Ecuador. lunes 23 de octubre de 2017
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El elogio del borreguismo

Felipe Burbano de Lara
Quito, Ecuador

El talentoso y querido cantautor Hugo Idrovo lanzó al espacio público una cuña difícil de tragarse y pasar por alto: elogiar el borreguismo como conducta política, como expresión de una simpatía incondicional a un cierto liderazgo.

Lo propuso como consigna frente a miles de personas que asistían a la celebración de los nueve años de Alianza PAIS en el Gobierno: “Soy borrego y no lo niego”. Fomentar una actitud dependiente y sumisa del personalismo y el mesianismo políticos, en una cultura con tanta tradición autoritaria como la ecuatoriana, no hace sino promover la sujeción callada y ciega a un poder pastoral.


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En el contexto de la revolución ciudadana, la idea del borreguismo se puso en el debate público para criticar sobre todo la postura de los asambleístas y de cierta militancia de Alianza PAIS –en toda su heterogeneidad– de sujetarse a una voluntad y un poder decisorio centrado en Carondelet. El borreguismo ha sido una práctica de subordinación: allanarse una y otra vez a proyectos legislativos, a las visiones políticas, a repetir incluso las mismísimas palabras, que vienen desde la cabeza del poder pastoral. El borreguismo denuncia a un conjunto de asambleístas y militantes que perdieron y renunciaron a su propia razón, a ciertos principios, a discernir, a discrepar frente a un personalismo que los lleva a la obediencia. Han sido empujados, a través de un subrepticio juego de poder, a transformarse en un rebaño. No es la imagen de una política emancipatoria, moderna, de izquierda, como la presentó Idrovo, la que está detrás del borreguismo, sino una política vieja, tradicional, elitista, oligárquica, que marca constantemente una diferencia enorme y una distancia insalvable entre los seguidores y los conductores, entre los gobernantes y los gobernados.

La mansedumbre que exige el poder pastoral tiene un reverso autoritario cuando alguien se aparta del rebaño. Lo hemos visto en los últimos días con el exasambleísta Fernando Bustamante, maltratado y acosado desde las propias filas de Alianza PAIS. Primero quisieron silenciarlo, luego conducirlo al ostracismo político, para finalmente empujarlo a la desafiliación. Bustamante se volvió un paria por haberse abstenido de votar a favor de las enmiendas constitucionales, un traidor y un vanidoso. Él ha dicho que no resistió más lo que ha llamado un “debate encapsulado” en el interior de Alianza PAIS, es decir, simulado, que nunca toma seriamente el argumento disidente y exige un silenciamiento de las diferencias en el espacio público, convertido este último en una tribuna solo para reverenciar el poder pastoral, para congraciarse con él. De modo que solo puede elogiar el borreguismo quien se encuentra muy cómodo con la revolución ciudadana, quien ha renunciado a cualquier juicio crítico, a no incomodar al pastor.

El borreguismo proclama una suerte de transacción e intercambio entre los beneficios sociales recibidos, los logros materiales entregados, el supuesto levantamiento del ego y las libertades y derechos políticos como ciudadanos. Es un llamado público a callarnos, a ser ciegos, a ser en cierto modo cepillos, a resaltar solo las cualidades del poder pastoral y ocultar el reverso de sumisión y renunciamiento que exige e impone. Por eso, una cuña difícil de tragarse y pasar por alto la de Idrovo. (O)

  • El texto de Felipe Burbano de Lara ha sido publicado originalmente en el diario El Universo.