Ecuador. jueves 21 de septiembre de 2017
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La caja sin secreto y Marcelo Chiriboga (I)

Carlos Arcos Cabrera
Quito, Ecuador


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Este artículo lo escribí en 2006, es decir hace diez años y se publicó en la Revista Quorum de la Universidad de Alcalá de Henares. En aquellos años el juego planteado por Donoso y Fuentes despertó mi interés e indagué en su obra la presencia de Marcelo Chiriboga. Creo que el eje argumental se mantiene plenamente vigente y gana actualidad a partir del documental de ficción de Xavier Izquierdo “Un secreto en la caja”.

La literatura invisible

Un autor invisible para un día imaginario
Carlos Fuentes en Cristóbal Nonato

Parafraseando al escritor mexicano Carlos Fuentes podría iniciar el artículo diciendo: una literatura invisible para un país imaginario. La frase reflejaría la complejidad que rodea a una comprensión adecuada de los dilemas y perspectivas de la literatura ecuatoriana contemporánea. El primer hecho es precisamente la invisibilidad. Lo invisible es algo que por alguna razón no se puede ver o no se quiere ver, pero que sin embargo existe, porque en Ecuador se escribe. No es afirmar algo nuevo. Agustín Cueva (1937-1992), lúcido crítico de la literatura ecuatoriana y a quién nos referiremos frecuentemente en este artículo, identificó tempranamente esta realidad.[1]

Por su parte, M. Handelsman, otro destacado estudioso de la literatura y de la cultura en Ecuador, se refiere a la invisibilidad no solo de la narrativa, sino de la producción intelectual de Ecuador, a pesar del carácter paradigmático que tiene para entender la globalización.[2]  Hace poco tiempo atrás el poeta y editor Juan Gonzáles Soto afirmaba: “seamos sinceros, la literatura ecuatoriana no existe.” Se refería a su desconocimiento en España (para los medios, los críticos y los lectores) y para los mismos emigrantes ecuatorianos en España.[3]  Por último, nos encontramos con la voz de un escritor, Javier Vásconez, para quien “Ecuador es un país literariamente invisible. Puede ser fascinante escribir desde la invisibilidad, pero otras veces uno se siente desolado, impotente.”[4] Efectivamente la literatura ecuatoriana contemporánea padece este síndrome.

El desconocimiento (o invisibilidad) de la literatura ecuatoriana llegó a tal punto que dio pie a una de las más sabrosas, irónicas y despiadadas historias de la literatura latinoamericana, la de Marcelo Chiriboga, el ficticio escritor ecuatoriano que formó parte del llamado boom latinoamericano, que en los sesenta dividió el mundo de la narrativa regional entre lo nuevo y lo viejo. Chiriboga fue autor de La caja sin secreto, novela insuperable, al decir de uno de los inventores del personaje, José Donoso (Chile, 1924-1996), el otro fue Carlos Fuentes. Treinta años después de publicada, en palabras de Donoso, aún llamaba la atención de lectores, críticos y especialistas, tanto como Cien años de soledad.

Chiriboga aparece por primera vez en El jardín de al lado (Seix Barral, 1981) de José Donoso. Podemos sospechar que fue su progenitor o quien primero se animó a lanzarlo a la arena literaria. Años después del debut, seis para ser precisos, Fuentes hizo una breve referencia a Chiriboga en Cristóbal nonato (FCE, 1987); reapareció en Diana o la cazadora solitaria siete años más tarde (Alfaguara, 1994). José Donoso no olvidó a su personaje que desempeña un papel estelar, luego de catorce años de silencio, en la novela Donde van a morir los elefantes (Alfaguara, 1995). El ecuatoriano sobrevive a Donoso y escribe la solapa de Nueve novelas breves (Alfaguara, 1997) una publicación póstuma de un conjunto de relatos del chileno.

