Ecuador. Lunes 5 de diciembre de 2016
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Mr. Tambourine Man

Kevin Wright
Quito, Ecuador

Soy un hombre de pocas lealtades, entre ellas un amor que me ha durado por la obra de Bob Dylan.

Encuentro, y en esto mi imparcialidad está irrevocablemente comprometida, que las tibias protestas en contra del fallo de la Academia Sueca carecen aún de argumento y de convicción. Parecen defender una noción que resulta puritana de lo que ellos consideran “la verdadera literatura norteamericana” a sabiendas la obra de unos cuantos novelistas.

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Me anticipo y arguyo en contra de las apologías injustificadas de escritores cuyos méritos se resumen en ser discípulos insatisfactorios de Lawrence, de Faulkner y de sí mismos.

Philip Roth obra bien, lo admito, pero es repetitivo hasta el cansancio, y nos lleva a cuestionar que tan lejos puede llegar la auto-ficción, sus novelas más reconocidas las protagonizan facsímiles de su persona, que resulta tediosa. Cuando Roth se desvanece, es decir cuando leemos “American Pastoral”, entendemos que es un buen novelista, pero que le cuesta evitar hablar de sí mismo como si palideciera sobre el diván y su obra sufre por ello. Una novela brillante no basta para justificar el resto de una obra tan grande, veremos que esto es aplicable también a sus congéneres.

Confieso profunda admiración por Cormac McArthy, pero dicha admiración se resume en una sola novela: “Blood Meridian”. El resto de sus novelas y relatos suelen constituirse desde argumentos más dignos del cine que de la narrativa, no entiendo porque recurre tanto a la prosa larga.

Mejor que ambos es Pynchon, más complejo, más diestro en el manejo de la lengua, de la estructura y también más diestro en contravenir las normas de las mismas. Sin embargo, nos dio “Inherent Vice” y “Vineland”, obras imperdonables. “Vineland” tiene un solo defensor: Salman Rushdie, “Inherent Vice” resultó un experimento digno cuando fue adaptada al cine.

DeLilo y Oates tienen ambos el problema de ser excesivamente prolíficos, y sus desatinos exceden a sus aciertos, y en creces.

Comparándolos con sus antecesores más próximos, McCullers, Wharton, Steinbeck, Miller, Salinger, y sin siquiera invocar a Fitzgerald o a Wolfe o a Capote, ni al imponderable Faulkner, notamos que hay harta evidencia para negarles un reconocimiento. Admito que todos ellos son mejores escritores que Toni Morrison, sin embargo, cometer más errores no revindicaría la penosa trayectoria transitada por la Academia Sueca.

La perdurabilidad de la obra de Bob Dylan, no de toda la obra, pero sí de lo esencial, está asegurada. Woody Guthrie vive a través de esta herencia, lo mejor del folk, lo mejor del blues, lo mejor de los Beats y de Rimbaud y lo mejor de Norteamérica, vive a través de esta herencia y lo mejor resulta poético, lírico.

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