Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

‘Todo ese ayer’, la más reciente novela de Oscar Vela Descalzo

Escritor ecuatoriano Oscar Vela. Foto de Penguin Random House.

Quito.- Además de escritor es un apasionado lector de literatura. Al conversar con él, se tiene la impresión de que Oscar Vela Descalzo ha leído todos los libros en castellano que se han publicado en los últimos años o décadas.


Publicidad

Su última novela ‘Todo ese ayer’ (Alfaguara, 2015) se dio a conocer en la reciente Feria del Libro de Guayaquil. Ya ha comenzado a recibir los elogios de la crítica, tanto en el Ecuador como en el extranjero pues la novela se está vendiendo en las librerías de Colombia.

Se trata de una novela, como todas las grandes obras de la literatura, sobre la memoria. Un acomodado abogado quiteño recibe un email de un amigo de la infancia, a quién creía muerto pues constaba desde hace 34 años en la lista de desaparecidos de la dictadura argentina. El hallazgo de esa vieja y entrañable amistad ocurre en el contexto de lo que fue en el Ecuador el 30 de septiembre del 201o.

En dos planos, aquel de “todo ese ayer” en la Argentina y el de la insurrección policial en el Ecuador, el libro arroja luces sobre lo que ocurre con vidas inocentes cuando son arrasadas por la Historia escrita a la sazón de la violencia y la ambición de poder. La de Oscar Vela es una novela que indaga en el simple descalabro de la vida, que ocurre de un día para otro pues, como decía Francis Scott Fitzgerald, “toda vida es un proceso de demolición”.

– ¿En alguna medida te propusiste hacer un retrato de Quito, “ciudad monja y puta a la vez”, o de la idiosincrasia de la aristocracia capitalina?

– No fue algo que me propuse de forma intencional sino que resultó más bien de las reacciones espontáneas de ciertos personajes que se ven envueltos en esta ciudad tan curuchupa y destapada a la vez como Quito. De allí surgió también de forma natural la crítica puntillosa de uno de los personajes (Federico) hacia la pequeña “aristocracia” quiteña a la que él de algún modo asciende a través del matrimonio con Rocío, pero de la que se ve excluido intempestivamente por su divorcio. En realidad me divertí mucho escribiendo lo que Federico sentía y opinaba sobre la “aristocracia” quiteña. Supongo que algunas personas se sentirán identificadas en alguna de esas críticas y no se divertirán tanto pero qué se le va a hacer, así es la ficción…

– ¿Por qué evocar el contexto de la dictadura argentina con el del 30s, es decir, cual es el tema literario en común?

– El caso de Sebastián y su tragedia en la época de la dictadura argentina es real. La potencia de esta historia necesitaba de alguna forma un contraste contemporáneo que sirviera como telón de fondo a la historia de Federico que era una permanente caída en el abismo. Por eso decidí que las dos historias bien podían coincidir entre los nebulosos eventos del 30S, no necesariamente porque tuvieran relación con la Argentina de Videla sino porque allí había también una historia con cinco víctimas cuyas muertes no solo que no han sido esclarecidas, sino que parece que no le interesa a nadie que se las aclare definitivamente.

Oscar Vela

– Mucho se ha escrito sobre la dictadura de Videla. ¿Cuál es el sentido –para ti como escritor- de escribir sobre un torturador argentino en el Ecuador del siglo XXI?

– Nunca pensé que llegaría a escribir una novela sobre estos hechos, pero una casualidad me llevó hasta la historia de un amigo (cuyo nombre ha quedado en reserva) y la impactante noticia que recibió más de treinta años después cuando su compañero y amigo de la juventud (Sebastián), que había desaparecido y supuestamente había muerto a manos de los torturadores de la dictadura argentina, reapareció en su vida de la forma más extraña y sacudió el pasado de todos los que le conocieron. Por supuesto, también me sacudió a mí y fue entonces cuando decidí escribir sobre él y su siniestro pasado en aquella dictadura.

– ¿Por qué son versos de Borges el lazo que ata a Sebastián y Federico? ¿Qué implica “todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino”?

– Este amigo que me contó la historia de Sebastián, me comentó que ellos se habían hecho tan amigos en la adolescencia sobre todo por su interés en la poesía y la literatura. De hecho cuando mi amigo recibió aquel extraño correo que removió su pasado, el mensaje venía titulado con una frase de un poema muy conocido de Fray Luis de León “Como decíamos ayer”. A partir de ese antecedente y de mi admiración por la poesía de Borges, envolví la novela con ciertos versos de “Límites”, uno de los poemas más bellos del genial escritor argentino, poema que además trata sobre el tema de la muerte. Y fue en uno de esos versos donde descubrí el que para mí era el título ideal de esta novela “Todo ese ayer”, que de algún modo abrazaba y enlazaba el pasado de Sebastián y el de Federico hasta el desenlace de sus historias en un presente tan efímero que, de inmediato, se convirtió en el ayer.

