Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Boston

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

Me encanta correr. En mi adolescencia daba vueltas al colegio con un entusiasmo distinto al resto de compañeros, conectado conmigo mismo, como en trance o en una meditación. Ni sentía cuando llovía. En Guayaquil los aguaceros eran propicios para trotar sin que el calor matara. La lluvia me acogía, balsámica, y me impulsaba a seguir el trayecto entre mi casa y el aeropuerto. Siempre recuerdo esa sensación refrescante antes del inicio de cada maratón, como si un Gatorade lleno de nostalgia hidratara mi imaginación.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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Me encanta correr. En mi adolescencia daba vueltas al colegio con un entusiasmo distinto al resto de compañeros, conectado conmigo mismo, como en trance o en una meditación. Ni sentía cuando llovía. En Guayaquil los aguaceros eran propicios para trotar sin que el calor matara. La lluvia me acogía, balsámica, y me impulsaba a seguir el trayecto entre mi casa y el aeropuerto. Siempre recuerdo esa sensación refrescante antes del inicio de cada maratón, como si un Gatorade lleno de nostalgia hidratara mi imaginación.

Esa sensación la repetí el 7 de abril, cuando corrí por segunda vez el maratón de Santiago. Fue enfrentarme otra vez con ese monstruo de 42 kilómetros que quería triturarme las piernas y el corazón. Para enfrentarlo hay que llenarse de una paciencia y determinación al límite. Y para vencerlo, el amor y el apoyo de la familia son la mejor arma. Mi esposa y mi hijo me siguieron en bicicleta desde el kilómetro 12 al 15, y luego me esperaron en la línea de meta, con unas ganas y un entusiasmo cuyo efecto supera al mejor de los revitalizantes.

Los maratonistas recibimos esas dosis de amor y ternura durante la prueba. Si bien la carrera rememora el camino recorrido por el portavoz del triunfo griego en la batalla de Maratón, la muerte del mensajero simboliza las pérdidas que enfrentamos los corredores cada vez que nos entrenamos y participamos en la prueba. Es quitarle tiempo a la familia, es terminar exhausto un entrenamiento y pensar que nada tiene sentido, es reflexionar sobre el envejecimiento y lo inevitable. Pero cuando miles de personas avivan y muestran un afecto sincero, y prestan apoyo en cada lugar de abastecimiento, los maratonistas sabemos que somos parte de una fiesta que celebra la vida. Una vida en plenitud que es capaz de enfrentarse a los miedos más profundos, a sobreponerse a las negaciones y a tener sentido cuando la carrera se convierte no en un proyecto individual sino en uno grupal vinculado con el afecto de la familia y los amigos.

Lo que ocurrió el lunes en Boston es la negación más aberrante del sentido de un maratón. Las explosiones en la línea de meta no solo quisieron generar terror en un país traumatizado por la experiencia de 2001, sino que atentaron contra todo el empeño y los anhelos que desarrollan los maratonistas y sus familias. Una prueba que es una celebración comunitaria de la vida, llena de muestras espontáneas de afecto y de altruismo, tras el atentado se verá afectada por el manto de la sospecha, el recelo y el temor, no solo en los EEUU sino a nivel mundial.

Cuando al monstruo de 42 kilómetros se suma ese otro que está invisible y al acecho, tratando de manifestarse desde el terror y la muerte, los maratonistas nos entristecemos profundamente. El niño de 8 años que murió en la línea de meta y su madre gravemente herida, bien pudieron ser mi hijo y mi esposa. Y en ese momento siento que el otro monstruo produce un escalofrío que ningún maratón fue capaz de generar.

* El texto de Juan Jacobo Velasco ha sido publicado originalmente en el diario HOY.