Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Salvando a Hugo Chávez

Otto J. Reich
Washington, Estados Unidos

Como ex funcionario de EE.UU. con importante experiencia en Venezuela, no me sorprendió, pero todavía me indigna, escuchar al nuevo líder provisional de ese país, Nicolás Maduro, acusar a Estados Unidos de haber asesinado a su predecesor, Hugo Chávez. Me siento obligado a aclarar las cosas, no porque me importe lo que piensa Maduro, sino porque si no es impugnada, la última mentira de Maduro se convertirá en una leyenda urbana que circule en el mundo en Internet.

Otto J. Reich
Washington, Estados Unidos


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Como ex funcionario de EE.UU. con importante experiencia en Venezuela, no me sorprendió, pero todavía me indigna, escuchar al nuevo líder provisional de ese país, Nicolás Maduro, acusar a Estados Unidos de haber asesinado a su predecesor, Hugo Chávez. Me siento obligado a aclarar las cosas, no porque me importe lo que piensa Maduro, sino porque si no es impugnada, la última mentira de Maduro se convertirá en una leyenda urbana que circule en el mundo en Internet.

Como podía esperarse, en varias entrevistas que di a la prensa internacional en las 48 horas que siguieron a la muerte de Chávez, dos periodistas, uno de la BBC y el otro, de CNN en Español, me preguntaron acerca de la acusación de Maduro, dando a entender que era creíble que los Estados Unidos habían ” inoculado a Chávez con el cáncer” que lo mató. Yo respondí, por supuesto, que los Estados Unidos no tenía nada que ver con su muerte.

Pese a la hostilidad que caracterizó la relación entre EE.UU. y Chávez, no es sólo falsa la acusación de que los Estados Unidos mató a Chávez, sino que la verdad es que probablemente impidió su asesinato en más de una ocasión. Puesto que, como secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental en el gobierno de George W. Bush, yo mismo jugué un papel en al menos uno de esos casos, me siento obligado a defender a nuestro país, una vez más, de las calumnias de nuestros enemigos y sus acólitos, relatando solamente uno de los incidente de este tipo. Aunque para ello solo apelaré a mis recuerdos, los registros del Departamento de Estado probarán los hechos.

Un día cualquiera de 2002, mi secretaria me llamó al teléfono: “El Embajador Shapiro necesita hablar con usted por “la línea segura”, me informó, en referencia a la red telefónica encriptada del gobierno de EE.UU. por la cual se llevan a cabo conversaciones confidenciales. Charles Shapiro era nuestro embajador en Venezuela, y la conversación telefónica con él y otros embajadores, a través de “la línea segura” era también rutinaria.

“¿Ha visto el informe de la última conspiración para matar a Chávez?”, preguntó Shapiro.

Respondí: “Sí, lo hice. ¿Es real?”

Informes sobre planes para asesinar a Chávez, o dar un golpe de Estado en su contra, aparecían por lo menos dos veces a la semana en 2002. Para separar los hechos de la ficción, nosotros éramos asistidos por una docena de agencias estadounidenses que tamizaban las 24 horas del día, los 365 días del año, a través de inteligencia humana o técnica, noticias, publicaciones, rumores, desinformación, propaganda, las medias verdades y innumerable material verdadero y falso .

La llamada de Shapiro de esa mañana, sin embargo, no se refería a chismes sin fundamento. En efecto, yo ya había leído el último “plan” para asesinar a Chávez del que me hablaba Shapiro. Me había parecido menos plausible. Pero supuse, con razón, que si fuera creíble, pronto me lo comentaría mi personal en Washington, otras agencias, o nuestra embajada en Caracas.

Shapiro enumeró las razones por las que su embajada sentía que lo que ocurría estaba fuera de lo normal y coincidimos en que no debíamos ignorarlo. (Por razones obvias, no voy a entrar en los detalles de la trama.) Luego explicó el propósito central de la llamada: “Necesito autorización para informárselo a  Chávez”.

Para alguien no familiarizado con el funcionamiento interno del gobierno de EE.UU., la solicitud de Shapiro podría aparecer como un dilema moral: el embajador de EE.UU. necesitaba la autorización de Washington para informar a Hugo Chávez de una conspiración venezolana para matarlo, una que todos sus agentes de contrainteligencia no habían detectado, un esquema en el que los Estados Unidos no tenía absolutamente ninguna participación.

Para los millones de personas cuya apreciación sobre cómo el gobierno de los EE.UU. toma decisiones, está determinada por las películas de Hollywood, la literatura popular, o los principales medios de información, la toma de dicha decisión podría tomarse como material para un thriller de ficción: este jefe de Estado, después de todo, era un ex oficial del ejército y conspirador, responsable de la muerte de más de 300 venezolanos en un sangriento intento para derrocar y asesinar al presidente libremente elegido, Carlos Andrés Pérez, en 1992.

En la versión cinematográfica de esta historia, los funcionarios de Estados Unidos seguramente se mantendrían al margen y dejarían que asesinen a Chávez (en algunas parcelas de ficción, incluso podrían ¡hasta ejecutar el asesinato!). Ellos sopesarían los argumentos: Por un lado, estaba estableciendo un gobierno antidemocrático y anti-estadounidense; las cárceles se llenaban con sus enemigos políticos, mientras que las arcas de sus corruptos compinches se llenaban con el tesoro de la república; él estaba socavando activamente los intereses globales de EE.UU. aliándose con los  autócratas que gobiernan Irán, Cuba, Rusia, Bielorrusia y gobiernos similares. Por otro lado, algunos de los compatriotas de Chávez estaban planeando sacarlo de su cargo por el mismo método ilegal y mortal que él había intentado en 1992. Y ahora le tocaba a los Estados Unidos, percibido por Chávez como un enemigo mortal, salvarlo de la eliminación física.

