Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Vidas africanas

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador

El desbordamiento del río Congo en el sur de Quito, en el sector del Beaterio a causa de la lluvia este viernes recupera para nuestra conciencia adormecida  por el nacionalismo la presencia del Africa en el Ecuador.

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


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El desbordamiento del río Congo en el sur de Quito, en el sector del Beaterio a causa de la lluvia este viernes recupera para nuestra conciencia adormecida  por el nacionalismo la presencia del Africa en el Ecuador. La migración humana desde el Africa inicia, en el caso de homínidos arcaicos hace más de un millón de años y de homo sapiens propiamente, hace 125 mil años. Toda la especie humana emprende una marcha aún en proceso hasta los confines del planeta, desde su cuna de entonces hasta el presente. Tendemos a olvidar sin embargo nuestra condición migratoria y a olvidar también nuestro lugar de origen y patria espiritual: Africa.

El vínculo con el Congo es extenso y fascinante, desde geográfico, ambos ocupamos lugar en la fina línea terrestre que divide al planeta en hemisferios, en el Congo hay incluso una provincia que lleva el nombre Equateur, pasando por la migración forzosa que trajo esclavos a nuestro territorio en el siglo XVIII. Congo es un apellido que se extiende en el valle del Chota, donde la orden de los jesuitas trajo esclavos para trabajar sus propiedades agrícolas de caña de azúcar. El historiador panafricanista Jean Kapendá que en su fabuloso diccionario Español-Lingala hace un recuento de las etnias africanas trasplantadas al Ecuador; afirma que los hombres y mujeres afro ecuatorianos que llevan el apellido sin duda provienen de esa parte del continente africano.

El vínculo que compartimos es histórico en otros sentidos, ambos compartimos la memoria del colonialismo, en el caso de la República democrática del Congo, su legado es particularmente lesivo. El llamado Reino Libre del Congo aparece en la historia occidental hacia fines del siglo XIX como el feudo privado del rey de Bélgica Leopoldo II, su régimen y la explotación brutal de los recursos naturales del territorio, fundamentalmente caucho y marfil son ya asunto de leyenda. Algunos cálculos señalan la pérdida de 10 millones de vidas africanas a manos de los administradores coloniales. La mutilación y los asesinatos masivos eran asunto cotidiano, se dice incluso que las manos cortadas, castigo convencional de los tiempos, llegaron a ser tan comunes que hasta se llegan a utilizar como moneda. La emancipación en los años 50 a manos de Patrice Lumumba, el hombre que Malcolm X llamó “El hombre negro más grande en caminar por el continente africano”,  fue un hito para los movimientos de independencia en el mundo entero. Durante el acto protocolario de independencia al que asiste el rey de Bélgica y en el que pronuncia un discurso paternalista en que representa el pasado colonial de forma benévola, Lumumba, para entonces primer ministro, improvisa un discurso—su intervención no había sido planificada—en que dice lo siguiente:

“Porque esta independencia del Congo, que hoy en día se celebra junto con Bélgica, un país amigo a  quien tratamos como iguales, ocurre en una circunstancia en que ningún congolés digno de ese nombre podrá olvidar jamás,  que fue gracias a nuestra lucha que ganamos la independencia, una lucha diaria, una lucha ardiente e idealista, una lucha en que no se nos exoneró ni de privaciones ni de sufrimiento y por la que entregamos nuestra fuerza y nuestra sangre. Estamos orgullosos de esa lucha, de las lágrimas, del fuego y de la sangre, hasta la profundidad de nuestro ser porque fue una lucha noble y justa e indispensable para poner fin a la humillante esclavitud que se nos impuso por la fuerza”.

El asesinato de Lumumba es una de las tragedias del siglo XX, en ella participan la CIA, Bélgica y las propias facciones congolenses, lideradas por Mobutu (que cambia el nombre del territorio a Zaire), que se establecería como dictador supremo durante 32 años.

Nuestro vínculo con el Congo también cuenta con la presencia extraordinaria del libro que hizo zarpar la percepción de occidente sobre el Congo, El corazón de las tinieblas del polaco Joseph Conrad, una de las novelas más importantes—y en Africa más polémicas—del siglo XX. Se trata de un pequeño texto, publicado originalmente en la forma de entregas en una revista en 1899, que narra el viaje de un joven representante de una compañía comercial, enviado al Congo belga a buscar a un representante de su firma llamado Kurtz. La novela, un texto que ocupa nuevo territorio en términos de técnica narrativa y de innovación formal, explora la realidad del colonialismo no solo en el impacto grotesco en la vida de incontables personas sino también en el alma y la experiencia vivida tanto de colonizadores como de colonizados. Es difícil describir la manera en que este corto texto afecta a sus lectoras, afecta, como una fuerza arrolladora, a la percepción y transporta a quienes entran en contacto con el mismo a un lugar yermo e inolvidable, rico en caos y poder flotante.

