuestan más caro y yo sigo ganando lo mismo…”

Es muy tarde y debo despedirme. Insiste en contarme una última anécdota: “Cuando llegué al aeropuerto Madrid había alrededor de diez casetas de migración, pero la gente se puso a hacer cola en una sola. Me pareció normal y me puse en la cola. Una persona, probablemente funcionario, nos mira a los venezolanos y dice: ‘el resto está trabajando’. La gente no se movió. Yo di un paso lateral, me adelanté toda la fila, esperé a que el funcionario de una caseta hiciera contacto visual conmigo, y le pregunte: ¿está trabajando? Dijo que claro y me pidió el pasaporte. Acabé el trámite, me volteé y todavía la gente en la cola no se movía. Uno sale de Venezuela y sigue haciendo cola, ya es algo cultural”. ¿Cómo en la Unión Soviética?, le pregunto. “Sí”, me responde, “es como la URSS pero caribeña”.

Mateo no pierde el humor pese a todo lo que está viviendo su país.