Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Memoria de mis vallas putas

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

El título de este artículo, como habrán notado, alude a la última novela de Gabriel García Márquez.

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador


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El título de este artículo, como habrán notado, alude a la última novela de Gabriel García Márquez. Libro maltratado por la crítica, y sobretodo, combatido por los defensores de la decencia y las buenas costumbres. El argumento es muy simple: el desolador encuentro entre un hombre de noventa años y una adolescente que para ayudar a su familia vende su virginidad.

Quizá, el hecho de evocar esa novela, me hace intentar rastrear la palabra ‘puta’ en otros textos, en otros instantes. Entonces recuerdo que estos días Gabriela Ponce presenta en la Casa Moujou su obra de teatro ‘Esas putas asesinas’, inspirada en el cuento (y en el libro de cuentos) de Roberto Bolaño que precisamente se llama ‘Putas asesinas’.

Pienso también en ‘La puta de Babilonia’, el ensayo histórico y académico que el controversial escritor colombiano Fernando Vallejo escribió a modo de denuncia delirante de las atrocidades cometidas por la Iglesia Católica a lo largo de la historia. En ese libro de escritura descarnada, a la religión fundamental del monoteísmo cristiano, Vallejo se refiere sin ninguna piedad como “La Puta”.

La palabra ‘puta’, sin embargo, va más allá de un elemento literal en el vocabulario. Ese polémico adjetivo calificativo me ancla en imágenes. Pienso, por ejemplo, en el maravilloso cuadro de Picasso ‘Las señoritas de Avignon’ que hace años vi en el MoMA de Nueva York y que me estremeció por su capacidad de conjugar, en una misma impostura, el sublime horror de lo infausto con la monstruosa e indecente belleza del cuerpo humano.

La obra de Picasso, inevitablemente, me hace volver a la Barcelona de ‘Todo sobre mi madre’, la desgarradora película de Pedro Almodóvar que se ambienta en el mundano submundo de la prostitución en esa España desenfrenada de finales del siglo pasado, donde el Raval, el Barrio Gótico y la Barceloneta, no eran sino la máxima expresión de la decadencia y la soledad.

Hace pocos días la concejala Carla Cevallos retiró las vallas publicitarias de su campaña en contra del femicidio y la violencia a la mujer, en los cuales se leía la frase: “Si puta es ser libre y dueña de mi cuerpo soy puta… y qué?”. Por más que ella lo niegue –y se contradiga al hacerlo– pienso que la razón para desbaratar esa publicidad tiene que ver con la presión que ejercieron los radicales activistas católicos y los sectores conservadores quiteños.

Indignados como si nunca hubieran empleado la palabra ‘puta’, los pitonisas de la decencia pusieron el grito en el cielo ante la más insólita de las aberraciones: que el adjetivo que califica a la persona que ejerce la prostitución aparezca en el espacio público como si fuera palabra de uso común, a vista y paciencia de los niños.

Así, con gritos en el cielo, es como la sociedad pacata de esta aldea reaccionó a lo que consideraron el exabrupto de una concejala. Eso me ha llevado a pensar, inevitablemente, que las resonancias del realismo mágico perviven todavía en nuestro entorno: una ciudad pierde la cabeza por una ‘mala’ palabra.

Esa misma hipocresía ultramoralista que García Márquez describe en muchas de sus novelas resiste al paso del tiempo, en la ciudad que habitamos. Recuerdo incluso que un grupo de señoras, muy parecidas a las que se quejaron por las vallas de Carla Cevallos, juzgó a la última novela del creador de Macondo como un llamado a la pederastia y a la prostitución infantil, cuando el mundo de la ficción nunca hace llamados de tipo propagandístico sino que describe una propuesta estética.

Es decir, este artículo es contra los que no entienden las dimensiones que la capacidad expresiva del lenguaje concibe. Así como García Márquez no era un proxeneta sino un creador de ficción, es claro que esta franciscana ciudad de Quito ha demostrado, de forma estrepitosa, una incapacidad mental atosigante para comprender que la palabra ‘puta’ tiene otros significados, más allá de aquel que señala el diccionario.

