Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Cuando la corrupción conviene

Gonzalo Méndez Cobeña
Guayaquil, Ecuador

En la realidad latinoamericana, la lucha contra la corrupción ha sido – por mucho tiempo – una promesa constante de aquellos movimientos que alguna vez se aventuraron a ofrecer – cada uno en sus respectivas realidades – la materialización de los cambios políticos, económicos y sociales pretendidos por sus pueblos. Así, independientemente de las estructuras ideológicas proponentes, los ofrecimientos comprometidos con la erradicación de la corrupción han sido recurrentes, reconociéndola y presentándola como uno de los orígenes más problemáticos del subdesarrollo.

Gonzalo Méndez Cobeña
Guayaquil, Ecuador


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En la realidad latinoamericana, la lucha contra la corrupción ha sido – por mucho tiempo – una promesa constante de aquellos movimientos que alguna vez se aventuraron a ofrecer – cada uno en sus respectivas realidades – la materialización de los cambios políticos, económicos y sociales pretendidos por sus pueblos. Así, independientemente de las estructuras ideológicas proponentes, los ofrecimientos comprometidos con la erradicación de la corrupción han sido recurrentes, reconociéndola y presentándola como uno de los orígenes más problemáticos del subdesarrollo.

Muy a pesar de esas tantas ofertas (a las que ya casi nos acostumbramos), en América Latina los resultados de estas prometidas luchas todavía se pintan con números rojos. Así lo demuestran las últimas mediciones del Índice de Percepción de la Corrupción (CPI, por sus siglas en inglés), al ubicar a todos los países latinoamericanos entre las naciones más corruptas del mundo.

Estos resultados parecerían contradictorios cuando son contrastados, principalmente, con los discursos oficiales de aquellos proyectos políticos vigentes en la Latinoamérica de hoy que se definen como socialistas, revolucionarios y hasta bolivarianos. ¿Por qué? Porque estos gobiernos se han posicionado en torno a la figura de un líder único cuyo discurso central promociona fuertes componentes de lucha anti-corrupción, al mismo tiempo que promete novedades radicales, futuros mejores, y patrias que serán de todos. Pero entonces, ¿por qué los pobres resultados alcanzados en el CPI por los actuales caudillos que han llenado la región de novedosas revoluciones?

En su novela La fiesta del Chivo, Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, provee el contexto ideal para argumentar al respecto. La citada obra detalla las actuaciones del general Rafael Leonidas Trujillo Molina, alias el “chivo”, un dictador bajo cuya opresión se vio inmersa la República Dominicana entre 1930 y 1961. Como es típico de todo tirano, Trujillo supo rodearse de leales servidores que le demostraron, aún en los momentos más críticos, una fidelidad perruna, defendiéndolo y apoyándolo siempre; incluso si ello implicaba hacerlo desde la irracionalidad, atrincherados en el contrasentido, y sin el más mínimo asomo de honestidad.

En esas telarañas de complicidades y corrupciones tan típicas de los regímenes autoritarios, Rafael Trujillo terminó apoyado por muchos elementos que, con errores, desprestigiaban sus intenciones y parecían dar motivos a sus críticos y razones a sus opositores. Sus corruptas actuaciones eran tan evidentes que – no por razones morales, sino más bien prácticas – el dictador dominicano se vio varias veces tentado a separarlos de su círculo de poder, a fin de evitar el desgaste de su imagen de Padre de la Patria Nueva de la República Dominicana.

No obstante, como gran oportunista que era, Trujillo encontró un provecho sin igual en esas corruptas actuaciones. Descubrió que esos tropiezos resultaban útiles para los propósitos de su dictadura, al tener un efecto insospechado – incluso – por sus opositores: Todo lo malo de su gobierno era atribuido a esos colaboradores y a él, solo lo bueno. En este sentido, Vargas Llosa escribe: “¿Qué mejor servicio que ese? Para que un gobierno dure treinta años, se necesita gente como ésa, que meta las manos en la mierda. Y el cuerpo y la cabeza si hace falta. Que se queme. Que concentre el odio de los enemigos y, a veces, el de los amigos.”

Salvando las distancias que el Trujillismo guarda con otras tiranías latinoamericanas más próximas en tiempo y espacio, lo argumentado por Vargas Llosa bien podría ser una explicación a la interrogante de por qué muchas de las llamadas revoluciones latinoamericanas actuales han fracasado en la otrora tan promocionada tarea de acabar con la corrupción: Porque confundieron sus prioridades, extraviaron sus promesas primeras, y terminaron montando la moral en carretilla para maniobrarla a voluntad, según convenga a la imagen de su caudillo. Así, estas revoluciones terminaron pareciéndose a las malas caricaturas, a las novelas que agotaron malamente sus guiones y que se dedicaron a improvisar al apuro, con excesivos errores y desaciertos, minúsculas soluciones para el gran problema de la corrupción. Son proyectos políticos en donde, a fin de mantener la inmaculada imagen de su caudillo, la corrupción de otros no se combate como se debería, porque se volvió una ayuda, se convirtió en beneficio, en algo que conviene…

Sin embargo, hay quienes coincidimos en la idea de que la corrupción, de cualquier tipo y en cualquier nivel o contexto, es algo reprochable. Somos los mismos que creemos que dicha afirmación no admite dudas, ni excepciones; es decir, que sean cuales fueren las motivaciones – y sin importar quién, cómo, cuándo o dónde se ejecute – el cometimiento de un acto de corrupción es algo condenable. Y punto.