Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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El Mercosur, desmoralizado

Editorial del diario Gazeta do Povo
Curitiba, Brasil

Los jefes de Estado del Mercosur dieron ayer un gran paso para la desmoralización del Mercosur, cuando, durante la reunión en Argentina, no solo confirmaron la suspensión del Paraguay, sino también la inclusión de Venezuela: una antigua pretensión de Hugo Chávez, impedida justamente por la oposición del Senado de Paraguay, que se tornó posible con la exclusión de Paraguay después de la destitución de Lugo. La actitud de los presidentes Dilma Rousseff, de Brasil: Cristina Kirchner, de Argentina; y José Mujica, de Uruguay, dejó claro que su compromiso ideológico está por encima del celo por la democracia.

Editorial del diario Gazeta do Povo
Curitiba, Brasil


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Los jefes de Estado del Mercosur dieron ayer un gran paso para la desmoralización del Mercosur, cuando, durante la reunión en Argentina, no solo confirmaron la suspensión del Paraguay, sino también la inclusión de Venezuela: una antigua pretensión de Hugo Chávez, impedida justamente por la oposición del Senado de Paraguay, que se tornó posible con la exclusión de Paraguay después de la destitución de Lugo. La actitud de los presidentes Dilma Rousseff, de Brasil: Cristina Kirchner, de Argentina; y José Mujica, de Uruguay, dejó claro que su compromiso ideológico está por encima del celo por la democracia.

Hace mucho tiempo que Venezuela no puede ser llamado un país democrático. Hugo Chávez es el equivalente moderno de un caudillo, que ha sometido a los poderes legislativo y judicial, que persigue a la prensa independiente, y que se cree con el derecho de afirmar que “quien no es chavista no es venezolano”, como profirió en un acto militar el domingo pasado. Al aceptar a Venezuela en las condiciones actuales, el Mercosur dio una demostración irrefutable de que el Protocolo sobre el Compromiso Democrático del bloque, no pasa de ser un instrumento retórico, invocado indebidamente cuando un camarada ideológico es removido constitucionalmente del poder, pero ignorado cuando se trata de recibir con los brazos abiertos a los dictadores de izquierda.

La actitud de los presidentes en relación a Paraguay, manteniendo la suspensión del país hasta la elección presidencial de abril de 2013, también es motivo de preocupación. Si dependiese solo de los paraguayos, la transición de la presidencia hubiera transcurrido casi sin sobresaltos. El 20, en un proceso relámpago, cuya velocidad es cuestionable, pero que siguió al pie de la letra la Constitución del país, el Senado aprobó la destitución de Fernando Lugo; la misma noche, su vicepresidente, Federico Franco, asumió el cargo, y el ex obispo acudió a la televisión a declarar que, pese a estar en desacuerdo con el veredicto, se sometía a la decisión de los senadores, y pidió a los paraguayos que, en caso de que se manifestaran, lo hagan de manera pacífica. Los primeros días después de la destitución fueron tranquilos.

Sin embargo, otros gobernantes sudamericanos protestaron con más vehemencia que el propio Lugo. Los mayores críticos de la destitución fueron, además de Hugo Chávez y Cristina Kirchner, el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa: siempre con motivos puramente ideológicos, ya que ninguno de los cuatro líderes es exactamente un apasionado por la democracia que dicen defender en el caso paraguayo. La decisión de suspender a Paraguay del Mercosur y la Unasur fue tan rápida como la que removió a Lugo de la Presidencia. El apoyo de los bolivarianos parece hacer motivado en el ex Obispo la esperanza de regresar al poder, e hizo, la semana pasada que Lugo anunciara la formación de un “gobierno paralelo” y dijo que no reconocía la autoridad de Franco, mientras las manifestaciones en favor del ex presidente se intensificaron.

El Brasil, la mayor potencia sudamericana, adoptó la semana pasada una postura menos radical, incluso evitaron usar la palabra “golpe” en pronunciamientos y documentos oficiales. La decisión del Brasil puede influir en el ritmo de la transición paraguaya: si reconociese al nuevo gobierno, apaciguaría los ánimos de los simpatizantes de Lugo; y si apoyase la posición del presidente depuesto, daría más razones al “gobierno paralelo” y los movimientos sociales para intensificar la inestabilidad en Paraguay.

Y aunque no se hayan incluido sanciones económicas, la decisión de ayer, en Argentina, fortalece a Lugo y sus simpatizantes,que ahora pueden creerse en el derecho de ampliar su movilización. Especialmente preocupante es la posibilidad de que los carperos, los sin-tierra paraguayos, retornasen a los métodos violentos que aterrorizaron, entre otros, a los brasiguayos. Si hubiera derramamiento de sangre, no hay dudas de que parte de la culpa debe recaer sobre los hombros de los líderes extranjeros que incitaron la reacción luguista de forma irresponsable, conscientes de que el sufrimiento recaerá solo en el pueblo paraguayo.

* Publicado originalmente en el diario de Curitiba, “Gazeta do Povo”, en Brasil.