Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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La Unidad Democrática

Mauricio Maldonado Muñoz
París, Francia

La reunión, convocada por Pachakutik, del día miércoles 15 de abril de 2015, en la que también estuvo presente el colectivo Compromiso Ecuador, es uno de los encuentros más importantes de la política ecuatoriana reciente.

Mauricio Maldonado Muñoz
París, Francia


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La reunión, convocada por Pachakutik, del día miércoles 15 de abril de 2015, en la que también estuvo presente el colectivo Compromiso Ecuador, es uno de los encuentros más importantes de la política ecuatoriana reciente. El objetivo de la reunión, según se ha dicho, consistió en discutir sobre posibles acciones conjuntas en contra de la reelección indefinida. Ciertamente esta es una noticia alentadora para muchos ecuatorianos, y no podría ser de otra manera. Que movimientos de tendencias antitéticas se puedan sentar a dialogar sobre un tema que debería convocar a todos los demócratas constituye un paso adelante en la defensa de las “reglas del juego democrático”.

Sería la ruina de un país si los diferentes actores políticos no pudiesen encontrar, dado el caso, al menos una causa conjunta común. Si las cosas fuesen de otro manera, esto querría decir, sin más, que no hay posibilidad alguna para concertar con base en ideas compartidas; o, lo que es lo mismo, que nos encontramos, en todos los casos, con movimientos que nos presentan fórmulas políticas tan disímiles que sería imposible encontrarles convergencias sobre temas tan neurálgicos como el desarrollo, las políticas económicas, etc. Que esto se diera efectivamente —me parece que se puede decir— sería muy peligroso por la falta total de lo que se ha llamado desde siempre “un proyecto de país”.

Sin embargo, por suerte, lo perentorio ahora no es esto, sino algo sustancialmente más sencillo: los diversos movimientos no deben encontrar (por lo pronto) puntos en común en sus diferentes proyectos políticos, deben solamente darse a la tarea de defender la posibilidad de poder continuar en la lid política en condiciones que permitan la alternabilidad, el recambio y algo más de equilibrio en el poder. Objetivos que, en una democracia, deberían considerarse justificadamente importantes.

Si los diferentes movimientos no se dan cuenta de que lo que ahora se negocia no es una especie de acuerdo sustancial (en el que empeñan sus ideas o ideologías), sino solamente formal (en el que discuten el mantenimiento de ciertas reglas mínimas), caerán en un grave error político que, a la larga, pagaremos todos. No es necesario en este momento, aunque quizás en el futuro sería deseable, que se discutan políticas concretas o proyectos posibles; basta, por ahora, que estén de acuerdo en que, en otras condiciones, será muy difícil que puedan tener la posibilidad de plantearlos como alternativas. Basta, en otras palabras, que se den cuenta que lo que ahora les une (o les podría unir) no es el futuro del “juego democrático”, sino la posibilidad misma de que lo sigamos “jugando” en condiciones que se puedan llamar todavía democráticas.

Necesitamos diferenciar el mero voto y la mera regla de mayoría de lo que una democracia que merezca llamarse tal debe ser. Quienes defienden una concepción diversa, en donde el “voto” y “regla de mayoría” son los mecanismos “típicamente democráticos”, olvidan que aunque en todas las democracias esos elementos están presentes, también lo están (o lo han estado) en sistemas antidemocráticos; es decir, en sistemas autocráticos. Lo importante en una democracia no es el mero voto y la mera mayoría, lo importante es que ese voto y esa mayoría puedan tener la posibilidad real de influir en los resultados de esos procesos y, por ende, de cambiar, si es el caso, el rumbo de ciertas políticas. En una democracia, lo decisivo es que esas instituciones (voto y regla de mayoría) puedan dar paso (o permitan) la alternabilidad (que una eventual minoría pueda convertirse en mayoría).

En cambio, si instituimos una “reelección indefinida” estaremos aceptando, por muy improbable que esto sea (o eso espero), que una misma persona, quienquiera que sea, sin límite alguno no natural en el tiempo, pueda ejercer el cargo de Presidente de la República. No debe olvidarse, por supuesto, que nuestro sistema es presidencialista. ¿Estamos dispuestos a favorecer una institución de este tipo en estas condiciones? Que quede claro, no estamos discutiendo (solamente) la buena o mala labor de un gobierno, estamos discutiendo el tipo de sistema que queremos que nos rija.