La última referencia a Chiriboga, fuera de escena, la hizo Carlos Fuentes en una entrevista realizada por Milagros Aguirre para el diario El Comercio de Quito, en 2001, en donde lo caracteriza como un “personaje mítico de la literatura ecuatoriana”, y afirmaba que fue una idea de él y de José Donoso  crear un personaje que representara a la literatura ecuatoriana, ausente del boom.[5]

Desde su debut como personaje en 1981, hasta la última referencia en el 2001, transcurrieron 20 años.  Chiriboga, pervive en un ciclo largo de la literatura latinoamericana y es protagonista de novelas significativas. Por cierto, el Chiriboga de Donoso, no es el del mexicano Carlos Fuentes, o en el juego que se estableció entre los dos escritores de carne y hueso, cada uno lo convirtió en un personaje que desempeña papeles disímiles. El de Chiriboga es probablemente un caso único, una rara avis en la literatura latinoamericana. La crítica ecuatoriana ha pasado por alto esta representación fantasmagórica de su literatura. Talvez por la carga de ironía y burla que conlleva, talvez porque hizo evidente o reavivó esa sensación de fracaso “nacional” e individual de quienes de una u otra forma pensaban o aspiraban ser reconocidos como parte del boom, obligándose a “hacer silencio” en torno a la existencia de aquella curaduría fantasmal; o porque hizo evidente un vacío real en la narrativa ecuatoriana en el momento en que el boom despegaba.[6]

Jorge Enrique Adoum (Ecuador, 1926), el destacado poeta y novelista, describe en un texto de 1991, su reacción al descubrir la existencia de Chiriboga: “La sensación de haber vivido veinte años en esa ignorancia (…) se convirtió en rabia”.[7]   En un intento por comprender aquella incómoda presencia se pregunta si Donoso buscó crear “un monigote que represente al boom en su conjunto.” Adoum responderá que nada impide suponerlo, sin embargo constata que el monigote no es de cualquier país, es ecuatoriano. Para Adoum “resulta justificado suponer que atribuirle la nacionalidad ecuatoriana denota una intención peyorativa” (El subrayado es mío).  Esa misma intención lo encuentra nuevamente en Cristóbal Nonato de Carlos Fuentes.

Las inquietudes que la existencia literaria de Chiriboga suscitó en J. E. Adoum quedaron sin respuesta y no se refirió más a aquel invento de Donoso y de Fuentes. Años después, el poeta Ulises Estrella, dijo de Chiriboga que se trataba de “una referencia humorística”.[8]

Más allá de la historia de Marcelo Chiriboga, lo que he denominado invisibilidad no solo es un asunto que atañe a la mirada que viene de fuera. Es también y especialmente un síndrome de casa adentro. Tengo la impresión que es desde allí, desde donde se expande más allá de sus fronteras. En consecuencia no debería llamar la atención que los emigrantes ecuatorianos llevan consigo su música, sus cantantes populares, su tradición culinaria, sus aficiones deportivas, sus teatreros de la calle como el popular Carlos Michelena, sus vírgenes, santos y sus curanderos; y que en su equipaje no tenga cabida la literatura: ni la narrativa, ni la poesía ecuatoriana.[9]    ¿Cuál es la razón?

No es la primera vez que se la formula la pregunta sobre la relación entre la literatura ecuatoriana y los ecuatorianos. Se la ha hecho en los más diversos tonos desde tiempo atrás y en diversos contextos. En realidad fue uno de los puntos claves de reflexión y debate en los años sesenta. Tal vez allí se pueda encontrar algunas claves y encontrar una respuesta aun a riesgo de meterse en “los vericuetos de la sociología del gusto literario” que probablemente dé una idea más acabada de los dilemas y perspectivas de la literatura ecuatoriana, que una lista de autores y obras, que por su mismo carácter ilumina poco y oculta mucho.[10]

