Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Nader y Simin, una separación

Por Andrés Cárdenas
Quito, Ecuador

Asghar Farhadi, escritor, director y productor, es de esos que, como Raymond Carver, pintan una familia común y corriente, con las tragedias diarias a las que estoicamente sobrevive. La procesión, de risas o llanto, va por dentro. El simple hecho de ser leal a los propios principios es el detonante de los laberintos cotidianos. Intereses legítimos que tiran hacia distintos lados: el deber familiar de cuidar a un padre con Alzheimer, el interés de criar a una hija en mejores condiciones, el deber religioso de cumplir con el precepto, la necesidad de pagar a los acreedores, la inocencia de proyectarse un mundo sin mentiras.

Por Andrés Cárdenas
Quito, Ecuador


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Asghar Farhadi, escritor, director y productor, es de esos que, como Raymond Carver, pintan una familia común y corriente, con las tragedias diarias a las que estoicamente sobrevive. La procesión, de risas o llanto, va por dentro. El simple hecho de ser leal a los propios principios es el detonante de los laberintos cotidianos. Intereses legítimos que tiran hacia distintos lados: el deber familiar de cuidar a un padre con Alzheimer, el interés de criar a una hija en mejores condiciones, el deber religioso de cumplir con el precepto, la necesidad de pagar a los acreedores, la inocencia de proyectarse un mundo sin mentiras.

Ganadora del Oso de oro 2011 y Oscar a la mejor película extranjera del mismo año, “Nader y Simin, una separación” es un gran thriller moral. Un drama construido con los testimonios de los personajes que se revelan paulatinamente y que se dirigen, más arrastrados por la inercia que por voluntad propia, hacia un final abierto en el que no todos quedan felices.

Como en la realidad.

Simin quiere divorciarse de Nader porque este se niega a salir de Irán, aun cuando ella ya pasó por un calvario burocrático y tiene listos los papeles. Es que Nader quiere cuidar a su padre, un anciano con Alzheimer. El juez no cree que hay causales importantes para el divorcio, y ella se muda a casa de sus padres. La hija de ambos Termeh, de once años, estudia y observa. Nader se ve obligado a contratar a Razieh, una mujer embarazada, para que cuide a su padre. Por un problema doméstico la historia desencadena en una batalla judicial entre un Nader solitario y demasiado seguro de sí mismo, y una Razieh acompañada de su desequilibrado esposo. Hay acusación de asesinato, acusación de maltrato al anciano, problemas religiosos, mentiras, arrepentimientos. Y los esposos protagonistas fluctúan entre el regreso y la separación.

Es injusto decir que la escena final de la película justifica sus anteriores 120 minutos, porque cada momento del metraje pisa fuerte y nunca sobra. Pero el momento que salen los créditos entendemos: la víctima de los problemas de pareja siempre es la pequeña Termeh. Y eso nos debería arder y aclarar la vista. Aquí y en Irán.