Ecuador. Jueves 8 de diciembre de 2016
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

A propósito de Coetzee

Kevin Wright
Quito, Ecuador

Publicidad

El filósofo australiano Peter Singer, junto a otros filósofos morales de la talla de Anton Leist, defienden la literatura de Coetzee como un ejercicio estético que ilustra una serie de problemas contemporáneos, particularmente aquellos dilemas que surgen alrededor de la relación humana-animal y las realidades sociales postcoloniales.

La particularidad de la obra de Coetzee es que, como grandes pensadores morales de la talla de Tolstoi o Dickens, leerlo tiene un efecto cáustico sobre los valores del lector. En “la Edad de Hierro” la narradora-protagonista Mrs. Curren resulta una voz familiar para cualquier persona con formación académica, llena de valores liberales y progresistas. Estos ideales no solo claudican ante la realidad sudafricana, cuando Mrs. Curren tiene que enfrentarse a la brutalidad del régimen, también son revelados como una fantasía bonita, tan bella y estéril como los clásicos que Curren estudia.
La literatura de Coetzee no reconforta, más bien imposibilita el atenerse a un discurso carente de acción. Deja al lector en un limbo moral, turbado por la violencia y la imposibilidad de justificar, mitigar o prevenirla. El lector se vuelve una especie de Robinson Crusoe, condenado por una huella que humana la arena, sacado de sus bellas meditaciones para tener que lidiar con el problema de la otredad.

Este menoscabo sistemático de los discursos morales occidentales es propio de la filosofía del siglo veinte, pero rara vez se encuentran ejemplos literarios que no recaigan en el escapismo o en el mero panfleto. Quizás unas cuantas obras de Amos Oz aspiran a lo mismo, a lograr un choque entre valores tibios y la brutal realidad, quizás un ejercicio aún más cáustico sea “Meridiano de Sangre” de Cormac McCarthy, lo cierto es que lograr destruir las ilusiones morales del lector no es un ejercicio menor.

Coetzee logra dicho ejercicio sin recurrir a la hipérbole o al sentimentalismo, meramente nos demuestra, con buen arte narrativo, que nuestros discursos morales son errados porque hemos estado operando desde premisas falsas y esperanzadas.

Publicidad