Ecuador. Viernes 1 de julio de 2016
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Las mataron por mochileras

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Las turistas argentinas María José Coni y Marina Menegazzo murieron por mochileras.

Así de claro. Por lo menos eso es lo que piensa la subsecretaria Cristina Rivadeneira, funcionaria del Ministerio de Turismo de ese paraíso tropical al que Rafael Correa pretende presentar como potencia turística.

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All you need is Ecuador, exclama la propaganda correísta. Seguramente, esa frase plagiada a los Beatles, le ha emocionado en más de una ocasión a Cristina Rivadeneira, que además de funcionaria pública es madre de familia y ha dejado muy claro que sus retoños no rodarán por el mundo, peor aún por Montañita, sino sólo sobre su cadáver.

“Yo lo que digo, yo soy mamá, a estas chicas seguro que les iba a pasar eso en cualquier lado porque de ahí se iban a ir jalando dedo hasta Argentina (…) les iba a pasar algo tarde o temprano. Pero bueno, desafortunadamente fue ahí”, piensa la funcionaria. Así lo ha dicho en la Feria Internacional de Turismo de Berlín. Y no se ha sonrojado al hacerlo.

Tan segura está Cristina Rivadeneira de que a las argentinas les iba a pasar alguna desgracia, que siento miedo. ¿Y cómo no? Si una alta funcionara de Turismo en Ecuador está tan convencida de que el fin irremediable de dos mochileras es la muerte, debemos hacernos algunas preguntas. Después de todo Rivadeneira debe tener información precisa, estadísticas actualizadas. ¿Es el Ecuador un destino turístico seguro para mujeres? ¿Es tan machista, violento y peligroso nuestro país que un par de mochileras, en cualquier caso, terminarían muertas y violadas? ¿Es tan débil y deficiente el gobierno de la revolución ciudadana que no ha podido combatir los peligros para las mujeres viajeras? ¿Y así queremos ser potencia turística? ¿Turismo solo para hombres?

No entiendo. Alguien aquí está deschavetado: ¿Cristina Rivadeneira? ¿Las mochileras argentinas? ¿El presidente Correa, que repite y repite All you need is Ecuador? Alguien está mal. ¿Quién es? Alguien habla pensando con el estómago. Alguien está confundido y confunde. Alguien es profundamente machista, devota de los estereotipos y prejuicios. Alguien es descaradamente cruel.

Creo que esa persona es usted, Cristina Rivadeneira, y permítame cambiarme a la segunda persona del singular para expresarle mis observaciones sobre la declaración que ha dado hoy desde Berlín. Intentaré hacerlo sin adjetivos, pues ya sus palabras son suficientemente duras.

Le habla, doña Cristina, un mochilero. Hombre, sí. Y seguro que para gente como usted mi sexo es importante, ya que quizá, en su opinión, a los hombres no nos suceden desgracias cuando jalamos dedo en las carreteras. O quien sabe, después de todo la revolución ciudadana cree en la equidad de género. Por eso hay tres mujeres al frente de la Asamblea Nacional, tres mujeres que no jalan dedo ni son mochileras. Tres mujeres correctas. Tres mujeres que obedecen, que no se van de viaje “solas”, que no van a Montañita para drogarse y jugar vóley en tanga, como dijo hace poco una fanática correísta.

Le cuento, doña Cristina, que yo hice el mismo viaje que María José Coni y Marina Menegazzo, pero en dirección contraria. Tomé un bus hasta Huaquillas y crucé la frontera. Entré al Perú. Me deslumbré con Máncora. Desayuné en Trujillo. Tomé un largo bus a Lima y luego de tomarme una foto en la Plaza de Armas me fui al Cusco, para ir al Valle Sagrado y a Machu Picchu. Navegué en las islas flotantes del Titicaca. Estuve en Arica y desde Arica viajé a Santiago, como un detective salvaje. Conocí Isla Negra, la casa de Neruda.

Desde Santiago tomé un bus a mi destino final y más deseado: Buenos Aires. ¿Sabía doña Cristina que allá también hay drogas, sexo y mochileros? Pero, ¿para qué le digo todo esto? Si a la final, soy hombre. Y a los hombres, dirá usted, no nos violan, no nos acosan sexualmente, no nos asesinan a sangre fría. Su problema es con las mochileras, no los mochileros. ¿Sabe para que fui? Por la misma razón que las mochileras cuya memoria usted pisotea vinieron acá: porque creo que los viajes son la única inversión que realmente nos enriquece a los humanos.

Seamos claros, doña Cristina, esta carta que le escribo es porque siento vergüenza. Y se lo digo de frente. Me avergüenza y me indigna que alguien capaz de decir semejantes palabras en una Feria Internacional sea funcionaria del Ministerio de Turismo de mi país. Y que lo diga justo un día después del Día Internacional de la Mujer. Esto es de antología.