El impacto del libro de Conrad se siente por doquier en el panorama contemporáneo, tal vez sea la alegoría más exacta de la experiencia del colonialismo jamás escrita, su atracción lleva a Hanna Arendt a escribir Los orígenes del totalitarismo (1951), a Francis Ford Coppola a filmar Apocalypse Now (1979), trasladando el conflicto a Vietnam, a Werner Herzog, ya más cerca de nuestra zona cultural de influencia, a filmar Aguirre, la ira de Dios (1972) sobre la “conquista” de la amazonía y a José Eustacio Rivera a escribir su única novela La Vorágine (1924), un texto en que, al igual que en el Congo belga se describe la brutalidad de la explotación de caucho y la historia de barbarie, no documentada en nuestra historia oficial, de su imperio.

También el narrador gráfico belga Hergé se involucra en representar el Congo, en Tintin en el Congo este autor nos entrega una caricaturista racista de la “benevolencia” del colonialismo de su país. Años más tarde, Hergé describirá ese relato como “un pecado de juventud”; en una entrevista a 1999 al periódico británico The Guardian dijo “Lo único que sabía de ese país era lo que la gente de la época decía, admito que mis libros tempranos eran típicos de la mentalidad belga de entonces.”

La novela de Conrad también ha desatado una polémica en el ámbito de los estudios literarios: el novelista Chinua Achebe, autor de la novela africana más difundida en el mundo, Todo se desmorona (1958), un brillante recuento de los efectos del colonialismo en lo que hoy es Nigeria niega la condición artística de El corazón de las tinieblas de Conrad al aducir que reduce a los africanos a condiciones infrahumanas, negándoles incluso la capacidad de expresión lingüística. El debate continúa hasta el presente en novelas conectadas umbilicalmente al texto de Conrad: Un recodo en el río (1979) del premio nobel de Trinidad y Tobago V.S Naipul, El catastrofista de Ronan Bennett( 1998 ), situado en los años álgidos de transición al poder en que tuvo lugar el asesinato de Lumumba, The Poisonwood Bible(1998), de Barbara Kingsolver, una extraordinaria novela que cuenta la historia de Conrad “al revés”, el impacto nefasto de grupos evangélicos sobre la población nativa.

Todo esto regresa al desbordamiento del río Congo en Quito, que arrastró un taxi y lo arrastró hacia su lecho. “Taxi” viene del latín “impuesto, cobro” y ciertamente hay una deuda impaga con el Africa en nuestra región. La cobertura mediática internacional sitúa al continente aún, como en la reducción de las viejas interpretaciones, como un lugar de violencia, de caos, de barbarie. La masacre reciente en Kenya de más de doscientos estudiantes universitarios, el holocausto de 2 mil por parte de Boko Hara en Nigeria a principios del año, los casos de Ebola en Liberia, Guinea y Sierra Leone son todas las noticias que emanan del continente. Y no es que no haya violencia en la zona, las guerras sangrientas en Rwanda y en el mismo Congo han dejado un saldo de miles de muertes, pero Africa es más grande territorialmente que Europa, China, India, EEUU y Japón, todos juntos. El número total de conflictos no marca una tendencia hacia la violencia mayor que la que tiene lugar en cualquier otra parte del mundo; y sin embargo, esa es la percepción. O mejor, la cobertura de prensa ante el Africa ocurre solo cuando se involucra a sujetos occidentales. Cuando tuvo lugar la masacre de Boko Haram, la muerte brutal de 2 mil civiles, la muerte de 17 ciudadanos parisinos eclipsó la noticia.

Nuestros ancestros salieron del Africa hace 100 mil años, hoy nos corresponde a todos iniciar la larga y dura travesía de retorno, de regresar, la experiencia africana de depredación de sus recursos naturales, de violencia y de lucha por el futuro es la experiencia humana, como ningún otro lugar del mundo, la salvaje intervención de occidente en ese territorio creó una deuda. Esa deuda se distribuye en nuestro territorio en la forma de hombres y mujeres negros, trasplantados a una realidad aparte, que han hecho suya con esfuerzo, dolor e ingenio. El Ecuador nos debe aún esa memoria, nuestro sistema educativo, prótesis de recuerdos defectuosos, hace muy poco por pagar la deuda. El desbordamiento del río Congo en Quito nos recuerda hoy la necesidad de regresar al Africa.