Las posibles respuestas al hecho de que el emigrante no lleve en su mochila literatura ecuatoriana no tienen que ver necesariamente con su nivel educativo. Quienes emigran en la actualidad no son, exclusivamente, miembros de los grupos más pobres y carentes de educación formal del Ecuador pues la mayoría tiene niveles de educación iguales o superiores al promedio nacional.[11] Es probable que parte de la explicación del problema se encuentre en la baja calidad de educación y en el bajo nivel educativo promedio, pero allí sólo está una parte. El emigrante ecuatoriano es portador de una cierta forma de vivir y de relacionarse con la literatura y con la palabra escrita, que la trae desde antaño. Tampoco tiene que ver, a mi juicio, con el que los escritores ecuatorianos, en su mayoría, no hayan emigrado, ni hayan tomado el camino del exilio y realizado sus carreras literarias fuera.  Si se revisa la historia de otras literaturas se encontrará que el incilio, el forzado exilio al interior de sus propias sociedades, es tan fecundo como el exilio para afianzar los lazos del escritor, su entorno y sus lectores.[12]

________________________

[1] “A primera vista, uno puede constatar que la literatura ecuatoriana es casi una desconocida en el resto de América Latina. (La excepción es Huasipungo de Jorge Icaza). ¿Culpa de los autores ecuatorianos que no escriben obras interesantes? Sería simplificar torpemente el problema. En Ecuador y en México tampoco se conoce a los escritores brasileños actuales, y en Brasil y Ecuador se sabe poquísimo sobre la literatura argentina o mexicana contemporánea. En cambio, en cualquiera de los países que he mencionado, el intelectual medio y hasta el que no lo es ni aspira serlo, anda con su Milan Kundera, su Mishima,… Hay, pues, transnacionalización editorial asfixiante, que dificulta cada vez más el intercambio editorial entre nuestros países y, en principio al menos, condena a los escritores que no forman parte de algún boom  a alguna moda ‘universal’ al casi total anonimato fuera de sus fronteras. En el caso del Ecuador la situación es todavía más grave dado el poquísimo peso de su industria editorial a nivel continental.” Cueva, A. Op. Cit. 1990, 22

[2] Handelsman, M. La globalización desde la mitad del mundo. Identidad y resistencias en el Ecuador. Editorial El Conejo, Quito, Ecuador. 2005

[3] Entre la literatura invisible y los autores del país secreto.  Ex libris, año 2 agosto-septiembre de 2005, número 9.

[4] Vásconez, en la Web y con nueva novela. Ex libris, año 2, octubre-noviembre 2005, numero 10.

 

[5] Aguirre, Milagros, Carlos Fuentes, La otra cara del espejo Entrevista publicada en El Comercio, Quito, Ecuador, 1 de julio de 2001.

[6] Una detallada reconstrucción de la vida literaria de Marcelo Chiriboga puede leerse en mi artículo publicado en la Revista El Buho, Nro 14, octubre-diciembre de 2005.

[7] Adoum Jorge Enrique, Ecuador en el boom, en Revista Diners, 109, Año XI, junio 1991, Ecuador. En realidad eran diez años desde la primera aparición de Chiriboga.

 

[8] El radicalismo de los Tzántzicos Entrevista a Ulises Estrella por Hernán Ibarra. Ecuador Debate Nº 56. Agosto 2002. Quito.

[9] Y no es que la emigración este por fuera de los temas de la narrativa ecuatoriana, baste señalar el libro de relatos de Galo Galarza, La dama es una trampa, Eskeletra, Quito, Ecuador, 1996.

(10) Robles, Humberto E. Narrativa: olvidos y presencias. Mapa Literario de Ecuador en Babelia. El País, sábado 5 de noviembre de 2005. Madrid.

[11] Es la conclusión a que se llega con base en los resultados del estudio ENDEMAIN 2004, realizado por CEPAR. El 31.7% de emigrantes tenía menos de seis años de escuela, frente a un 59.9% de los no emigrantes; 47.9% tenían educación secundaria frente a 30.2 % de no emigrantes y 20.4% de educación superior frente a 9.9% de los no emigrantes.

[12] El término incilio ha sido utilizado en el debate sobre la literatura uruguaya en los años oscuros de la dictadura militar. Ver: Mascaró Roberto, El gran silencio del Uruguay kafkiano en Henciclopedia, Revista Virtual (http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Mascaro/curriculum.htm).