Ecuador. viernes 17 de noviembre de 2017
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Milagros de un terremoto

Alina Manrique
Guayaquil, Ecuador

El camino hacia Puerto Machalilla está lleno de curvas cerradas, escondidas en el verde espeso de esos cerros que mojan sus faldas en el manso mar que baña Puerto López, en la costa manabita.

La playa de esta parroquia tiene más “panguitas” que restaurantes, porque esta es tierra de pescadores.


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A menos de cien metros de la orilla está la única carretera y, sobre ella, la casa de los Merino. Detrás de las rejas, a Maribel se le pasa el tiempo lento, mirando a los caminantes huir del sol y a los buses dejándoles arena encima.

También hubo calor intenso el sábado del terremoto. “Todo el día hizo sol… pero nunca había visto un sol tan resplandeciente, tan encendido a las seis y cuarenta de la tarde”, rememora con detalle, casi un año después.

Esa tarde de abril, Maribel y su panza de 37 semanas, su hijo Adonis de 7 años y su cuñada habían recorrido Manta en busca de medicinas para el niño. La farmacia que el pediatra le había recomendado estaba cerrada y, aunque se les ocurrió ir al centro comercial Felipe Navarrete, un dolor repentino en los pies de Maribel las hizo cambiar de opinión. Camino a casa, entre las calles 8 y 9 del barrio Jocay, Maribel se despidió de su cuñada y entró al edificio en donde rentaba un departamento desde hace casi una década. Fue la última vez que vio el atardecer en su hogar.

Adentro, la sorprendió la voz de su vecina Irlanda, quien vivía en la planta baja. Ambas tenían una relación casi familiar y ella solía invitar a Maribel y a Adonis a comer dulces cada fin de semana. Pero todo lo que quería la embarazada era descansar y rechazó la torta. Subió las escaleras de la mano de su hijo y abrió la primera puerta, la de hierro, para entrar a su departamento. Su vecino del departamento contiguo, el que fumaba todo el tiempo con la puerta abierta, la oyó y le lanzó esa pregunta retórica y subvalorada que, sin embargo, tiene el poder inmenso de hacernos sentir en casa: “¿Ya llegó?”

Entonces la tierra empezó a sacudirse.

“Vi al vecino bajar a su familia y agarré la mano de mi hijo para seguirlo, pero las escaleras se hundieron. Se fue la luz, el polvo no me dejaba ver nada. Me arrodillé en el marco de mi puerta aferrada a ese pilar, abrazando a mi hijo y a mi barriga. Nos hicimos como un caracol mientras la tierra hacía olas y le dije a Dios: ‘en tus manos me encomiendo, Señor’. Sentí que caímos junto con el edificio, que el segundo piso aplastó al primero…”, recuerda Maribel, apretando las manos.

Una luz entre los escombros y el llanto de su hijo le mostraron a Maribel que había sobrevivido cuando la tierra se calmó. Descubrió la silueta de su vecino, ese que nunca le dijo su nombre, y pidió auxilio. Ella tenía una viga sobre la cabeza y una pared sobre la espalda; un dolor hondo en el vientre, un chichón en la cabeza y las piernas bañadas en su propia sangre… ¿había roto fuente?

Escuchó una voz familiar.

-“¡Vecina, no la veo!”

-“Saquen al niño primero”, dijo ella, iluminándolo con el celular que se había guardado entre la ropa.

-“¡No salgan! ¡Cuidado!”, le gritaban voces que ella no reconocía. Entonces alumbró con el teléfono sus pies y vio que la salida estaba minada de vidrios afilados. Los celulares, inservibles para llamadas y mensajes en los minutos posteriores a la catástrofe, se convirtieron en linternas que guiaron a quienes sacaron a Maribel y a Adonis de ese amasijo de tres pisos de hierro y concreto. Al salir a la calle todo lucía diferente. Había caído la noche más oscura.

Los escombros del edificio habían aplastado la casa de su amiga Irlanda, que no alcanzó a huir. Ella fue la única víctima mortal de ese edificio en el Jocay, en la ciudad que más vidas perdió en el terremoto… en Manta murieron 219 personas del total oficial de 671 fallecidos.

“De la mano de mi hijo empecé a vagar buscando que alguien me llevara al hospital. Me paraba delante de los carros pero todos los taxistas me miraban con pena y me decían ‘no puedo’, ‘voy a buscar a mi familia’. La gente corría hacia la loma porque algunos gritaban que ya venía el tsunami”.

Avanzó lentamente hasta la casa de su hermano y su cuñada, que siempre habían vivido a pocos metros de ella en Manta. No había nadie. La suegra de su hermano llegó después de unos minutos en un taxi que llevó a Maribel al Hospital del IESS. Solo pudieron llegar hasta una cuadra antes de la entrada.

Un recuerdo horrible le quiebra la voz. “Caminé con mi niño entre hileras de personas heridas, muertas, partidas. A lo lejos se veía incendios y en el hospital se oían gritos. Mi hijo, lleno de miedo, me dijo ‘aquí nos vamos a morir mami’”.

