Ecuador. Martes 6 de diciembre de 2016
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Cuba, las utopías y sus contrarios

Mauricio Maldonado Muñoz
Génova, Italia

Fidel derrocó a Batista (dictador rastrero), y luego mantuvo alejada de su isla a los dictadores “american style” (gorilas impuestos y auspiciados por Estados Unidos).

Todo, por supuesto, a costa de perpetuar su propia dictadura. Tendrá también méritos entre todos sus deméritos, no lo dudo, pero ahora mismo estoy viendo las noticias, y veo que hay miles de cubanos celebrando en Miami. No estoy de acuerdo con celebrar la muerte de alguien, pero no puedo evitar pensar que toda la gente que tuvo que dejar Cuba, muchas veces en balsa, arriesgando su vida, a veces para no morir como muchos disidentes, tiene sus razones.

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Si se me permite una pequeña profecía, quizás obvia, de aquí en más sólo asistiremos al decaimiento de un sistema ya bastante lánguido. Vendrá al fin un proceso de democratización, seguramente lento y tortuoso, pero que se establecerá antes o después. Y ojalá así sea. Alguien decía, hace algunos años, que de Cuba hay que rescatar «el valor de una utopía». Me vienen a la mente las palabras de un antiguo exiliado soviético que iban más o menos así: «las utopías son posibles… y hoy nos encontramos ante una situación angustiante: ¿cómo evitar su realización definitiva? […] debemos volver a la idea de una sociedad no utópica, menos “perfecta” y más libre».

La utopía de Fidel, sobre los pasos de Marx y Lenin, se presentaba hace mucho tiempo como un movimiento imparable —auspiciado por la historia (que, se suponía, la “hacen las masas”)— que debía llegar a un estado acabado de evolución inmune, posteriormente, a los males que había traído consigo los excesos de la sociedad burguesa. Bien lo sabían los seguidores de Marx, como Galvano della Volpe, que invirtieron casi toda su vida en demostrar las bondades de esa “libertas maior”, esa “verdadera libertad”, que al fin habría de llegar con el advenimiento de las promesas de su doctrina. Los costos de la dictadura impuesta en la Unión Soviética eran, para él y sus acólitos, necesarios (¿acaso no era justo hacer ciertos sacrificios si luego hemos de obtener por fin esa “verdadera libertad”? ¿Qué importaban entonces las libertades liberales, burguesas por lo demás?). Los seguidores de Bobbio recordarán un viejo artículo de 1954: “Della libertà dei moderni comparata con quella dei posteri”, una respuesta del turinés justamente a della Volpe. Allí Bobbio dice —nada más acorde a la época de su escrito— que los lúgubres patrocinadores de la derecha abogaban por regresar, aun a costa de la dictadura, a esa “libertad del pasado” (se referían al fascismo), mientras que los progresistas en exceso osados de la izquierda buscaban alcanzar esa “libertad del futuro” (el comunismo), aunque ello significase justificar los excesos de la dictadura soviética.

Los que creen que la disputa por la “verdadera libertad” o por la “libertas maior” empieza con ellos (como parecen creer algunos de nuestros políticos), deberían hacer algo de memoria. A la final, nada nuevo hay bajo el sol, y como decía Borges, a la historia le gustan las simetrías y las repeticiones. Claro que no sólo los progresistas en exceso osados se repiten, sino también los lúgubres patrocinadores de la derecha. ¿O acaso el poderosísimo slogan de Trump no era “Make America Great Again”? Grande, ¿cómo cuándo? Otra vez, unos se proyectan en un pasado lleno de hipérboles a conveniencia, mientras otros lo hacen en un futuro que nunca termina de llegar. Y mientras tanto —lo decía también Bobbio— ¿qué hacemos con la libertad del presente? Con los individuos que, como millones de cubanos, tuvieron que sufrir el ostracismo, no sólo en busca de prosperidad económica, sino también de libertad para expresarse, para elegir su propio modo de vivir (¿quién puede olvidar la carta de despedida de Reinaldo Arenas, quien sufrió el exilio y también la tortura por disidente y homosexual?).

¿Cuántos balseros arriesgaron su vida, cruzaron el mar, vieron ser encarcelados y hasta morir a los suyos? Algunos migrantes huyen de su cárcel, también los países pueden serlo. Pero no a todos se les permite hacerlo: ya al otro lado los amenazan con el destierro, con regresarlos de nuevo a su propia suerte, a algunos por indocumentados, a otros por su religión. Arrecian todavía, por derecha y por izquierda, los autoritarismos. Mientras unos auspician los abusos de la dictadura cubana (y también de algunos países de su periferia política), otros baten palmas por el ascenso de una recalcitrante derecha en los Estados Unidos. De hecho, no hay que irse tan lejos; en nuestro país, contra los abusos actuales se suele responder: «¡claro, es que vos prefieres el febrescorderismo!». Como si no hubiese otra opción que estas dos, como si entre entre lánguidos progresistas y lúgubres reaccionarios no hubiese nada.

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