Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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España no se parte

Por Jesús Ruiz Nestosa
Madrid, España

Dicen que las últimas palabras del “caudillo” fueron “que España no se parta”, como expresión de su profunda preocupación por la unidad del país, piedra miliar de su política de atribuirle a los “rojos” (palabra de significado amplio que englobaba a todos los opositores a su régimen) la perversa intención de hacer que las diferentes regiones de España se fueran cada una por su lado. Fue una persecución constante a catalanes y vascos, regiones que cuentan con un idioma y una fuerte tradición cultural local. Escapó de ello Galicia que también ofrece las mismas características, pero con un rasgo excluyente: el “caudillo” era gallego.

Por Jesús Ruiz Nestosa
Madrid, España


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Dicen que las últimas palabras del “caudillo” fueron “que España no se parta”, como expresión de su profunda preocupación por la unidad del país, piedra miliar de su política de atribuirle a los “rojos” (palabra de significado amplio que englobaba a todos los opositores a su régimen) la perversa intención de hacer que las diferentes regiones de España se fueran cada una por su lado. Fue una persecución constante a catalanes y vascos, regiones que cuentan con un idioma y una fuerte tradición cultural local. Escapó de ello Galicia que también ofrece las mismas características, pero con un rasgo excluyente: el “caudillo” era gallego.

Decenas de argumentos se exponen en estos días tratando de explicar el brote soberanista que amenaza con hacer que Cataluña se vaya de España. No hace más de dos semanas, el presidente de la Generalitat, la más alta autoridad de dicha autonomía, Artur Mas, encendió la mecha de la independencia tras un discurso duro contra el gobierno central de Mariano Rajoy, que no aceptaba un trato especial en materia económica, rescate financiero para un gobierno local al borde de la quiebra y medidas especiales en el tema de impuestos.

La pataleta de Mas, un político que pasaría por la Generalitat oscuramente tras una gestión con más sombras que luces, terminó con la disolución del Congreso autonómico y convocatoria adelantada de las elecciones que pretende convertirlas en un referendo sobre la voluntad de los catalanes de independizarse o no del resto de España.

Su discurso fue un compendio de verdades a medias sobre las posibilidades de convertirse Cataluña en un Estado independiente, al igual que otros de Europa como el Vaticano, Andorra, San Marino, Luxemburgo o Mónaco. Para ello recurrió al viejo recurso de ofrecer “el vaso medio lleno” o “el vaso medio vacío”. Los catalanes se echaron a la calle con su bandera a franjas rojas y amarillas queriendo forzar la independencia total.

Los análisis que llenan los periódicos desde entonces, buscan darle una explicación racional a este fenómeno pero en todos ellos, bajo la hojarasca dorada que ha comenzado a llenar parques y plazas en un otoño puntualmente presente, subyace una espesa capa de humus cuyos ingredientes principales son los peligros que entraña una decisión de este tipo tanto para los catalanes como para el resto de España, los problemas económicos que surgirán en ambos lados de las trincheras agravando los que ya nos ha entregado la crisis actual y las dificultades que se presentarán en la creación de un nuevo Estado, una nueva administración, una nueva red de relacionamiento con el resto del mundo sin considerar las dificultades con que tropezarán para que Cataluña sea considerada un nuevo Estado dentro de la Unión Europea.

Si el fervor popular, dispuesto siempre a correr atrás de quimeras como calificó el rey Juan Carlos a este intento independentista, está dispuesto a ignorar, con tanta facilidad aquellos problemas que son los que justamente le ponen cara a cara con la ramplona realidad cotidiana, no lo es así, o, por lo menos, no debería serlo con los políticos cuya misión principal es orientar el debate público. Entre esas interpretaciones a las que he aludido, no pocas hablan de la actitud de muchos de ellos de aprovecharse de la situación para obtener réditos políticos. El primero de ellos, el propio Artur Mas que con poco esfuerzo y mucho sentido del populismo, ha pasado de ser una figura mediocre a un héroe de las multitudes que llenaron las calles de Barcelona en los últimos días.

El referendo que pretende no está permitido por la Constitución española y sus ambiciones independentistas no pueden ser resueltas nada más que en las urnas catalanas sino en las de todo el país.

Esta irresponsabilidad política, este oportunismo deshonesto han hecho que por el momento los españoles dejaran a un lado los graves problemas que tienen con motivo de la crisis económica y sus efectos devastadores en empleo, salud pública, educación, crecimiento económico, seguridad, sino que además se ha potenciado a niveles insoportables el rechazo de los catalanes al resto de España y el rechazo del resto de España a los catalanes. Esto no es nada bueno para ninguna de las dos partes.

* Jesús Ruiz Nestosa es periodista paragauayo. Su texto ha sido publicado originalmente en el diario ABC Color, de Paraguay.