Ecuador. domingo 10 de diciembre de 2017
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El falso mesías y las encíclicas

Juan Carlos Díaz-Granados Martínez
Guayaquil, Ecuador

El sistema de mercado no es perfecto, pero a través de él se han conseguido los mejores resultados en la lucha contra la pobreza.

Juan Carlos Díaz-Granados Martínez
Guayaquil, Ecuador


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El sistema de mercado no es perfecto, pero a través de él se han conseguido los mejores resultados en la lucha contra la pobreza. Cuando la gente deja de ser pobre, como resultado de las fuentes de trabajo que algún empresario genera, se solucionan los distintos problemas sociales, como la falta de educación, salud y seguridad.

Resulta incalculable el beneficio, en términos de crecimiento económico, productividad, generación de empleo y reducción de pobreza que ha suscitado el sistema operativo Windows inventado por Bill Gates. Pero además, en un ejercicio de su libertad, el señor Gates ha constituido una fundación, que gracias a su trabajo honesto, puede ayudar a causas humanitarias, mientras su empresa genera más riqueza.

Warren Buffet, conocido como el mejor inversionista de todos los tiempos ha donado a la fundación Bill & Melinda Gates unos 37 mil millones de dólares, siendo la donación individual más grande hecha en la historia de los Estados Unidos.  El Estado gringo no lo obligó a redistribuir el dinero generado mediante su esfuerzo, porque es consciente de que las empresas de Buffett contribuyen diariamente con los impuestos y empleos que sus operaciones producen.  Fue un acto voluntario del tercer hombre más rico del mundo; con una fortuna estimada en 72.700 millones de dólares.  “Es una buena forma de devolver a la sociedad lo que nos ha dado”, dice Buffett, mientras su corporación sigue produciendo más dinero.

Eso me recuerda la parábola de los talentos de Mateo 25:14-30 y la de Lucas 19:11-27, que nos exhortan  a usar nuestras capacidades al máximo.  A multiplicar lo que hemos recibido.  A generar beneficios y a producir.

Lo que el socialismo del siglo XXI nos propone es que redistribuyamos la riqueza.  Sin crear más.  Como el siervo de la parábola que enterró el dinero y no lo invirtió.  Los medios de comunicación y las redes sociales ya nos han mostrado imágenes de cómo los funcionarios oficialistas redistribuyen nuestros bienes.  El eslogan podría ser “el que reparte se queda con la mejor parte”.

Es como que le dijéramos a Messi que su desempeño superior  perjudica a los demás futbolistas y que por lo tanto, la FIFA ha decidido ponerle unos plomos en las piernas para que meta menos goles y sea solidario con los demás jugadores.  Con ese tipo de razonamiento, perdemos todos.

Como el oficialismo ahora apela a encíclicas para vender sus ideas comunistas (aprovechándose de la venida del Papa), les  recuerdo que Dios es el único que juzga nuestros actos en la tierra.  Hasta eso, tenemos libertad para actuar y ningún burócrata tiene derecho a restringir una libertad que proviene del derecho divino.  Nuestros actos terrenales están regulados por la declaración universal de los derechos humanos o los diez mandamientos.  Lo que prefieran usar.