Por ejemplo, la palabra ‘puta’, en esta mojigata ciudad tan decente y de buenas costumbres, sirve para calificar a las chicas que salen a fiestas, que se embriagan, que se visten como les da la gana, que se besan, que vacilan, que aman libremente, que tienen sexo libre, que hacen tríos, que no les importa lo que otros piensen de ellas o que, incluso cuando les importa, hacen todo eso. Y muchos de los que se espantaron con las vallas de Carla Cevallos son quienes se han creído en el derecho de juzgar, con esa palabra escandalosa, el comportamiento de las mujeres.

El tema, sin embargo, va mucho más allá: la utilización –redefinición, replanteamiento, repensamiento– de la palabra ‘puta’, como elemento reivindicatorio de la mujer, implica apropiarse de un término usado con desprecio para juzgar a las mujeres desde el patriarcado conservador. Esto tiene historia: hubo un desafortunado funcionario canadiense, algo corto de cerebro, que respecto de un feminicidio dijo que la culpa era de la chica por vestirse como puta. Entonces surgió, en varias ciudades del mundo, incluso el Quito pecador, la ‘Marcha de las putas’ bajo la consigna solidaria de: ‘Todas somos putas’. Y putos.

Es interesante pensar en las peroratas del buen Fernando Vallejo –tipo que no respeta– en los términos de esta discusión. ¿Cuándo fue la última vez que la Iglesia Católica rechazó enérgicamente, se indignó y puso el gritó en el cielo por los casos de violencia contra la mujer en Quito? ¿Cuándo fue la última vez que Amparo Medina y las aburridas señoras de Pro Vida defendieron con plata y persona a mujeres violadas para que consigan justicia? ¿Cuándo fue la última vez que el Observatorio Católico hizo una campaña de concientización sobre el respeto a las mujeres, para que vivan libres de violencia? ¿Cuántas veces y en dónde las señoras y señores de bien han expresado que una mujer no puede ser violada por la forma en que se viste?

No se equivocó Simón Bolívar cuando calificó a Bogotá como una universidad, a Caracas como un cuartel y a Quito como un convento. Este pueblo grande, que es Quito, es incapaz de comprender que una palabra es un concepto que se puede dotar de contenido. Para los señores y las señoras ofendidas con las vallas de Carla Cevallos, inmersos en su doctrina curuchupa de boca para afuera, la palabra ‘puta’ describe únicamente a quién ejerce la profesión más antigua del mundo. Esa, pienso, es una forma muy elemental y poco inteligente de habitar las amplias regiones del lenguaje.

En ‘Las señoritas de Avignon’ Picasso, además de presentar un estilo pictórico fascinante, restituye en el campo del arte la subjetividad de las prostitutas barcelonesas. El pintor no se compadece de ellas, simplemente las describe en su belleza y en su decadencia, en su realidad. No las juzga. Las presenta al mundo, como mujeres, como seres humanos. Es el proceso transformador del arte creando realidades. Dotando a esos cuerpos femeninos de voz.

Un proceso muy similar a aquel que sucede en Picasso, es el que intenta redefinir el significado de la palabra puta: queremos dotar de contenido un concepto y transformarlo colectivamente.

Coincido con Luciana Musello: “La polémica generada alrededor de la campaña es un ejemplo clarísimo de lo que Jaques Lemarchand calificaría como la cantidad de gente a la que le estorba su propia inteligencia (hecho del que siempre se aprovecha la publicidad). La campaña es intencionalmente provocadora. (…) Como mujer y publicista digo: felicitaciones a la agencia publicitaria que conoce a su público objetivo, y a las personas que aprobaron una campaña con “palabrotas” en una ciudad en la que ser decente es hablar suavecito”.

La campaña, si bien no cumplió el objetivo de combatir el feminicidio, desnudó las repugnantes estructuras machistas de este Quito que se escandaliza por el uso de la palabra ‘puta’, y no por las muertes violentas de las mujeres y el maltrato físico, psicológico y sexual. Que bueno que a Carla Cevallos se le ocurrió poner esas vallas publicitarias: gracias a ellas hemos podido identificar a quienes, con su hipocresía, han hecho de la capital ecuatoriana la más sórdida evocación del hipócrita oscurantismo inquisidor de la Edad Media.