Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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El HOY y el mañana

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

Esto no es la leyenda de un epitafio,  porque yo nunca daré al HOY por muerto. Imposible.

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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Esto no es la leyenda de un epitafio,  porque yo nunca daré al HOY por muerto. Imposible. Un periódico no muere así nomás, por los caprichos o conveniencias de un gobierno, ni por los errores o desaciertos de sus directivos. Así no funciona el ciclo de vida de un medio de comunicación. La prensa es una cosa muy distinta a una empresa y aunque viva gracias a esta, no muere con su disolución.

La vida de un periódico es la vida de sus periodistas. Y los periodistas que nos formamos en el HOY seguimos llenos de vida.

En mi caso particular, y disculpen la historia personal que seguramente no les interesa, a HOY le debo que me hice periodista. Fue Carlos Jijón quien me contrató y me asignó, siendo un perfecto imberbe, al suplemento Blanco y Negro, que para entonces era la máxima expresión de periodismo investigativo en Ecuador. Me mandó a la boca del lobo.

Recuerdo mi primera misión. Era enero de 1997 y se venían días de convulsión, ya que Abdalá comenzaba a tambalear. Y me encargaron ir a las Aduanas porque había fuertes denuncias de que algo chueco pasaba en la entrada de contenedores. Hablaban de un túnel y, tonto yo, pensé encontrar uno la primera vez que conocí el Puerto Marítimo. Con una libreta en la mano y una pluma, fui con la frescura del inocente. Y, suerte de principiante, me topé con un militar gordito en los patios de Aduanas, que resultó ser jefe de Inteligencia del Ejército y sabía perfectamente lo que estaba pasando.

El gordito es Renán Borbúa, quien me dio la primera exclusiva de mi vida: el informe de Inteligencia que hicieron los militares de lo que pasaba en las Aduanas, que copié a mano en mi libreta con el logo de HOY, que resultaba ser mi única credencial.

Les juro que cuando vi mis iniciales en el Blanco y Negro fui feliz.

Eso fue el comienzo. Vinieron más aventuras. Como cuando una turba fue a buscarme a la redacción en Guayaquil para aplicarme la justicia de los montoneros, enviados por un funcionario cercano al presidente Fabián Alarcón, molesto por una publicación que hice de uno de los escándalos de su gobierno. El editor Gustavo Cortez tuvo que sacarme en el maletero de su carro. O la ocasión en que un contrabandista me amenazó y el diario me mandó a un hotelito de Quito para despistarlo. Lo chistoso es que este malvado mandó a sus hombres a hospedarse en una habitación contigua a la mía y toda mi temporada escondido estuvieron allí, junto a mí, siguiéndome los pasos. Cuando se fueron, pagaron mi cuenta.

Hubo miedo, como cuando fui retenido en una hacienda ubicada en la lejana Muisne, a donde me fui a meter sin permiso porque, en plena segunda vuelta de una campaña presidencial, hubo la denuncia de un candidato de que el hermano del otro había comprado esta propiedad a un involucrado en narcotráfico. Una gran compañera, Ana Angulo, quien me esperaba en Esmeraldas, se preocupó bastante.

Mi primera etapa no duró mucho. Pero fue suficiente para compartir espacio con gente a la que admiraba sinceramente. Benjamín Ortiz, por ejemplo, quien se me cayó del pedestal cuando aceptó ser el Canciller de Mahuad. Javier Ponce, no por ser Javier Ponce, sino porque era el Editor de Política en el HOY y eso eran palabras grandes. El Pájaro Febres Cordero -quien nunca me paró bola- Diego Cornejo Menacho, de quien conservo la imagen del jefe de redacción implacable y puteador, pero al mismo tiempo leal y defensor de sus reporteros; y la gran investigadora que era Marcia Cevallos.

Mi segunda etapa comenzó en 2008. Ya eran tiempos difíciles y fue entonces que pude compartir y trabajar junto al Gringo Mantilla, a quien casi ni vi en mi primer periodo.  Fue el Gringo quien me propuso ser columnista de Opinión, lo que se convirtió en un error irreversible.  Y fue el Gringo quien me dio su apoyo cuando a los hermanos Alvarado no les gustó mi tema de sus agencias de publicidad, que habían crecido como la espuma. Y eso que la gerenta del HOY en Guayaquil, amiga de ellos, me despidió. Finalmente, fue ella la que se fue.

Ya de editor general, en Quito, los martes eran un día especial. Era el día de reunión de los talibanes del Antiácido, la sección de humor político que existió hasta el 2012. Las tertulias de esos momentos me resultan inolvidables por enriquecedoras. Allí estaban Asdrúbal, Toño, Gonzalo Dávila, el sabio Simón Espinosa, Pepe Laso y Bernardo Tobar, grupo de saboteadores calmados por el ecuánime Diego Araujo.

Estos son los actos que hacen de un periódico libre e independiente. Son sus periodistas los que determinan el sometimiento o la rebeldía ante el poder, sea político o económico. Es verdad que del HOY salieron borjistas y mahuadistas en gran cantidad. Pero actualmente también hay correístas que se forjaron en su redacción y que se han convertido, con su silencio, en cómplices mudos de su pretendida disolución.

Las decisiones personales de periodistas que cambiaron la libreta de reporteros por el powerpoint de autoridades, no pueden menoscabar una historia llena de capítulos valientes y honestos dentro de un oficio que es digno por donde se lo mire. En esa historia, el HOY tiene un lugar preponderante. Esa historia, no está cerrada para desventura de los que gustan de imponer su torcida verdad.  Se siguen escribiendo páginas de periodismo, con otras etiquetas, pero con la misma convicción. De mi parte, gracias al HOY.