Las personas de la vida real en cada extremo de esa “línea segura” sabíamos que Chávez estaba abusando, censurando, o desmantelando las instituciones civiles que sustentaban la democracia venezolana, tales como los medios de comunicación independientes, los sindicatos, las organizaciones religiosas, el sector privado; que sus ciudadanos estaban perdiendo sus vidas en el proceso; y que si tenía éxito, el futuro de Venezuela sería terrible. Pero lo que importaba a los funcionarios estadounidenses eran la política estadounidense, los principios y la práctica.

Mi respuesta a Shapiro, por tanto, fue una decisión fácil: la política estadounidense manda que, si los Estados Unidos no está en guerra con un país, se notificará su jefe de estado que nos hemos enterado de un complot en su contra. Chávez tuvo suerte, porque ambos. Shapiro y yo, servíamos a un  gobierno cuyos funcionarios toman el derecho y la política en serio.

Yo autoricé a Shapiro a informar a Chávez de la trama. A continuación, examinamos las formas para transmitir la información: alertar al “comandante presidente”, al tiempo que tomamos las medidas para asegurar que nuestras fuentes de inteligencia y los venezolanos inocentes (y tal vez incluso algunos sospechosos) se salven de la inevitable y salvaje venganza. Nada en nuestra política, después de todo, nos obliga a actuar como aparato represivo de un estado policial.

Algún tiempo después, no recuerdo si horas o días, pregunté a Shapiro: “¿Pasó el mensaje?” Dijo que lo había hecho.

“¿Y qué dijo?”

Shapiro respondió: “Chávez se quedó asombrado de que Estados Unidos le advierta de un intento de asesinato en su contra.”

Por supuesto que él estaba asombrado. Después de todo, Chávez pertenecía a una camarilla de oficiales militares que habían violado conscientemente su juramento intentando matar a su propio comandante en jefe, pero terminó matando a cientos de civiles y soldados que eran sus compañeros. Algunos de esos oficiales gobiernan Venezuela todavía.

Nuestras conversaciones acerca de la trama, en conjunto, había tomado sólo unos minutos. Las consecuencias de nuestra acción no se me escapan. Con la notificación de Chávez, Estados Unidos posiblemente le permitió sobrevivir, ergo, seguir destruyendo la democracia de su país y la economía, y la entrega de su riqueza y soberanía decreciente a alguien aún peor: la Cuba de Fidel Castro.

La premeditada agresión de Chávez en contra las democracias regionales continuó, incluyendo las transferencias secretas de muchos millones de dólares a los extremistas de izquierda en Argentina, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y otros países donde sus aliados no ganaron, entre ellos Panamá, Perú y Honduras. Pruebas incontrovertibles han surgido posteriormente del apoyo de Chávez a las FARC, el grupo de terroristas marxistas que asesinan a civiles y militares por igual en la vecina Colombia, un aliado de EE.UU. dirigida por gobiernos democráticos y reformistas.

No recuerdo haber recibido más información sobre el complot. Puede que nunca sepamos si fue real o no. Si los presuntos conspiradores se enteraron de que Chávez sabía que estaba en peligro (mediante, por ejemplo, variar su rutina diaria o reforzar su guardaespaldas), y se desbandaron. Nos hubiéramos enterado de cualquier eventual repercusión, como por ejemplo, detenciones.

Sin embargo, incluso si la trama hubiese sido cierta, no fueron dos funcionarios de Estados Unidos los que salvaron a Chávez. Si algo lo hizo, fue el país que más odiaba Chávez y al que más repetidamente insultó: los Estados Unidos de América. El embajador de EE.UU. y el secretario de Estado adjunto de guardia ese día. Funcionarios estadounidenses regularmente y de forma anónima toman medidas comparables en el ejercicio de sus funciones.

Durante la siguiente década, Chávez siguió violando la Constitución y pisoteando las libertades de los venezolanos y de territorios extranjeros en nombre de su ideología extraña, de la misma manera en que sus sucesores hacen ahora. Venezuela está cada vez más sometido y venido a menos: un país rico en recursos naturales y humanos se rige por ególatras anti-estadounidenses que derriban la libertad y el imperio de la ley por igual, a fin de poner sus ilusiones, sus privilegios materiales, y su sed de poder por encima de la necesidades y aspiraciones de “el pueblo” en cuyo nombre dicen gobernar, como siempre hacen los tiranos.

Mucho antes de que lo haga Maduro, Chávez fabricó historias de agresión de EE.UU. en contra Venezuela, incluyendo nuestra “complicidad” en su remoción del cargo mencionado en el año 2002, que algunos medios de comunicación occidentales todavía repiten a pesar de la evidencia que demuestra lo contrario. Maduro miente ahora sobre que  los Estados Unidos inyectó el cáncer a Chávez. Esto no es sorprendente: para mantenerse en el poder, los déspotas mienten y engañan. Lo  más sorprendente, sin embargo, es que instigados por los autoritarios algunos en el Occidente libre y privilegiado, repitan como loros esas tonterías antinorteamericanas.

* Otto J. Reich es un ex Secretario de Estado Adjunto, de los Estados Unidos, para el  Hemisferio Occidental. Su texto ha sido publicado originalmente en el portal de Foreing Policy. La traducción es responsabilidad de LaRepública.