Durante mis largos viajes –de mochilero, sí, de mochilero– por Ecuador, América del Sur, Estados Unidos y Europa, he conocido decenas y decenas de mujeres como Marina Menegazzo y María José Coni. Creo que por eso me impresionó tanto el crimen cobarde que las dejo sin vida: pudieron ser cualquiera de las mujeres que he conocido en los viajes. Incluso pude ser yo mismo, aunque usted no lo crea, a veces también nos matan a los hombres.

Créame, y no se lo digo como ofensa, que todas esas mujeres eran más sensatas que usted. Jamás oí en ninguna de ellas palabras como las suyas. Eran personas muy agradables, buenas conversadoras y muy cautelosas de su seguridad. Sí, eran más sensatas. Más valientes. Más interesantes. Mucho más libres. Y es que usted, Cristina, nunca va a comprender ciertas cosas: por ejemplo, que hay mujeres, muy inteligentes, para quienes es posible viajar sin necesidad de maridos, de padres o de algún otro macho. Hay mujeres para quienes es posible conocer el mundo sin la compañía de falos.

Me refiero a personas muy especiales, como seguramente eran María José Coni y Marina Menegazzo. Gente de carretera, de largos y fascinantes recorridos, personas como las que el genio de la literatura beat describe en On the road: “La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”.

No sé para qué le digo estas cosas, que claramente no comparte ni comprende. Pero creo que hay algo cierto en todo lo que se ha dicho: es verdad, viajaban solas. Tan solas como he viajado yo por el paraíso All you need is Ecuador. Tan solo como estuve con mi primo Diego, mientras cruzábamos las autopistas del Cono Sur con rumbo a Buenos Aires, o como estuve con mi amigo Nicolás cuando recorrimos Europa y llegamos a Ámsterdam (sí, la ciudad de las drogas, señora Cristina, exactamente). El ser humano que se busca y que tiene desenfrenado deseo de conocer el mundo siempre está solo, porque no necesita de nadie. ¿Cuánto le apuesto que usted no tiene ni el valor ni la necesidad de realizar un viaje sola? Que nunca lo ha hecho ni lo haría. Que tiene pánico a hacerlo. Hay personas que no viajan solas, porque no se aguantan ni ellas mismas.

Supongo que no lo sabe, Cristina, pero el Che Guevara, a quién su líder supremo tanto admira y enaltece, era mochilero. Sí, viajó solamente con un amigo. Solos los dos, por los amplios territorios de América. Y volviendo a hablar de mujeres, ni le cuento de las guerrilleras legendarias que lucharon, solas, contra las dictaduras del Cono Sur y Centroamérica. O corresponsales de guerra como mi favorita, Martha Gellhorn, que era más valiente que Hemingway y que viajó sola por lugares mucho más peligrosos que Montañita. ¿Sabía usted que Manuela Sánez jaló dedo en las campañas independentistas y que luego se retiró a vivir sola, en una playa como Montañita, que se llama Paita?

Sí, soy hombre, señora Cristina. Y estoy consciente de los peligros de los viajes, que en el caso de las mujeres son mayores, debido al machismo de las sociedades patriarcales a las que gobiernos, como el suyo, alimentan. Pero lo que esperaba de usted, funcionaria del Turismo, es que trabaje para garantizar que esos espacios sean cada vez más seguros para que hombres y mujeres, es decir humanos, los podamos visitar y disfrutar. No me esperaba, sinceramente, que una alta funcionaria de ese ministerio alimente un prejuicio contra los mochileros. Lea a Jack Kerouac, Cristina. Lea a Constantino Cavafis.

Pero no deseo hablar de viajes con usted (el último que ha hecho a Berlín me resulta innombrable), menos aún del sentido sustancial de esos grandes recorridos con mochila a cuestas, tampoco de la condición migratoria y viajera del ser humano desde que apareció por primera vez sobre la Tierra. No hablaré con usted de la libertad de las mujeres para conocer el mundo y construir una existencia autónoma e independiente, a la deriva, como la Nobel de Literatura y periodista Svetlana Alexievich, que no se fue a meter a Montañita sino a Chernóbil.

Con todo esto, Cristina, lo que le quiero decir es que renuncie. Presente su renuncia de forma digna, con la cabeza en alto, para limpiar el fango que sus palabras dejan. Renuncie por la memoria de María José Coni y de Marina Menegazzo, por el dolor de sus familias. Renuncie como homenaje a la valentía y fuerza, desconocida por usted, de las mujeres de este país, que no se sienten reconocidas en su machismo. Y renuncie por el país, que no merece una funcionaria pública capaz de justificar un crimen atroz alegando la conducta mochilera de las víctimas. Hágalo por el turismo. All we need es su renuncia, Cristina Rivadeneira.

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