Ecuador. Domingo 4 de diciembre de 2016
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Ser quiteño

Edgar Molina Montalvo
Quito, Ecuador

Cuando en marzo de 1978 Abdón Calderón Muñoz me nominó candidato a la Vicepresidencia de la República, para acompañarle como binomio del FRA en las elecciones del retorno constitucional, me instruyó para que en la primera entrevista comprometiera formalmente mi gestión en beneficio de El Guasmo, La Prosperina y Mapasingue, que eran emblemáticos reductos del CFP en el suburbio.

Enterado de mis declaraciones el líder del poderoso partido, Don Assad Bucaram, procedió a descalificarme y, despectivamente, señalar que “un serranillo” no tenía derecho a opinar sobre realidades de Guayaquil. Entonces, Roberto Aspiazu, joven y ágil reportero, me trajo la versión para que la contestara. Y lo hice, reivindicando que siendo mi madre guayaquileña, yo tenía sangre huancavilca, y que mi derecho se fundaba con mucha anterioridad a la llegada de los migrantes a los muelles de Guayaquil.

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Me ha venido esta reminiscencia a propósito del proceso político trascendental que empieza a definirse en Ecuador y veo con preocupación que líderes políticos aún padecen estrechez de miras. Un candidato litoral dice haber comprometido que su binomio sea quiteño; es decir la vieja y manida fórmula disque integradora. Ese es un criterio aldeano y no corresponde al presente y menos al futuro de la visión de identidad para el ensamblaje nacional. Y lo dice precisamente cuando se ha conferido o negado los derechos de nacionalidad sin más requisito que la regalada gana.

La identidad nacional y el derecho que de ella se deriva viene por dos vías naturales: la sangre ( juis sanginis), el ancestro; y el suelo donde se nace (juis solis). La necesidad, ha instrumentado otra vía cada vez más utilizada, que permite adquirir nacionalidad basada en la expresión de la voluntad, o la simple conveniencia, mediante trámites burocráticos. En ese trance Ecuador, país insignificante según Assange, el más universal de los informadores, ha servido como escenario de una degenerada propaganda oportunista, a espalda de los intereses nacionales. El mundo se estremece frente la tragedia de las migraciones y esto en el Ecuador del Siglo XXI se degenera. No es cierto que los ecuatorianos nacemos donde nos da la gana como expone la sorna de un canciller huayra pamushca (venido en el viento, en Quichua).

La más íntima noción de nuestro origen nos identifica con la sangre de la madre que nos parió. Y para el ejercicio de los derechos políticos de los ecuatorianos, frente a las definiciones que se avecinan, digamos que “el compromiso” del candidato presidencial es una buena ocasión para observarlo en los términos de la geografía, la historia y la política. Hay que jerarquizar la conciencia de lo ecuatoriano en sus raíces. Se ha de entender por quiteño el sentido y la noción telúrica de las naciones y culturas milenarias, asentadas en lo que hoy es el territorio del Ecuador, lo shyri, andino, quitu, etc. Y debe asumirse para el carácter ecuatoriano la expresión que Carlos Julio Arosemena Monroy acuñó para sus coterráneos: ser guayaquileño es tener una actitud ante la vida y una resolución ante la muerte. Eso debe identificarnos para el ejercicio de los derechos, la certidumbre que nuestra tierra ancestral, el Ecuador de hoy, es un espacio sin límite artificial, ni mental, para el ejercicio de la libertad y la realización de nuestros más ambiciosos sueños.

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