Ecuador. Martes 25 de Julio de 2017
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Los olores de El Aromo

Hernán Pérez Loose
Guayaquil

En días pasados se formuló una seria denuncia sobre el precio que el Estado pagó para adquirir el terreno donde se suponía iba a construirse la llamada Refinería del Pacífico, ubicado en la zona conocida como El Aromo, cerca de Manta.

Resulta que el Gobierno pagó 6,7 millones de dólares por él, a pesar de que el avalúo frisaba los 120 mil dólares. Es decir, de repente el valor del lote creció 50 veces.


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Esta denuncia fue, por así decirlo, opacada por el escándalo Samanes que estaba en su apogeo en esos días. Como se recordará, este último caso involucraba también un sobreprecio de terrenos, el que sería de 41 millones de dólares. Curiosamente, mientras en los Samanes el Gobierno hizo gala de gran severidad y velocidad en defensa de los fondos públicos, al punto que el engranaje estatal optó por hacer justicia con sus manos para recuperar los valores pagados en exceso, en el caso de El Aromo nada de eso ha sucedido.

El hecho de que el proyecto de El Aromo haya arrancado en sociedad con el Gobierno de Venezuela –calificado por los organismos internacionales como uno de los más corruptos del mundo– no debiera ser motivo para la inacción. El affaire de El Aromo es ciertamente digno del realismo mágico, pues se habría pagado un sobreprecio de millones de dólares para construir una obra pública inexistente. Si esto ha sucedido con la compra del terreno, ¿qué habrá sucedido con el relleno de ese terreno donde se gastaron más de mil millones de dólares?

Pero por muy chocante que parezcan los sobreprecios de Samanes y El Aromo –y sobre todo el diferente tratamiento que han recibido–, ellos no son sino dos gotitas de agua en esa gigantesca piscina que son los 200 mil millones y más de dólares que recibió el Gobierno gracias a los altos precios del petróleo; la más grande riqueza que nunca gobierno alguno del Ecuador haya recibido.

En esa gigantesca alberca han nadado los contratos petroleros, las carreteras, los préstamos externos, los seguros, la propaganda oficial, las hidroeléctricas, y mucho, muchísimo más. Si en apenas la compra de unos terrenos rurales el sobreprecio habría sido de cincuenta veces, ¿qué nos asegura que las hidroeléctricas, para poner un ejemplo, no fueron construidas con sobreprecios similares? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que no hubo una licitación pública que habría permitido comparar las ofertas, incluyendo costos, plazo, calidad, márgenes de reajuste, etc., parte de las empresas de mayor prestigio mundial. Nada de eso hubo, en esas obras y en muchas más.

También sabemos que todo esto ha sucedido en un país donde no hay independencia de los poderes públicos, algo de lo que se han llegado a jactar las más altas autoridades estatales, donde se persigue y acosa a los periodistas y medios independientes.

Esto explica la ansiedad por asegurarse de que los fétidos olores como los que salen de El Aromo sean perfumados con los desodorantes de un sucesor sumiso. (O)

  • Publicado originalmente en El Universo.