Ecuador. Domingo 11 de diciembre de 2016
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El misterio del machote

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Cada miércoles que, estando o no en la ciudad, consigo escuchar del alcalde Rodas su versión neoliberal de las ya neoliberales sabatinas correístas, albergo, por menos de un segundo, eso sí, la ligera ilusión de que la ciudad gestionó de manera solvente el crepitar que se había estado acunando para una participación fluida entre las autoridades y los ciudadanos que las eligieron.

Luego viene la decepción y el misterio.

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Rodas, como comunicador bien adiestrado, utiliza palabras seductoras y salpimenta su discurso con eufemismos. Así, a las reuniones con funcionarios que, en carne y hueso o en el plano digital se portan como chacales bien parecidos a huasipungueros, les llama procesos de participación. A las barriadas tugurizadas y convenientemente olvidadas por decenas de años los llama barrios necesitados, barrios donde viven miles de ciudadanos con los mismos derechos que “los demás”. No se atreve a decir que  es su adscripción política la manufacturera de la ocupación de estas personas en la quinta rueda del coche urbano. Éste es un problema, digámoslo nomás sin ambages, de raza y capital social, de apellido y color de piel. El racismo no es una ficción del XIX en Quito. Es un engranaje palpable.

Pero el factor étnico racial no existe para este señor. Su visión empresarial, falsamente optimista, de una ciudad en que conviven sin roces los empleados de los empresarios, los empresarios y los administradores municipales de carrillos rojizos y vendedores de lo que sea al sector privado, es un proyecto retórico más que una realidad. Vaya, no es realidad histórica en ningún lugar. El discurso de Rodas es, sin embargo, tan vacío e inocente que por momento uno se lamenta de no tener rivales políticos de mayor altura.

El misterio emerge al raspar la cuidada imagen de Rodas como alcalde entregado al diálogo, aunque sea un diálogo en lo que lo único que se escucha es la invasión de los tractores. La administración de Rodas, además de ser una gestión de poquísima transparencia, intolerancia y amarre, es una administración machista. Sorprendentemente, insultantemente machista.

Hace unas pocas semanas la vicealcaldesa Daniela Chacón pateó el tablero de los acomodos de poder municipales al convocar a una serie de mesas de trabajo en que la participación ciudadana tenía, o tiene, un papel preponderante. Como si esto fuera poco, manifestó públicamente su rechazo a un contratito que firmó el municipio por, al menos, 131 millones de dólares -se ha demostrado que las cifras podrían perfectamente duplicarse-. Conozco poquísimo a Chacón; ni siquiera sé sus inclinaciones políticas. Lo que sí tengo claro es que sus intervenciones somatizan varios estragos en la ingeniería del proyecto municipal con la que el alcalde llegó fácilmente al poder.

Me sorprende ver la cantidad de rechazo y agresividad que, desde los administradores municipales afines a Rodas, ha generado el posicionamiento de Chacón. Y las pequeñísimas medianas o enormes e interminables acciones de boicoteo a su gestión y a la demanda de documentos, que pasan desde el desprecio hasta el desprestigio.

Quienes le responden a Chacón, así como el Colegio de Arquitectos, el órgano responsable de legitimar la farsa de participación ciudadana, son un ejército de hombres enojosos. Hombres que parecen estar siempre al filo de perder la paciencia, que la pierden en las redes sociales o que de plano se burlan e increpan en ellas. En este batallón de respetables señores heterosexuales hay pequeñas variantes: dese la ingenuidad candorosa del concejal Ponce, hasta el tuteo y la mirada torva del exempresario Alejandro Larrea, al que le tocó la bicoca de ser la cabeza de la empresa gestora de obras públicas. Tan dados están ellos a la defensa de sus supuestos intereses por la ciudad que no solamente han arrasado con el respeto de sus ciudadanos. Una mirada más detenida hace emerger un gobierno hosco, y sí, machista, acostumbrado a hacer de la política un espacio en que el que tiene la razón es el que grita más o el que lleva pantalones.

No creo que sea coincidencia que, entre las formas de la administración de la alcaldía de Rodas y la minúscula participación de mujeres en la toma de decisiones relevantes en el municipio de Quito, haya una preferencia por la política del macho y, claro, su variante andina, que es la del cabeza de Hacienda  al que le ha dado por decir que la participación ciudadana, que la voluntad de las mayorías, que los barrios olvidados de la ciudad.

Fino y astuto es Rodas, el neomachote. Es, por tanto, un misterio que en esto no haya cuidado sus formas que tanto le preocupan. Y que lo delatan, una vez más.

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