Ecuador. Miércoles 18 de enero de 2017
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El difícil arte de la sencillez

Sergio Ramírez Mercado
Masatepe, Nicaragua

Conocí muy de cerca a don Patricio Aylwin (1918-2016), cuando me tocó integrar en 1994 la Comisión Latinoamericana y del Caribe sobre el Desarrollo Social, que él presidió, y que elaboró un informe para la Cumbre de las Naciones Unidas celebrada en Copenhague el año siguiente.

Fue una experiencia aleccionadora tratar de cerca a uno de los míticos presidentes chilenos, alejados por tradición republicana de la fanfarria, tanto cuando ejercen el poder como cuando lo han dejado, como era el caso de don Patricio, que había terminado su período como el primer presidente de la democracia tras la dictadura de Pinochet, con el que tuvo que lidiar porque se había reservado una tajada del poder.

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Lo había escuchado hablar en el entierro de Salvador Allende el 4 de septiembre de 1990, a la entrada del cementerio de La Recoleta, frente a una multitud compuesta mayormente por simpatizantes socialistas y comunistas que lo escuchaban con recelo, pero a los que supo llegar con sencillez y entereza. Adversario de la Unidad Popular en el poder, ahora había entrado en La Moneda gracias a la primera gran alianza entre los socialistas y la democracia cristiana, su partido, pero aún eran visibles aquellas heridas de entonces.

Sino arriesgara a una expresión del ingenio barato, diría que el nombre de Patricio le venía muy bien, porque fue uno de esos raros patricios de la democracia; y hablo sólo de aquellos a quienes he conocido, y por tanto, de cerca puedo apreciarlos y juzgarlos mejor, como a Ricardo Lagos, el otro presidente chileno, el primer socialista que volvió a llegar a la Moneda después de Allende, muy patricio también.

Cuando me tocó tratar a don Patricio era el ex presidente sin custodia visible, ni ganas de tenerla, viviendo en su misma casa de toda la vida en Providencia, modesta, sin alardes, como puede ser la de un juez de instrucción o la de un profesor universitario, o la de un funcionario pensionado cualquiera.

Nos ofreció una cena una noche a los miembros de la comisión, entre cuyos miembros también estaba Carlos Fuentes, y él y su esposa, doña Leonor, atendieron personalmente a los invitados, sin camareros de corbatín ni cocineros de gran bonete, ella yendo y viniendo de la cocina, él vertiendo el vino en las copas y alcanzando los platos de entremeses. Llevaba una vida hogareña que no era ninguna impostura, sino una manera de ser. Y me lo imagino en la cocina, ayudando a su mujer a secar los platos y las copas cuando nos habíamos ido.

Impostores he conocido, que fingían vivir con sencillez, y detrás de la casa simple, que era sólo una escenografía para los invitados incautos, se abría un pasadizo oculto hacia la mansión verdadera. Esos son los tartufos de la vida real.

Hablo de este aspecto de la vida de don Patricio, porque me parece nada despreciable, ahora que tantos juicios por corrupción se abren contra los que han gobernado, seducidos por el halago del dinero, y lo que el dinero trae consigo en lujos y excesos. La peor manera de engañar a los electores y traicionar la democracia. Unos van a la cárcel, otros se salvan de ella, pero lo que dejan es una huella de desconfianza en el sistema, que hoy amenaza con volverse indeleble.

Esa sencillez que alabo en él, es parte de la herencia que deja don Patricio. Claro, su herencia es más grande, como estadista y como hombre apegado a la democracia. Pero hay que añorar a los presidentes sin largas caravanas de vehículos que cierran el tráfico a su paso, sin murallas electrizadas tras las que se esconden, sin cuentas cifradas en los paraísos bancarios, y que un día regresan a vivir a su casa de siempre, como siempre.

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