Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Tres castigos por hablar

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

Tres castigos son mejor que uno. Es tan sorprendente la nueva justicia, que ni a los criminales que pulverizan a sus víctimas con disparos, se les obliga a pedir perdón, a nadie. Este caso es distinto. Se ofendió a Rafael, al presidente de la República, a la memoria de los caídos en el 30S, que por otro lado y pasados casi tres años, esta misma justicia no establece quien los mató.

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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Lucy Blacio se lució. La jueza que integra la Corte Nacional de Justicia ha sentado jurisprudencia que revolucionará la forma de hacer política en el país. De ahora en adelante, la fiscalización que nazca en la Asamblea, deberá tomar muy en cuenta su fallo, que condena a un legislador de oposición a la cárcel, a pagar plata y a pedir perdón al querellante. Por hablar demasiado.

Tres castigos son mejor que uno. Es tan sorprendente la nueva justicia, que ni a los criminales que pulverizan a sus víctimas con disparos, se les obliga a pedir perdón, a nadie. Este caso es distinto. Se ofendió a Rafael, al presidente de la República, a la memoria de los caídos en el 30S, que por otro lado y pasados casi tres años, esta misma justicia no establece quien los mató.

Era tan grave el delito de Cléver Jiménez, que se pasó por alto el pequeño detalle de que los legisladores tienen el privilegio de la inmunidad parlamentaria. Y que solo ellos, por voto de la mayoría, pueden levantar esa inmunidad para que el señalado pueda ser llevado ante los tribunales. En los viejos tiempos, así se hacía. Y casi siempre, se protegía al compañero, básicamente pensando en el famoso refrán de “hoy por ti, mañana por mí”. El mismo lema que aplican, por citar otro ejemplo, los presidentes de la Unasur. Espíritu de cuerpo, lo llaman.

Ahora esto es historia en Ecuador, innecesario, una pérdida de tiempo. Por eso la señora jueza, otrora combativa y destacada fiscal de El Oro, no pidió ninguna autorización a nadie y comenzó el juicio. Simplemente estableció que las acusaciones hechas por Jiménez no eran inherentes a sus funciones de asambleísta. Que lo hizo en su condición de ciudadano y que, como tal, debía responder.

Es cierto que, amparados bajo su inmunidad, muchísimos legisladores hablaban zarandajas, buscando fortalecer su figura y prolongar su presencia. Pero también es cierto que unos cuantos, con un trabajo certero y minucioso, apuntaban al blanco y revelaban asuntos bastante oscuros, que por hacerse públicos, tenían la inmediata reacción política, poniendo fin al entuerto y por los techos a sus responsables.

Así funcionaba el sistema. Con los nuevos cambios, la tarea fiscalizadora pasará a mejor vida, sobre todo en una Asamblea -la que se instala en mayo- que tiene 100 oficialistas y una minoría opositora con integrantes que no están lo suficientemente fogueados para encarar estas circunstancias.

Cléver Jiménez podría estar equivocado. O tal vez no. El punto es que con una justicia incondicional a la línea oficial, este y otros temas nunca podrán llegar a la verdad. Se quedarán siempre a medio camino. Las preguntas sin respuestas se irán acumulando en las espaldas de estos jueces que prefieren no ahondar demasiado y conceder la razón a quien el pueblo, en su gran mayoría, dice que la tiene. Mientras que la minoría está condenada a un silencio permanente, en calidad de testigos mudos de un gobierno que comete muchos errores, pero que no acepta que nadie se los haga notar.

* El texto de Marlon Puertas ha sido publicado originalmente en el diario HOY.