– Federico, que vive en la comodidad y estabilidad, ve su vida destruida de un día para otro. Fitzgerald, en ese sentido, decía que “toda vida es un proceso de demolición”. ¿Eso se conecta con tu novela? ¿Cómo?

– Me encanta esa cita de Fitzgerald y la suscribo completamente. En esta novela en particular pienso que hay un sistemático proceso de destrucción de varios personajes cuyos conflictos los agobian y los erosionan de tal forma que no hay posibilidad de solucionarlos sino tan solo de seguir cayendo. Quizá la historia de Federico es la representación de lo que nos sucede a todos en la vida cuando llegas al punto más alto, a un momento exacto en el que todo al parecer es perfecto, completo incluso, pero sin embargo no te das cuenta de que has estado durante un instante de tu vida en la cima sino solamente cuando empiezas a caer y aquella perfección se te ha escapado y está a punto de desaparecer, y entonces lo comprendes, pero casi siempre es demasiado tarde…

– La novela en muchos sentidos es un retrato de la maldad, por ejemplo, del padre de Rocío, de los socios y amigos de Federico, del mismo Anselmo. ¿Hay sentimientos como el amor, la compasión, la solidaridad, la lealtad o generosidad?

– Claro que hay otro tipo de manifestaciones representadas en distintos personajes. Por ejemplo Federico y su relación con Sebastián es algo que aunque en algún momento parece haberse torcido, prevalece y sobresale incluso en los momentos más duros. Rocío también cambia su forma de ser y se rebela frente a ciertos eventos muy duros que debe afrontar. Y por otra parte está el narrador de la historia que, a pesar de su carácter y de esa forma tan particular de llevar su vida, se descubre como alguien que está dispuesto a jugársela por un amigo.

– ¿Cómo entender el fenómeno de las desapariciones que hubo en América Latina? ¿Sebastián es un desaparecido en el sentido de que se le arrebato su vida y su futuro?

– De acuerdo, Sebastián es un hombre al que treinta y cuatro años antes le destruyeron su vida y que a pesar del tiempo nunca logró juntar las piezas para seguir el camino como un ser humano entero. De alguna forma por todos los senderos por los que él tome siempre encontrará a su paso los escombros de su propia vida: miedos, angustias, remordimientos, espectros… Esto es lo que suele suceder en los totalitarismos, como dice Benjamín Prado en su novela ‘Mala gente que camina’ de la que tomé uno de los epígrafes: “Los dictadores no hacen historia, solo la deshacen”.

– Como escritor, y lo pregunto por los temas de tu novela, ¿te interesa el sentido de la memoria histórica e individual del ser humano?

– Más que interesarme me he llegado a obsesionar con la memoria y sus laberintos pero siempre en la medida en que me proporcione material para cualquier tipo de forma literaria. No estoy seguro de que me atraería tanto la memoria si es que no fuera porque a partir de ella he logrado contar historias en formas de novelas. Desde hace algunos años confieso que me he convertido en un ansioso perseguidor de historias…

– En tu proceso creativo, ¿cómo ves a esta novela?, ¿representa un punto novedoso o icónico en la creación de tu obra?

– Tanto en lo formal como en el fondo es una novela distinta a las anteriores. Siento que el tratamiento de la historia y de los distintos temas que trata la novela hay más profundidad y tal vez mayor madurez, y en cuanto a la estructura también hay cierta novedad en relación con las anteriores. Siempre busco cambiar en lo formal y de algún modo en esta lo hice cuando utilicé un narrador que en un inicio está oculto y que luego resulta ser un protagonista fundamental en la historia. Realmente disfruté al narrar la historia desde ese punto de vista algo fantasmal.

– ¿Cómo sabe el escritor cuando ha terminado una novela? ¿Cómo supiste la estructura de ‘Todo ese ayer’? 

– Antes de comenzar a escribir una novela trabajo mucho en el diseño de la misma, en su estructura, personajes, características individuales y escenarios. Normalmente preparo varios bocetos con dibujos, señales y líneas de tiempo que me permiten ubicarme mentalmente en la historia y su desarrollo. Por supuesto que en el proceso de escritura las cosas van cambiando y casi siempre terminan en otro lugar pero es un sistema que me ha servido para no extraviarme entre los distintos tiempos y espacios en que se desarrollan las tramas de mis novelas. Nunca sé exactamente cómo va a terminar una novela aunque a veces pueda intuirlo, es la trama y sus personajes los que en algún momento le ponen el punto final a la historia.

– ¿Qué hace el escritor cuando acaba una novela? ¿Ya tienes un nuevo proyecto? ¿Cuál?

– Cuando se termina una novela es necesario tener un tiempo de reposo y luego el tiempo suficiente para pulir el texto, corregir errores y trabajar en la versión final. Solo cuando el libro está impreso aquella historia sale definitivamente de mi vida y puedo dedicarme a tiempo completo a otra novela. Hoy ya estoy trabajando en la investigación y diseño de una nueva novela de carácter histórico.

_____________________

Por Miguel Molina Díaz