Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Paulino Toral, Ricardo Patiño y el miedo a las ideas

Por Héctor Yépez Martínez
Guayaquil, Ecuador

La semana pasada, el padre Paulino Toral envió a Revista Vistazo una carta donde atacaba a una periodista por haber publicado un artículo sobre familias diversas e identidad de género. La carta, más allá de sus tesis de fondo, causó polémica por su agresividad y virulencia. Días después, el canciller Ricardo Patiño a última hora canceló una entrevista en CNN con Fernando Del Rincón porque se rehusó a tolerar preguntas sobre el escándalo de la “narcovalija”. Ambos acontecimientos fueron debatidos con vehemencia en las redes sociales. Y ambos tienen en común mucho más de lo que parecería a simple vista.

Por Héctor Yépez Martínez
Guayaquil, Ecuador


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La semana pasada, el padre Paulino Toral envió a Revista Vistazo una carta donde atacaba a una periodista por haber publicado un artículo sobre familias diversas e identidad de género. La carta, más allá de sus tesis de fondo, causó polémica por su agresividad y virulencia. Días después, el canciller Ricardo Patiño a última hora canceló una entrevista en CNN con Fernando Del Rincón porque se rehusó a tolerar preguntas sobre el escándalo de la “narcovalija”. Ambos acontecimientos fueron debatidos con vehemencia en las redes sociales. Y ambos tienen en común mucho más de lo que parecería a simple vista.

Antes que nada, olvidemos por un momento la opinión que tengamos sobre Paulino Toral o Ricardo Patiño. No importa si estamos de acuerdo o no con las familias diversas, si somos o no somos católicos. Tampoco importa si somos correístas u opositores, si creemos que Patiño es o no responsable por el envío de droga a Italia. Lo que sorprende en ambos casos, más allá de cualquier postura religiosa o política, es el miedo de Toral y Patiño al intercambio de ideas: su pretensión de vencer una discusión negando de antemano la posibilidad de discutir en condiciones de igualdad.

Analicemos la carta del padre Toral. Él, por supuesto, está en todo su derecho de hacer pública su posición sobre la identidad de género, que refleja la doctrina tradicional de la Iglesia Católica, por todos conocida. Lo curioso es que Toral, en su carta, no se esfuerza tanto por refutar el contenido del artículo como por desacreditar a la periodista —“corrompida” y “corruptora”— y a la corriente —“perversa” e “inhumana”— que propugna la identidad de género. El principal motivo de su indignación radica en el hecho de que una periodista, en una revista laica, haya osado publicar un texto que disiente de las tesis de la Iglesia Católica (aun cuando en el artículo se cita a varias fuentes, incluido a monseñor Arregui).

Pero ¿cuál es el terror? ¿Por qué está mal que una revista publique un artículo que brinda a la Iglesia una oportunidad de refutarlo y, así, emprender un debate público de inmenso interés social, moral y legal sobre las uniones homosexuales? ¿Si Paulino Toral está tan seguro de su postura, por qué recurre a la inmediata descalificación de su adversario, en vez de reconocerlo como un válido interlocutor para deslegitimar —con más razones que insultos— el contenido del artículo en vez de su autor? ¿Acaso no es una buena discusión la mejor arma para convencer a un auditorio inteligente?

Similar reflexión merece la abrupta cancelación de la entrevista de Ricardo Patiño en CNN, una perla más al errático show de nuestra política exterior. El canciller Patiño lanzó por Twitter una incoherente letanía de acusaciones sobre la manipulación de CNN en la guerra de Irak para justificar su negativa a recibir preguntas sobre la narcovalija. Más allá del bochorno de nuestro jefe de la diplomacia, su actitud es similar a la de Paulino Toral —es asombrosa, en general, la semejanza del discurso político oficial con el dogmatismo religioso—: los temas graves no se discuten, yo lanzo mi versión “oficial” y nada de debates. El “otro” es siempre un descalificado, un inmoral, un conspirador, un manipulador o un poseído del demonio. Y, claro, nada que venga de alguien así puede ser verdad. La fórmula es ganar sin tener que dar guerra.

El problema también afecta al bando opuesto: muchos estarían muy contentos si, al contrario, se silenciara la voz de la Iglesia para que los homosexuales tengan familias o si se callara a las fuerzas del Gobierno para que —si fuera posible, sin juicio alguno— se sentenciara de “corrupto” al canciller. Cometen el mismo error: no me importa convencer a los demás de que tengo razón, sino de imponer mi postura a las bravas.

Esta actitud, tan popular en Ecuador, no solo es antidemocrática e intolerante, sino que revela un desprecio profundo en la búsqueda colectiva de la verdad. Porque la posibilidad de confrontar ideas debería ser el mejor regalo para quien busca ganar adeptos para una tesis. Porque una democracia no se construye a punta de dogmas verticales, sino con el constante ejercicio de persuadir a los demás. Y porque, incluso en materia religiosa, de nada sirve imponer un credo por la fuerza a quien todavía no cree sinceramente en él.

Por el contrario, quien rehúye el debate, quien se indigna porque su adversario tenga una voz independiente, solo puede ser dos cosas. O es cobarde, y entonces prefiere callar a su oponente antes que luchar con él de igual a igual, quizás porque no está muy seguro de su capacidad para derrotarlo con razones. O es soberbio, y entonces se niega a que se publique una postura que estima equivocada, aun cuando pueda rebatirla después, porque teme que su auditorio carezca del suficiente cerebro para discernir quién tiene la razón. Cobarde o soberbio, negarse a discutir es un síntoma irrefutable de miedo a las ideas.

La distancia entre imponer y discutir, entre acatar y consentir, es la distancia que media entre el autoritario y el demócrata, entre el borrego y el pensador. Como le dijo un filósofo a un tirano: para vencer basta la fuerza, pero para convencer hace falta tener razón y saberla decir.

¿Qué queremos ser: un país de vencidos o convencidos?

* Publicado el 16 de mayo de 2012 en www.realidadecuador.com.

2 Comentarios el Paulino Toral, Ricardo Patiño y el miedo a las ideas

  1. Buenisimo,para vencer basta la fuerza,pero para convencer hace falta tener razon y saber decir.aprente narcotraficante patino.

  2. Myriane Elena Neagari // jueves 17 de mayo de 2012 en 23:19 //

    Héctor… gracias mil,  has plasmado mi forma de pensar magistralmente. Hace poco comenté que Ecuador no está acostumbrado al análisis objetivo e imparcial. Guardaré tu artículo e incluyo aquí lo que más me gustó de tu escrito.

    “Esta actitud, tan popular en Ecuador, no solo es antidemocrática e intolerante, sino que revela un desprecio profundo en la búsqueda colectiva de la verdad. Porque la posibilidad de confrontar ideas debería ser el mejor regalo para quien busca ganar adeptos para una tesis. Porque una democracia no se construye a punta de dogmas verticales, sino con el constante ejercicio de persuadir a los demás.”

    “La distancia entre imponer y discutir, entre acatar y consentir, es la distancia que media entre el autoritario y el demócrata, entre el borrego y el pensador.” ….”Para vencer basta la fuerza, pero para convencer hace falta tener razón y saberla decir”…”negarse a discutir es un síntoma irrefutable de miedo a las ideas.”

    En estos foros tenemos trolls que no analizan, sino que ofenden, insultan procaz y soezmente y descalifican. Cero debate… full coprolalia.

Los comentarios están cerrados.