Ecuador. Miércoles 7 de diciembre de 2016
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Taras del socialismo del siglo XXI

Juan Carlos Díaz-Granados Martínez
Guayaquil, Ecuador

Hemos retrocedido quince puestos en el índice de competitividad que el foro económico mundial emite anualmente.

Estamos en el puesto 91 de 138 países. Chile ocupa el mejor puesto de la región: 33. Es una de las economías más abiertas del mundo. Tiene más de sesenta acuerdos de libre comercio que le permiten exportar a cuatro mil quinientos millones de consumidores. No pretende venderle solamente a los dieciocho millones de chilenos. También le ha permitido obtener los mejores productos del mundo al mejor precio posible. El sistema ecuatoriano ha logrado lo contrario.

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Panamá es el segundo mejor país calificado de la región (42). Dolarizado, como nosotros, pero ellos sí están interesados en competir por los capitales. Aquí nos venden el cuento de que no podemos competir con otras economías, a pesar de que Chile y Panamá nos demuestran que es posible. La realidad es que el gobierno nacional quiere mantener el control total. Para que la gente tenga que depender de él. No le conviene una sociedad civil que controle sus ingresos, trabajos y propiedades. Es decir, que cada ciudadano tenga independencia económica.

El discurso del socialismo del siglo XXI es pesimista. Culpa de nuestros fallos a los gringos, el dólar, los ricos, la caída del precio del petróleo, el neoliberalismo, la balanza comercial, el racismo y un gran etcétera. Embustes. Cada uno es responsable de su destino, pero hay que luchar por él.

La mayoría de los países del mundo están creciendo mientras el nuestro decrece por la mala administración pública. Este año tendremos una contracción del 2.3% según el FMI; 2.5 % según la CEPAL y 4 % según el Banco Mundial. De acuerdo al FMI, los países que tendrán un crecimiento económico negativo para el 2016 son los que sufren las consecuencias del socialismo del siglo XXI: Argentina, Brasil, Ecuador y Venezuela. No es coincidencia.

El socialismo del siglo XXI parte de la premisa equivocada de que somos ineptos para competir. Por eso prefiere dirigir la economía, restringiendo libertades individuales que sirven para producir más y mejor. Fomenta el proteccionismo cepalino, que ya fracasó en los años sesentas y setentas. Un modelo que implica privilegios y explotación de unos pocos sobre el resto. Promoviendo la discrecionalidad de funcionarios públicos que otorgan favores a ciertas personas a cambio de algo. Lo contrario a lo que predican.

Requerimos reglas iguales, generales y uniformes. Que estos adivinos no tengan que decidir los sectores que deben desarrollarse. El sistema actual es atrasa pueblos. El noventa y nueve por ciento de la población no tiene el tiempo, dinero, ni el acceso a la burocracia dorada para poder mejorar los negocios. Solamente los grandes.

El índice de competitividad ratifica lo que ya sabíamos: no progresamos porque el Estado no es un facilitador, sino un obstáculo para el libre comercio. Genera inflexibilidad laboral, inseguridad jurídica, tramitología, presión tributaria y dificultad para producir. Solamente les interesa que el sector público pueda seguir gastando improductivamente y para lograr eso, nos obligan a mantenerlos mientras nuestra calidad de vida desmejora.

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