Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Los adoquines de Roma, de nuevo arma arrojadiza para políticos

Una foto panorámica con un lente especial se ve a la gente caminando por la Plaza de San Pedro en el Vaticano el domingo 3 de marzo del 2013. Cardenales de todo el mundo empezaron a llegar a Roma para abordar algunos de los principales problemas que enfrenta la Iglesia Católica antes del cónclave encargado de elegir el sucesor del papa Benedicto XVI, recientemente jubilado. (Foto AP/Andrew Medichini)

Roma, 4 ene (EFE).- Los sampietrini, los característicos adoquines de muchas calles de Roma, vuelven a ser polémicos en la capital italiana, cuya alcaldía considera limitar su uso para facilitar el tráfico rodado, una propuesta no exenta de detractores.


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Esas sencillas piezas cúbicas hechas de pedernal, pórfido u otras rocas volcánicas que cubren muchas calles de la capital italiana desde el siglo XVI son otra vez, simbólicamente, objeto arrojadizo y esta vez la mano que los lanza viene del Ayuntamiento.

El “culpable” de hacer que se hable de ellos, en un consistorio del que la última noticia más destacada en los últimos tiempos ha sido la masiva infiltración de la mafia en sus asuntos, ha sido Maurizio Pucci, el asesor de Obras Públicas.

“Los sampietrini tienen un mercado. Vendámoslos para hacer caja”, propuso Pucci (que por cierto no es romano) en una entrevista en la que se despachó a gusto: “los criterios ideológicos no sirven. Y digo que si los sampietrini no son útiles son peligrosos, para los automovilistas, los motoristas y los peatones”.

El asesor Pucci, al parecer consciente de que hace falta mucho dinero para reparar el pavimento romano, vio en la venta de adoquines una ocasión para proponer una “implicación del sector privado”, una idea frecuente entre ayuntamientos meridionales europeos, no solo italianos.

Pues bien: después de que el asesor lanzara la idea -limitar los famosos adoquines a las “plazas históricas”- el mismo alcalde, Ignazio Marino, salió en defensa de las humildes piedras y explicó que la idea es quitarlas de las vías de más tráfico, como aquellas por las que, por ejemplo, pasan los autobuses.

Retirados por lo tanto de las calles por las que teóricamente circulan los autobuses -con frecuencias usualmente aleatorias en Roma- los adoquines se emplearían en otros barrios romanos, para, según el alcalde Marino, “ponerlos en las áreas peatonales de la periferia”.

Hay que explicar que en origen los adoquines fueron una pequeña revolución en Roma: facilitaban el paso de los carruajes, al dejar finas rendijas entre ellos permitían “respirar” al terreno y filtrar el agua y eran adecuados para cubrir espacios irregulares y no perfectamente planos.

Y con el paso de los años hasta surgió una auténtica especialización para colocarlos: “selciatori” o “selciaroli” se empezó a llamar a quienes, con mazo de madera para no dañar la piedra y tallarla adecuadamente, los colocaban con un procedimiento artesanal que tiende a desaparecer.

Hoy desde el Ayuntamiento se recuerda que un metro cuadrado de “sampietrini” -a los que por cierto se llama así porque se colocaron por primera vez en la vaticana Plaza de San Pedro- cuesta 212 euros (unos 254 dólares) por metro cuadrado, mientras que cubrir esa superficie con asfalto deja la factura en la mitad.

Y, además, como se descolocan pronto, son peligrosos para caminar sobre ellos (si se llevan tacones altos mucho más) y los enemigos del adoquín romano hasta aseguran que el “baile” de los sampietrini provoca fricciones y libera polvo que ensucia las calles y ataca a los pulmones.

Corrado Augias, periodista y exeurodiputado, escribió ante la idea que los “sampietrini”, mojados y brillantes bajo la luz romana, son “fascinantes”, aunque admitió que, descolocados, destrozan los amortiguadores de los automóviles y que a lo mejor no es mala idea retirarlos para “hacer caja” y reparar socavones.

Vittorio Sgarbi -alto funcionario entre 2001 y 2002 en el Gobierno de Silvio Berlusconi en el ministerio de Bienes Culturales- calificó la ocurrencia del consistorio de Marino directamente de “locura, una ofensa a la ciudad de Roma”.

“Además, no me parece que el sampietrino sea una piedra preciosa y que por eso sirva para sacar beneficio o venderla. Temo que al asesor le haya dado una insolación en pleno invierno”, zanjó Sgarbi, apodado “el mayor transformista de Italia” porque en su carrera política se ha alistado en todo tipo de partidos.

La Asociación Cultural Sampietrino, evidente defensora de la cuestión pétrea, se acaba de adherir a una iniciativa surgida en las redes sociales y que, de manera inofensiva a pesar de su contundente etiqueta (#unsampietrinoperignazio) invita a lanzar al alcalde un “metafórico sampietrino virtual” enviando una foto de un adoquín cualquiera a @ignaziomarino. EFE