Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Gotas sucias

Betty Escobar
Nueva York, Estados Unidos

¡Indignada, frustrada, decepcionada y avergonzada! Así me siento cada vez que constato cómo en Ecuador se van perdiendo los valores más básicos y como resultado el mal comportamiento de algunos nos perjudica a todos. Nadie vive aislado. Todos somos parte de un grupo que convive o, por lo menos, debería convivir respetando a los demás.

Bettty Escobar

Betty Escobar
Nueva York, Estados Unidos


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¡Indignada, frustrada, decepcionada y avergonzada! Así me siento cada vez que constato cómo en Ecuador se van perdiendo los valores más básicos y como resultado el mal comportamiento de algunos nos perjudica a todos. Nadie vive aislado. Todos somos parte de un grupo que convive o, por lo menos, debería convivir respetando a los demás.

En estas últimas semanas he visto cómo los derechos e intereses de algunos –de pronto– son “más importantes” que los derechos e intereses de los demás. ¿Por qué nos hemos vuelto tan arbitrarios? ¿Tal vez la necesidad, la presión social o simplemente “el placer” de querer estar por encima de los otros?

El psicólogo clínico y profesor de la Universidad George Mason, Leon Pomeroy, piensa que la forma en que uno valora a otro ser humano está relacionada con la autoestima e imagen que tengamos de nosotros mismos. Es decir, que la forma en que nos percibimos es como seguramente vemos a los demás, si no estamos satisfechos con lo que somos no valoraremos a los demás de la forma más justa, ni la más positiva.

Albert Ellis, psicólogo y creador de la Terapia Racional Emotiva, va aún más allá que Pomeroy y asegura que más importante que la autoestima es aprender a aceptarse uno mismo y para eso se necesita “práctica, práctica y práctica”. Se refiere a vivir bajo la creencia de “yo valgo la pena porque existo, porque soy yo y porque estoy vivo”. Él está convencido de que el valor de una persona no se define por los éxitos o logros que se tengan en la vida. Nada de eso determina a una persona como buena o mala. Partiendo de esa idea, Ellis cree que no existen personas malas, sino malos comportamientos o conductas maliciosas.

Luego de leer eso me quedé asustada y esperanzada. Asustada, porque si no hay personas malas, quiere decir que todos pueden discernir entre el bien y el mal y –conscientemente– eligen irse por el mal. Y esperanzada, porque si no existe gente mala, entonces hay la posibilidad de que estas personas recapaciten y dejen de cometer malos actos. Pero creo que eso es un trabajo de todos.

Se predica con el ejemplo y el cambio empieza por uno mismo. Un cambio de mentalidad. Si yo no invado la privacidad de mi prójimo, si no lo ataco, no lo insulto, no lo amenazo, ni trato de pasar por encima de él para lograr mis objetivos o imponer mis ideas, estaré cumpliendo con mi responsabilidad en la sociedad. Y aunque no lo crean, los demás se dan cuenta de cómo actuamos y si ven que actuamos bien, puede ser que ellos también lo hagan o sientan remordimiento por sus acciones y reflexionen. Ya basta de dejarnos llenar el cerebro y el corazón con tanto odio. Debemos ur-gen-te-men-te trabajar en eso y recobrar valores como la honestidad, la justicia, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, la generosidad, la responsabilidad, la confianza, la lealtad, la gratitud y la humildad.

No todo está perdido, sé que hay muchos que aún conservan sus valores viviendo en armonía con el resto de la sociedad, respetando los derechos y libertades de los demás. Es como dijo Gandhi: “No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano; no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias”.