Maribel, una mujer soltera de 33 años, iba a parir esa noche de caos. Gastó toda la batería del celular intentando llamar a algún familiar que recogiera a su hijo, pensando en que ella podría morir en ese estacionamiento. Antes de que se apagara el teléfono, vio que eran las 11 de la noche.

Pero no todos huyen cuando reina la desesperanza. Así como el vecino que fumaba y el taxista, hubo héroes sin nombre que se dejaron el alma esa noche y madrugada en calmar el dolor de lo que parecía una guerra. Una enfermera les advirtió que seguirían atendiendo sin equipos y sin energía eléctrica, pero que todos debían resistir… esperar. Hasta que llegaran más voluntarios de Quito y Guayaquil, hasta que armen las carpas en el estacionamiento, hasta que un nuevo día trajera la luz.

Casi a las 2 de la mañana, la enfermera le dijo a Maribel que sería la primera cesárea después del terremoto. Su hermano apareció para llevarse a Adonis. Luego, la misma enfermera le apretó la mano y le entregó una manguera de oxígeno. Maribel vio las luces de tres celulares mientras la acostaban en una camilla. Lo último que escuchó fue la voz de un hombre: “tranquila, te vamos a ayudar”.

Esta bebé de gigantes y vivaces ojos negros, nacida en las horas más oscuras de Manabí, iba a ser conocida por el mundo como Scarlett. Pero no podía llamarse de otra forma que Milagros. Así, en plural, porque su nacimiento involucró muchos vuelcos afortunados del destino.

¿Qué habría pasado si Maribel, su hijo y su cuñada hubiesen ido al Felipe Navarrete? ¿O si Maribel hubiese aceptado entrar a la casa de Irlanda a comer pastel? ¿Qué habría pasado si la enfermera hubiese huido del sitio en el que la necesitaban?

“Me desesperaba ver tanta gente que atender a nuestro alrededor”, relata hoy Irene Peñarrieta, que un año después sigue trabajando como enfermera. Recuerda a Maribel porque fue la primera cesárea que se practicó en el hospital del IESS de Manta después del terremoto. “Yo solo podía darle los primeros auxilios hasta que un doctor pudiera operarla. Esa primera cesárea se tardó unas dos horas y nos ayudamos con celulares”, relata.

Sus ojos vieron tanto dolor esa noche y madrugada que no recuerda de dónde sacó el valor para seguir sin descanso hasta el día siguiente. La despedida fue breve: “tuvimos que mandar a la casa a Maribel porque no había espacio suficiente. No había registros de nada y teníamos que seguir atendiendo, teníamos que hacerlo”.

A las 8 de la mañana del 17 de abril, cuando Maribel conoció a su hija, los paramédicos le preguntaban por familiares. “Pero yo estaba ahí sola, porque mi hermano se había llevado a Adonis antes de que me abrieran. Me revisé la herida y vi que me habían cerrado como un saco de papas. Me dijeron que vaya a un albergue o lo que sea, pero que debía irme… que debía nombrar a mi hija terremoto o desastre; me llevé a Milagros de ahí con un pañal en el cuerpo y otro en la cabeza para la mollerita”.

Durante los primeros meses, en los cuales se refugiaron en la casa de la abuela en la comuna Santa Rosa, Milagros gritaba mucho. La bebé enfrentó una bronquitis y un cuadro de desnutrición. Su hermano mayor, en cambio, se volvió un niño callado e insomne. No quería entrar a ninguna vivienda de dos pisos y solo mejoró su comportamiento cuando Maribel los llevó a la casa de su madre, en Machalilla. La familia celebrará allí el primer aniversario de Milagros.

Tanta tranquilidad perturba, confiesa Maribel. Retomó su rutina como profesora de una escuela pública en Santa Rosa, recuperó su figura y sigue ocupándose de sus hijos, como siempre. Pero se siente extraña en una tierra tan silenciosa como esta, tan diferente a la ciudad moderna que era Manta. Alguna vez volvió y sintió tristeza al ver tantos patios vacíos en lo que solía ser su barrio. El silencio de ese mar que ahora es su vecino la vuelve presa de una incertidumbre constante… ¿Se puede confiar en la calma de la naturaleza?

“Pero saber que estamos juntos, mis hijos y yo, me da algo de seguridad”, se tranquiliza. Repite lo que le dice a sus alumnos, que el terremoto fue un fenómeno natural. Aunque no le han dado la casa que le prometieron, agradece a su familia por cobijarla y a las donaciones de vituallas que llegaron a ella durante ese mes de abril. Agradece al vecino, a la enfermera y al taxista que gestaron un milagro en esa noche de espanto. Pero no habla de suerte, pues cree en los designios Dios y en el amparo de la Virgen de Monserrate.

Ella lo explica con una corta frase: “simplemente no era mi hora, no era la hora de mis hijos”. Como si un reloj cósmico dictaminara que los primeros balbuceos y pasos de su niña serían en esta casa frente al mar de Machalilla. Como si cada minuto trajera escondidos milagros para vivir, lecciones para aprender.