Ecuador. Martes 6 de diciembre de 2016
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¿Era Monseñor Romero un verdadero representante de la teología de la liberación?

Michael E. Lee
Nueva York, Estados Unidos

En el difícil camino hacia la beatificación de Óscar Arnulfo Romero, su relación con la teología de la liberación fue siempre una preocupación en los círculos vaticanos.

Michael E. Lee
Nueva York, Estados Unidos

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En el difícil camino hacia la beatificación de Óscar Arnulfo Romero, su relación con la teología de la liberación fue siempre una preocupación en los círculos vaticanos. Cuando el postulador de la causa de Romero, el arzobispo Vincenzo Paglia, anunció que el dilatado proceso había sido “desbloqueado”, muchos atribuyeron la decisión al recién elegido Papa Francisco, un latinoamericano que enfatiza una iglesia “pobre y para los pobres”. Sin embargo, posteriormente Paglia dijo que había sido Benedicto XVI, el predecesor de Francisco, quien había eliminado el último obstáculo al proceso.

Fue una sorpresa saber que después de tantos años Benedicto, crítico de largo plazo de la teología de la liberación, había aprobado la beatificación de Romero. Después de todo fue él mismo, cuando era el Cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), quien había escrito la crítica más punzante de la teología de la liberación: Libertatis nuntius (1984). Él había hecho callar a Leonardo Boff e investigado a varios otros teólogos de la liberación. Si Benedicto apoyaba la santidad de Romero, debía de haber habido un cambio importante en su manera de pensar. ¿O no lo había habido? Benedicto, incluso como Papa emérito, nunca ha indicado ningún ablandamiento en su posición con respecto a la teología de la liberación. De manera que si Benedicto no cambió, quizás fue Romero, o al menos la presentación de Romero, la que fue modificada con el fin de hacerlo más apetecible para un público escéptico ante esta corriente.

Los trabajos académicos sobre la iglesia católica en El Salvador antes de la guerra civil han identificado al arzobispo Romero con lo que la antropóloga Anna Peterson llama el “catolicismo progresista”, que surgió de las iniciativas pastorales y teológicas posteriores al Concilio Vaticano II y a la reunión de Medellín, y que alentó el predecesor de Romero, Luis Chávez y González. Inicialmente, Romero no mostró afinidad con este catolicismo progresista en sus años como obispo auxiliar de San Salvador (1970-1974) o como obispo de Santiago de María (1974-1977). Sin embargo, como ha argumentado la obra de Zacarías Díez y Juan Macho, en este último período se inició un proceso de transformación que, con la elevación de Romero al arzobispado y el asesinato de Rutilio Grande, lo convirtió en el principal impulsor y defensor de una iglesia que había empezado a experimentar la peor parte de la violencia represiva.

Teológicamente, los opositores del Arzobispo Romero eran, a excepción de Monseñor Rivera Damas, los demás miembros de la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES) y las organizaciones católicas de derecha, no aquellos que abrazaban la teología de la liberación. Aunque la politóloga Tommie Sue Montgomery identifica un ala más radical del clero, Romero sigue identificado dentro de un espectro de la teología de la liberación.

Contrariamente a este consenso académico general, el historiador italiano Roberto Morozzo della Rocca ha argumentado que Romero se mantuvo apartado de la teología de la liberación a lo largo de su vida y desaprobaba de dicha corriente. Refiriéndose a las declaraciones críticas que Romero hizo a principios de 1970 con respecto a la teología de la liberación, Morozzo demuestra que ciertas posturas se mantuvieron consistentes a partir de ese período: Romero advertía contra la reducción de la fe a la política, condenaba la violencia insurreccional, e identificaba como insuficientes las metas meramente materiales o históricas para la liberación humana. Desde este punto de vista, Romero pudo haber sido paciente y cortés con quienes estaban comprometidos con las ideas de la teología de la liberación, pero nunca compartió su visión.

Jesús Delgado también ha argumentado que Romero no estaba influenciado por los teólogos de la liberación, señalando que los libros de éstos se mantenían sin abrir en los estantes de su biblioteca. A pesar de ser una aserción superficial, sí apunta a lo que puede considerarse como una desconexión entre los teólogos de la liberación y Romero. Romero no asistió a sus numerosos congresos, no publicó libros junto a ellos ni los citó en sus escritos o homilías. Así, este recuento de las inclinaciones teológicas de Romero lo presenta como completamente apartado de la teología de la liberación. Esto se debe a que Morozzo, que escribió la parte biográfica de la “Positio” del Vaticano, el documento en que se presentan los argumentos a favor de la canonización de Monseñor, allana el camino para una canonización que evita mostrar acuerdo con la teología de la liberación.

Pero a pesar de lo persuasivas que son las pruebas para esta posición, hay tres tesis que explican por qué no resultan convincentes.

Por un lado, la objeción de que Monseñor Romero no era teólogo de la liberación muestra falta de comprensión de lo que es teología. Ciertamente, Óscar Arnulfo Romero no era un teólogo profesional de la liberación. Él no ostentaba un título de doctorado, no tenía nombramiento en una universidad, y nunca publicó un libro o un artículo académico. Sin embargo, esta es una visión truncada del quehacer teológico. En su introducción a la teología de la liberación, Leonardo y Clodovis Boff hacen una útil distinción entre tres niveles de la teología de la liberación: el popular, el pastoral y el profesional. A pesar de que Monseñor Romero nunca participó en congresos teológicos, su predicación y ministerio sirvieron, como ha demostrado Martin Maier, de inspiración teológica. Su trabajo pastoral en la Arquidiócesis de San Salvador juntó los niveles populares y profesionales de la teología de la liberación para encauzar su proclamación del evangelio como liberación completa. Él dejó un rico legado teológico.

