Editorial de The Washington Post
Washington, Estados Unidos

El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, un acólito autocrático de Hugo Chávez, y que usual y merecedoramente es ignorado fuera de su propio país, obtendrá un poco de atención el jueves cuando sea anfitrión del presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad. Mientras disfruta el aura de ser uno de los más notorios parias en el concierto internacional, permítannos hacer un recuento de las razones por las que el señor Correa realmente merece ser conocido: el más extenso y despiadado asalto a la prensa libre en marcha en el Hemisferio Occidental.

Este viernes, luego de la despedida iraní, la Corte Nacional de Justicia en Quito tiene previsto escuchar la apelación final de tres directores de uno de los más venerables periódicos de Latinoamérica,  El Universo, al que el señor Correa está al borde de destruir. En julio, los tres directores del diario -los hermanos Carlos, César y Nicolás Pérez- y el editor de Opinión, Emilio Palacio, fueron sentenciados a tres años de prisión como resultado de una demanda por injurias interpuesta por el señor Correa. Los editores y su periódico fueron también sentenciados al pago de un total de 40 millones de dólares, lo suficiente para forzar su quiebra.

El “crimen” que provocó la demanda del presidente fue una columna escrita por el señor Palacio, titulada ’No a las mentiras’, que ásperamente criticó la conducta provocadora del señor Correa durante un levantamiento policial. El manejo del caso por el sistema judicial fue, desgraciadamente, digno de una república bananera. Después de cuatro cambios de jueces, un magistrado “temporal” tomó el caso, realizó una audiencia, y -33 horas después de su nombramiento- emitió la sentencia de 156 páginas. Una posterior investigación  independiente determinó que él no la escribió, y que el autor fue probablemente el abogado del señor Correa.

Pese a que el señor Chávez, el presidente de Venezuela, ha tomado el poder de la mayoría de los medios de televisión y radio en su país, aún no se ha atrevido a atacar periódicos históricos como El Universo, que fue fundado en 1921 en la capital económica del Ecuador, Guayaquil, y que es ampliamente respetado en la región. El intento del señor Correa de controlar los medios ha sido intenso: El gobierno ha pasado de ser dueño de una estación de radio, cuando asumió en el 2007, a manejar cinco canales de televisión, cuatro estaciones radiales, dos periódicos y cuatro revistas.

Los periodistas que se atreven a ser críticos son objetos de demandas por difamación impulsadas por el presidente, quien asiste a las audiencias y algunas veces tuitea decisiones antes de que sean anunciadas. El mes pasado, el editor de otro periódico, “Hoy”, fue sentenciado a tres meses en cárcel, después de que se negó a revelar el nombre del autor de unos reportajes sin firmas sobre el tráfico de influencias de un director del Banco Central, quien es primo en segundo grado del señor Correa. Otros dos periodistas enfrentan una demanda presidencial por 10 millones de dólares por daños debido a un libro que documenta cientos de millones de dólares en contratos gubernamentales otorgados al hermano del señor Correa.

No sorprende que el señor Correa haya sido criticado por la Relatoría para la Libertad de Expresión de la Organización de Estados Americanos. Su respuesta ha sido un intento de despojar a esta dependencia de financiamiento y de poderes. Los embajadores de la OEA deberían rechazar esta medida insidiosa cuando surja a su consideración este mes. Una acción más apropiada de la OEA debería ser una revisión del Ecuador bajo la Carta Democrática Interamericana.