Ecuador. Viernes 9 de diciembre de 2016
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“Las niñas” de Adolfo Macías Huerta

Carlos Arcos Cabrera
Quito, Ecuador

El 2016 ha sido un año especialmente fructífero para la narrativa de Ecuador y también para lo que las editoriales llaman no ficción.

Las novedades de autores jóvenes y no tan jóvenes y con larga trayectoria, no dejan de sucederse: Sandra Araya, Salvador Izquierdo, Diego Araujo Sánchez, Juan Pablo Castro Rodas, Alejandro Querejeta, Antonio Correa —poeta que presentó su primera novela— Mónica Ojeda, Javier Vásconez, Vladimiro Rivas. Son sólo algunos nombres.

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En algunos casos se trata de propuestas audaces, otras se mantienen en un esquema más tradicional: unas atrapan, otras obligan a un esfuerzo de lectura (lectura fácil no quiere decir mejor literatura). En todo caso, la narrativa de este año, forma un universo heterogéneo y abigarrado ante el cual es difícil mantenerse indiferente y del que participan tanto los grandes sellos internacionales, como editoriales independientes que principalmente publican en Guayaquil y Quito. Lo que posibilita que dispongamos de un conjunto de novelas interesantes, entretenidas, atractivas en diverso grado.

Adolfo Macías Huerta (1960) aporta a este momento de la literatura de Ecuador con Las niñas, publicada por el prestigioso sello editorial Seix Barral. Macías es un autor prolífico y por dos ocasiones ha sido reconocido con el Premio Joaquín Gallegos Lara.

Cinco relatos conforman Las niñas y están unidos por el precario vínculo secreto del azar: personajes que en un relato son apenas una mención o una sombra, en el siguiente ocupan un lugar central. A todos los une el infortunio, la mala leche, la desgracia y el dolor, la irracionalidad esencial de la vida, los sueños y la cuerda floja por la que transitan entre cordura y locura y que finalmente nos conduce a las puertas de la muerte.

El lector tiene la opción de iniciar la lectura por cualquiera de los relatos —por cierto que esto no lo dice, ni sugiere Macías—. Puede ejercer su libertad y trazar su propia ruta. Yo no lo hice y leí el libro siguiendo el orden de sus cinco partes y sus respectivos capítulos.

El primer relato es la historia de David que nos cuenta de las fotos cargadas de erotismo que toma de las niñas que viven en su condominio. Es el inicio de la historia. David debe abandonar el lugar se lanza a un periplo de drogas, alcohol, sexo. Confieso que me quedé enganchado en la parte inicial del relato. Sentí que allí había una gran historia. Macías optó por otro camino que lo lleva a recorrer otros parajes y a centrarse en la vida de David.

El segundo relato es sobre Nelly, una enfermera con una infancia tortuosa. Macías logra diluir los límites entre normalidad y locura. En el tercero relato, el joven Javier se enamora de Odette, bella y misteriosa mujer mayor que él y casada con un músico. La ruptura amorosa detona una crisis que llevará a Javier a confrontarse con él mismo, con los límites de la cordura y con un mundo de visiones y sueños.

El cuarto relato Una pequeña acordeonista  nos depara una muy lograda historia, tal vez lo mejor de Las niñas. A un hostal ubicada en un perdido caserío en las estribaciones de la cordillera, llegan viajeros que han elegido aquel lugar para morir: el último destino. Entre estos se encuentra Fernando, esposo de Odette. También ha elegido aquel lugar. Conoce a la pequeña hija de la posadera que le pide que le enseñe a tocar el acordeón. Todo marcha bien hasta que inesperadamente se hace presente Odette. Los lectores deberán descubrir el final. El último relato es El pastor de truenos, en éste reaparece el ingeniero Lema (personaje secundario del primer relato)  obsesionado por los Llanganates y por organizar una gran revuelta que restituya el mundo precolombino. Es una historia intensamente descabellada que trastoca el sentido de realidad. Las niñas de Adolfo Macías Huerta está en espera de ustedes.

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