Por otro, en sus homilías y cartas pastorales Monseñor Romero desarrolló los mismos temas que los teólogos de la liberación. Metodológicamente, la teología de la liberación se distingue por su enfoque inductivo, que toma en serio la experiencia y la fe de los cristianos. Esto marcó un alejamiento del enfoque que había dominado la teología católica durante más de un siglo, la neoescolástica. En lugar de ser una aplicación deductiva de definiciones abstractas, la teología de la liberación es, como Gustavo Gutiérrez ha formulado, una reflexión crítica sobre la praxis cristiana a la luz de la palabra de Dios. En este enfoque influye el planteamiento de ver-juzgar-actuar de Acción Católica.

Este enfoque guió a los teólogos de la liberación a alcanzar nuevos puntos de vista sobre temas teológicos como Dios, Cristo, la Iglesia, el pecado, etc. En concreto, al surgir de la pobreza generalizada y la desigualdad en Latinoamérica, este enfoque teológico hizo preguntas fundamentales acerca de la relación entre la aspiración humana por la liberación y la proclamación cristiana de la salvación. Entre las contribuciones significativas de la teología de la liberación para el pensamiento contemporáneo se incluyen entre otros la opción preferencial por los pobres, la realidad del pecado social, y la importancia de la ortopraxis. Sin duda, había muchas variedades diferentes de teologías de la liberación, pero estas características ayudan a iluminar los parecidos de familia en este enfoque teológico.

Los escritos de Romero y su predica como arzobispo muestran el mismo enfoque inductivo de la teología de la liberación y desarrolla los mismos temas. De hecho, la estructura de su segunda, tercera y cuarta cartas pastorales siguen la metodología de ver-juzgar-actuar. La clave del método y contenido de Romero fue su tema medular: la pobreza. La teología madura de Romero comienza con la experiencia de los pobres, se preocupa por el anuncio del Evangelio a los pobres, denuncia a los que explotan a los pobres, y llega a una comprensión más profunda de la fe gracias a su involucramiento con el mundo de los pobres. Como dijo Romero en Lovaina, “Y de ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo y cuál es el servicio eclesial al mundo. Los pobres son los que nos dicen qué es la ‘polis’, la ciudad, y qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo.” El enfoque teológico de Romero fue liberacionista y produjo ideas consistentes con los aportes de otros teólogos de la liberación.

Por último, los que desean separar a Monseñor Romero de la teología de la liberación suponen incorrectamente que ésta es contraria a las enseñanzas de la Iglesia Católica. Las teologías de la liberación se ubican en un espectro y siempre han contado con una crítica interna. De hecho, las críticas de Romero a las posiciones extremas en la teología de la liberación que se supone que demuestran su distancia de la misma las han hecho los mismos teólogos de la liberación. El problema es una herencia de Libertatis nuntius, que hizo advertencias sobre ciertos aspectos de la teología de la liberación pero nunca citó textos específicos o nombres de autores.

En El Salvador, la teología de la liberación se ha identificado más visiblemente con los jesuitas Jon Sobrino y el fallecido Ignacio Ellacuría, a quienes Romero consultaba por sus conocimientos de teología. Sin embargo, el trabajo de estos teólogos de la liberación profesionales es sólo parte de un tejido mucho más amplio. La teología de la liberación en El Salvador incluye el trabajo pastoral de religiosas y de sacerdotes como David Rodríguez, Inocencio Alas, Rutilio Grande, Noemí Ortiz, Alfonso Navarro, Silvia Arriola, Rogelio Ponseele, Miguel Ventura y muchos otros. Era elemento central en los Centros de Formación, como Los Naranjos y El Castaño. Inspiró el ejemplo valiente de mujeres y hombres en las correspondientes comunidades eclesiales de base y sus delegados de la palabra, muchos de los cuales, al igual que Romero, pagaron por su fe con el precio de su propia sangre.

Monseñor Romero es una parte de este tapiz. Sin duda hubo desacuerdos, como el debate después del apoyo tentativo de Romero a la Junta de octubre de 1979, pero el ministerio de Romero, su denuncia de la injusticia, su defensa de los derechos humanos, su intento de centrar la iglesia en la difícil situación de los pobres, está indisolublemente ligado a la historia de la teología de la liberación. Él encarna sus valores más altos en la búsqueda hacer presente en el mundo al Reino de Dios.

Decir que Monseñor Romero era la encarnación de la teología de la liberación significa confrontar las caricaturas dudosas y la culpabilidad por asociación que con demasiada frecuencia han distorsionado la realidad de la teología de la liberación y sus promotores. Pero quizás más que aclarar el punto, la vinculación correcta de Romero con el legado de la teología de la liberación, con esa visión y esperanza que inspiró a los cristianos comprometidos a vivir la fe como una forma de transformar la sociedad, significa que puede continuar inspirando. Pueden encontrarse en los conflictos alrededor de la minería o de la violencia de las pandillas. Todavía se pueden escuchar las voces que claman por la liberación, y merecen la esperanza liberadora que ofrece el ejemplo de Romero.

Michael E. Lee es Associate Professor en el Departamento de Teología de la Universidad de Fordham. Este artículo, reproducido del portal ElFaro.net, es un extracto de un libro que examina el legado teológico de Monseñor Óscar Romero, que aparecerá próximamente bajo el sello editorial Orbis Books. Editor responsable de esta entrega: Héctor Lindo-Fuentes.

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